Revista Criterio
Cultura
Nº 2268 » Diciembre 2001

Hombre y superhombre

por Shaw, George Bernard · Comentar 

En el panorama intelectual inglés de fines del diecinueve, la figura de Bernard Shaw ocupa un lugar preeminente. Su espíritu crítico, luchador y desafiante y sus dotes de agudo polemista comienzan manifestándose en su temprana actividad de periodista y orador público y en su militancia socialista dentro de la Sociedad Fabiana. Su producción teatral, iniciada algo tardíamente, será otro de los medios elegidos para despertar la conciencia del público, poniendo en cuestión todas las creencias establecidas. En consonancia con la tradición literaria que aunaba la crítica mordaz con un tono aparentemente ligero –cuyo ejemplo paradigmático es el Gulliver de Swift–, el molde elegido por Shaw será la comedia. Imitando el esquema del drama de ideas de Ibsen, pero con menor habilidad para urdir conflictos, sus comedias, especialmente las iniciales, tienen una fuerte impronta argumentativa, una apelación constante a la paradoja y personajes simbólicos que encarnan posturas filosóficas antagónicas. Los medulosos prólogos explicativos que suelen acompañarlas y un texto secundario de inusual extensión y marcado carácter reflexivo, son índices del carácter atípico del teatro de Shaw.

 

         Tal es el caso de Hombre y superhombre, pieza que el autor subtitula Una comedia y una filosofía y que escribe como réplica al desafío de un colega que lo insta a reelaborar el mito del Don Juan. John Tanner, moderna versión del antiguo seductor, se convierte en portavoz del pensamiento iconoclasta del autor y en el blanco de los avances amorosos de la protagonista, cuyo afán de casamiento él procura resistir con denuedo. Precisamente uno de los principales planteos que propone el texto –y que estructura la acción– es una nueva visión del ser femenino que descubre en él, por detrás de su aparente pasividad y debilidad, la fuerza y la capacidad para conquistar al hombre que, forzado a resistirse, terminará cediendo ante el empuje de su “fuerza vital” y afán de pervivencia. Ésta y otras cuestiones, tributarias algunas del pensamiento de Nietzsche –presente en el propio título– son exploradas en una larga escena discursiva que esta versión suprime para no intensificar el peso que, de por sí, ya tiene en la obra la incesante exposición de ideas.

 

         Los encuentros y desencuentros amorosos de dos parejas ponen en marcha la reducida acción que comienza en Londres, en el seno de un hogar de la alta burguesía, para continuar en un descampado de Sierra Nevada y terminar en una villa de Granada. Por escenarios tan variados desfilan y se confrontan personajes de diversas posturas vitales e ideológicas, lo cual le permite al autor tender su mirada desmitificadora o condenatoria tanto sobre la ociosa e inepta clase alta inglesa y la moral victoriana como sobre las propuestas de izquierda vigentes en la época, sin pasar por alto la jactancia del norteamericano rico.

 

         La puesta en escena de Norma Aleandro, también responsable de la adaptación de la obra, logra conjugar armónicamente la palabra, la imagen y el ritmo para obtener un espectáculo que, durante más de dos horas ininterrrumpidas, mantiene cautivo a un espectador poco habituado a la densidad verbal del teatro de ideas. La homogénea y destacada actuación del elenco recupera y recrea la brillantez del texto. Junto a los experimentados Héctor Bidonde, Horacio Roca, Tina Serrano y Márgara Alonso, se lucen en roles exigidos Pablo Rago y Eleonora Wexler como la joven pareja protagonista y Oscar Ferrigno como el jefe de los bandidos revolucionarios. Tanto el diseño del vestuario, a cargo de Renata Schussheim, como la austera escenografía de Graciela Galán, son de impecable factura. El tono zumbón de la música, que propone variaciones lúdicas de piezas prestigiosas, responde acertadamente a la osadía y agudeza con que Shaw cuestiona verdades instituidas por la sociedad de su tiempo y relativiza hasta las propias respuestas.

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