Cultura
Una ficción con raíz teológica
por Varios autores · 1 Comentario
En la reciente Feria del Libro de Buenos Aires fue presentada la obra Últimas inquisiciones - Borges y Von Balthasar recíprocos de Ignacio J. Navarro (coeditado por Bonum y Ágape). El narrador imagina una suerte de “encuentro” entre el escritor argentino y el teólogo suizo hacia el final de sus vidas.
Me tocó prologar el libro, donde se me incluye en una anécdota imaginaria, y antes, junto a otros amigos, acompañar de cerca el complejo proceso creativo de su autor, no sin interrogantes, perplejidades y angustias. Cuando uno le pregunta a Ignacio Navarro, sacerdote porteño, agudo lector y dueño de una prosa tan segura como seductora, por qué escribió este ensayo de ficción sobre Jorge Luis Borges y Hans Urs von Balthasar, vuelve a una anécdota. Repite que, tal como está narrado en la obra, cuando él comenzaba a leer a Balthasar, con la lentitud que requiere la comprensión de un autor de esa talla, fascinado por los textos, lo conmovió profundamente oir por la radio la noticia de la muerte de Borges en Ginebra.
“Por muchísimas razones que un lector de Borges comprenderá –explica Navarro– me pregunté que hubiera dicho él, que ya no estaba, de haber conocido la obra de Balthasar. Y escribí, casi en forma mecánica, dos líneas que veinte años después serían las del comienzo de mi libro”.
Las cita de memoria: “De entre las muchas felicidades que la literatura puede depararle a un hombre, la del asombro no es la menor”.
Al terminar de escribir la frase, Navarro quedó desconcertado. ¿Por qué? “Porque no era una frase mía sino específicamente borgeana”, responde. Y se explaya: “La sintaxis propia de Borges es hacer una afirmación precisa, pero dejando abierta en la estructura la posibilidad de que nada sea excluido a partir de esa afirmación”. En efecto, Navarro confiesa que él se hubiera expresado de otra manera. Por ejemplo: “una de las felicidades más grandes de leer es el asombro”. Con lo cual la afirmación hubiera quedado cerrada en sí misma.
A partir de la frase que escribió casi como si fuera dictada se preguntó en seguida cómo seguir, cómo avanzar: “Durante algunos meses intenté responder a través de algunas páginas, que finalmente destruí, a lo que me parecía que hubiera dicho Borges”.
Entonces tenía treinta años y sintió que no podría nunca escribir un libro sobre esa intuición. Avanzado el tiempo y la lectura de Balthasar se le fue apareciendo el instrumental para ampliar la pregunta: “¿Y qué hubiera escrito Balthasar sobre Borges?”.
Y quedó así planteado un dilema existencial para Navarro: “Siempre me acompañó la certeza de que no podría escribir el libro, pero también la convicción de que si llegaba a los cincuenta años sin haberlo hecho, me habría encontrado en una situación de grave infortunio”. Después de casi dos décadas de escritura mental y espiritual, lo plasmó físicamente y lo corrigió durante algo más de dos años. Al cumplir los cincuenta, el libro estaba terminado. Era mucho más que un ejercicio de escritura. Se había puesto en juego él mismo, había arriesgado con todo su ser.
José María Poirier
Publicamos algunos pasajes de las exposiciones en la presentación de Últimas inquisiciones. Borges y Von Balthasar Recíprocos, de Ignacio Navarro, en la última Feria del Libro de Buenos Aires.
Conciliar dos pasiones
Ningún libro deja de ser biográfico; nadie escribe sino sobre lo que le importa, si de veras escribe. Ignacio Navarro lleva a cabo la labor de un minucioso entrelazamiento de dos pasiones que de no haber podido conciliarlas habría fracasado en su vida: la fe religiosa y la fe literaria. Escribe sobre Hans Urs von Balthasar y Jorge Luis Borges para reconciliarse con él mismo, para aproximarse a dos visiones de la idea de belleza que en él no son antagónicas; y para mostrar que entre la capacidad de creer y el ejercicio de la fe como actitud estética no hay sino una potencialización recíproca fundamental. Sugiero que lean este libro para conocer también al tercer protagonista de la obra, que se presenta como el editor. ¿Por qué no como autor? Es un gran lector de Borges y sabe que simular es indispensable para ser creído.
Cierta vez le preguntaron a Borges qué era el más allá. Respondió que “la mayoría de los cristianos creen en el más allá pero no se interesan por él; yo me intereso, pero no creo”. ¿Qué quiso decir? ¿Qué significa el interés sin fe? ¿Y qué significa la fe sin interés? Borges estaba haciendo una denuncia que el autor de este libro subrayó desde la primera a la última página: quien escribe sobre algo y no lo protagoniza está ausente de lo que dice. Este libro es primordialmente una invitación a protagonizar la responsabilidad de la palabra y está consagrado no sólo a reunir a dos instancias de la fe que para Navarro son indispensables, sino fundamentalmente a celebrar el destino que la palabra ha tenido en dos hombres que, al tomarla, se dejaron ver. Von Balthasar no escribe sobre teología, es teología: tiene una aptitud para encarnar lo que dice que lo convierte en un gran escritor, no es un hombre que hace malabarismos con las palabras sino que se extenúa en lo que dice. Y cuando de veras encarna lo que dice, cuando se hace responsable por lo que dice, ilumina a quien lee lo lee; es un acto de revelación que involucra al destinatario de la palabra por la forma en que se encarna en la palabra del autor. Y este libro no deja lugar a dudas sobre el hecho de que Von Balthasar, al hablar desde la belleza sobre la revelación, le está brindando a Borges los elementos indispensables para entender que su vocación literaria es un acto de fe religiosa. Borges fue un agnóstico. Ahora bien: solemos minimizar el valor religioso del agnosticismo, porque un agnóstico no es alguien que no cree sino alguien para quien la complejidad de lo que le hace sentir y pensar en teología constituye una tensión irresoluble. Por eso el agnóstico no se pronuncia ni en contra ni a favor. No lo hace a favor porque no quiere subestimar con una caracterización ligera la complejidad de lo que lo convoca; tampoco se pronuncia en contra porque sabe que el ateísmo es una forma pusilánime de rebajar la complejidad del significado del enigma de lo divino. En la medida en que Navarro logra escuchar la belleza en la prosa de Von Balthasar y la religiosidad en la enunciación de lo bello en Borges, lleva a cabo una tarea indispensable para nuestro tiempo: ir más allá de la fragmentación que aniquila en especializaciones compartimentadas lo que debería tender a ser unidad, convergencia, sana complementación.
En la tradición hebrea el nombre de Dios se escribe sólo con consonantes, para no abusar de la cercanía. Nada puede caber por entero en una palabra a menos que esa palabra sea la de Dios, porque la palabra de Dios es una sola y en ella todo palpita como en un Aleph. Von Balthasar creyó que la palabra del creyente es palabra orientada hacia la audiencia, hacia el acto de oír. ¿Qué quiere el que habla? Quiere oír, quiere ceder la palabra. Este acto de búsqueda de su propio silencio para escuchar la palabra de Dios es acto de revelación. No es trata de una palabra inconclusa porque no llega adonde quiere, sino de una oración hecha palabra que está en búsqueda de su propio silencio para oír la palabra de Dios. Así es como el propio Borges plantea su poesía, es decir, su obra en general. No escribe poesía Von Balthasar, no teologiza Borges: ¿dónde está la fe o el límite de la fe entre el hombre que escribe un poema y el hombre que desarrolla una teoría estética?
Santiago Kovadloff
Filósofo y escritor
Lo que nos cambia para siempre
No los unió ni la literatura ni la teología sino “el deseo imaginario” de un tercero, el editor del libro, la figura narrativa por cuyo intermedio hablan los textos y hablan de la vida que se derrama en ellos cuando son grandes sus autores, cuando son Borges y Von Balthasar. Últimas inquisiciones constituye una lectura en voz alta que nos hace percibir el pulso, la respiración, la vibración de la escritura de Borges y de Von Balthasar; y, por medio de ella, la fuerza de la Palabra nunca agotada que encuentra en la belleza y en el goce de la belleza la forma para hacerse manifiesta, en una época que “anhela una revelación” y “el estilo de la revelación”.
Hay que haber frecuentado con asombro, siempre nuevo, la obra de un autor, para entrar en sintonía con su texto, con su ritmo, con sus figuras prototípicas y, desde allí, imaginar cómo hubiera leído a otro, qué hubiera sentido, qué hubiera escrito, con qué cadencia, qué búsquedas comunes habría, cuál sería ese espíritu que los enlazaría uno al otro, recíprocamente. Es cierto, coincidimos, “todo lo que puede cambiarnos para siempre la vida es real”.
Este libro condensa la experiencia estética de goce de la palabra poética en su ser signo de otra palabra. En esa sorprendente ficción Borges habla de Von Balthasar y, a la inversa, Von Balthasar de Borges, con las resonancias, los recuerdos, las reflexiones de Navarro; con la vivencia de su propia lectura, con palabras que ya no son de ellos sino de todos. Porque no es posible la vida humana, en cuanto tal, si desligamos al mundo de la belleza y, sin ella, sería mucho menos posible encontrar alguna huella de Dios en él.
Este profundo y secreto vínculo, que se va tejiendo entre Borges y Von Balthasar, al Borges de Navarro le hace decir que ese encuentro le cambió la vida.
Silvia Di Sanza
Filósofa
Un texto anunciado
Ignacio Navarro presenta las figuras de Jorge Luis Borges y Hans Urs von Balthasar una desde la otra, y en esto consiste su originalidad y el porqué de su estilo de ficción. Desde que lo conocí, imágenes borgeanas salían por sus poros cuando se daba la ocasión. Compartiendo la lectura del primer tomo de la teo-dramática, dijo: “Me gustaría leer un libro que trate sobre Borges y Balthasar”. “Escribílo”, le contestó alguien. Y él: “No, me gustaría leerlo”. Es el libro de un lector, para lectores.
Tanto Borges como Balthasar están internamente dispuestos a ser presentados por otro. Ambos sentían gran placer en dar a conocer a otros escritores; y esto hasta el punto en que la palabra propia, única, rebose gratitud.
El poeta descubre en el teólogo aspectos que sus comentaristas todavía no han sabido cómo abordar, por ejemplo, la estética como punto de partida de la teología, el lugar de Adrienne von Speyr en su misión, su abordaje del sufrimiento de Dios, el lugar del misterio del descenso de Cristo a los infiernos en el conjunto de los misterios de la fe, el vínculo entre estética y dramática, la soledad única de Cristo y la comunión de los santos que de allí surge, entre otros. Pero no menos importante es que el teólogo sabe percibir las cualidades estéticas del poeta: habitar el umbral de “la revelación que no se produce”, los recursos de la mención y la alusión para entrelazar la palabra y el silencio, el lugar de la inspiración, dar expresión a la comunicación de lo incomunicable, entre otros.
Eduardo Graham
Teólogo
Lecturas recíprocas
Pienso en este texto como un libro de libros: una vasta reflexión acerca de la lectura, a partir de dos ideas borgeanas que (re)escribe: la de la lectura como revelación y la de la literatura como un infinito sistema de espejos.
Borges medita acerca de la “creciente inquietud” que lo ha ido “trabajando poco a poco” a medida que recorre los textos de Von Balthasar. Lo habita una sensación de extrañamiento, y le provoca un estado de terrible desamparo e infortunio. En el borde del hecho estético, todavía como vértigo, intuye la revelación que se va a producir: es el momento previo al contacto con aquellos libros y autores que modifican nuestra percepción del mundo. Cerca del final, que sabe cercano, recurre a los que lo han acompañado desde siempre para acercarnos lo que la lectura de Von Balthasar ha obrado en él.
Una misma escena parece ir reflejándose de una parte a otra del texto: Borges lee a Von Balthasar, que a su vez lee a Borges; ambos son leídos por el “editor”. Últimas inquisiciones se constituye, a su vez, en un espejo de la obra de Borges, no solamente por ahondar en sus temas centrales y por la permanente remisión a sus libros y autores preferidos, sino por una entonación conseguida a través de una sintaxis y un tramado en el que se reconocen sus propias palabras.
Raquel Barros
Escritora





La “belleza”, el trascendental que Balthasar pone en primer lugar en su monumental obra teológica dedicada al drama divino- humano, es el punto en el que el teólogo suizo converge con Borges. El autor del libro supo encontrar esta instancia de fusión entre ambos, y darse cuenta de cómo, en estas dimensiones que para algunos podrían ser tan dispares, el símbolo es el que mediatiza un discurso que en los dos casos se vuelve esquivo para hablar de la realidad.
Mis felicitaciones al autor y al panel que acompañó la presentación del libro. Esta obra es una muy buena iniciativa que permite conocer, desde un sujeto nada descomprometido, a dos figuras relevantes de la cultura del siglo XX que merecen ser estudiadas y conocidas.