Nº 2348 » Julio 2009
Jorge Prelorán. Cuando un amigo se va…
El 28 de marzo murió en Los Angeles, California, después de una larga y corajuda lucha contra un cáncer indomable, el documentalista Jorge Prelorán. Amigo y maestro de muchos, hombre de virtudes evangélicas, Prelorán deja uno de esos vacíos imposibles de llenar.
Nacido en San Isidro en 1933, en una familia de origen italiano por el padre, e irlandesa por la madre, Prelorán vivió desde chico immerso en un mundo bilingüe y abierto al exterior. Un manuscrito de sus memorias de infancia, adolescencia y primera juventud, que tuve el privilegio de leer hace unos años, revela todas las características que el cineasta traería a la profesión y brindaría a sus alumnos: dotes de observación y curiosidad, gran disciplina y entusiasmo por la vocación artística. Canalizó ese llamado creativo cursando primero arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, y a finales de los años cincuenta estudiando cine en California. Fue una decisión difícil de tomar en lo familiar y profesional, ya que la actividad cinematográfica aprendida en las aulas no parecía garantizar una salida laboral estable o lucrativa.
Respaldado por la Universidad de Tucumán y bajo la guía del notable antropólogo y folklorista Augusto Cortazar, Prelorán comenzó su carrera en el país en los años sesenta realizando documentales antropológicos sobre pobladores y comunidades aisladas del interior del país. Estos documentos de la condición humana, universales y particulares, cimentaron la reputación del cine etnobiográfico que cultivó a lo largo de cinco décadas, y cuyas características delineó en el libro de título homónimo publicado por la Universidad del Cine en 2006. Obra amena, escrita coloquialmente, El cine etnobiográfico es su testamento cinematográfico a la vez que manual práctico sobre cómo abordar este tipo de cine, profundamente respetuoso de los personajes que se filman y del mundo y la cultura en donde viven. Obras claves para entender estas etnobiografías son, entre otras, Hermógenes Cayo (1969), Medardo Pantoja (1969), Cochengo Miranda (1975) y Los hijos de Zerda (1978).
Radicado en Los Angeles a finales de los setenta con su mujer Mabel, Prelorán fue profesor de cine en la Universidad de California hasta su jubilación temprana en 1994. Continuó rodando, asistido por sus alumnos y discípulos, en los Estados Unidos , Ecuador y la Argentina. Su ultimo gran documental es Zulay, frente al siglo XXI, un estudio del proceso de transculturación vivido por una muchacha india de Otavalo, Ecuador, que vivió varios años con los Prelorán en California. El largometraje no sólo documenta este proceso en cuyo desarrollo tuvo activa participación Mabel Prelorán, antropóloga de profesión sino que es una obra que se comenta a sí misma. El montaje, por ejemplo, refleja las decisiones conjuntas que toman la antropóloga y la muchacha sobre el armado de la película trabajando en la moviola. Buscan la mejor forma de mostrar en imágenes y sonido su visión de las dificultades, alegrías y desafíos de vivir a caballo de dos culturas.
Escribo esta semblanza tan breve y de tono sin querer académico no para resaltar la vida y la obra de un artista argentino de nota, sino para rendir un cariñoso homenaje a quien me recibió junto con su mujer en Los Angeles hace más de veinte años con calidez y afecto. Yo era una estudiante tardía de cine, aterrizada con dos valijas, llena de ilusión y un desconocimiento fenomenal de las realidades del mundo anglosajón en su variante norteamericana. Jorge y Mabel me acogieron como a tantos otros con generosidad y bondad. Me brindaron su amistad y experiencia, tiempo y amigos, y un vagón de buenos consejos (son en gran medida promotores de mi matrimonio, y abuelos postizos de una hija adolescentísima).
El 12 de abril, Domingo de Pascua, día radiante de sol y con la esperanza puesta en el Cristo resucitado, organizamos en nuestra casa un primer homenaje al amigo y mentor. Colegas de la Universidad y muchos de sus alumnos recordamos con calidez, emoción y alguna lágrima furtiva, a quien nos mostró que la fidelidad a la vocación es la mejor manera de cumplir con nuestra misión en esta vida.
La gran enseñanza de Jorge Prelorán para sus muchos discípulos, y para el público de sus documentales, es la profunda humanidad con la que su obra nos muestra la dignidad de la gente sencilla, nuestros prójimos. En clave católica el mundo espiritual y la tradición a la que Prelorán pertenecía su cine encarna los valores del Evangelio. O como le gustaba decir siempre con sencillez las enseñanzas del Sermón de la Montaña.
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Asistimos ayer, con mi mujer, a la función del Gaumont y vimos el documental que muestra la obra de este señor, quién era absolutamente desconocido por nosotros, y hemos disfrutado enormemente al tomar conocimiento de su maravillosa obra que consideramos la consecuencia de su profundo sentimiento humanitario. Evidentemente, un ser singular, que-como generalmente ocurre-no fué profeta en su tierra. Hemos salido muy impactados de la función y aquí estamos, bucendo en todo lo referente a su obra y decimos GRACIAS, Sr PRELORAN!!