Revista Criterio
Debates, Iglesia
Nº 2348 » Mayo 2009

La Humanae Vitae de Pablo VI, 40 años después

por Prins, Arturo · 9 Comentarios 

Aún se debate su condena a la anticoncepción y su alcance en la prevención del SIDA.

El cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927)(foto), sacerdote jesuita y biblista mundialmente reconocido, es autor del polémico libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, que comentamos en CRITERIO (Nº 2343). El ex arzobispo de Milán (1979-2002), la diócesis más grande del mundo, fue considerado papable en el Cónclave que eligió pontífice al cardenal Ratzinger. Mantuvo debates con pensadores de signo laicista, como Umberto Eco, y fue interlocutor en diálogos de alto nivel cultural. Benedicto XVI le pidió que presentara en París su libro Jesús de Nazaret.

Ya retirado, en una sencilla habitación de la Compañía de Jesús en Jerusalén, Martini se dedicó a reflexionar, con la perspectiva y experiencia de sus años, sobre temas que se debaten y discuten públicamente. Las reflexiones fueron dialogadas con otro jesuita, el austríaco Georg Sporschill, de 63 años, y recogidas en el mencionado libro. Su preocupación central es que la Iglesia sea escuchada, sobre todo por los más jóvenes.

Advierte sobre distancias que deberían acortarse, por lo que asume posiciones de autocrítica y dice que “la Iglesia necesita reformas internas que tienen que venir desde dentro”.

Uno de los temas más controvertidos del libro es el de la encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968), que condena la anticoncepción, cuestión que adquirió nueva relevancia por la discusión sobre el uso del preservativo en la prevención del SIDA.

Las reflexiones de Martini suscitaron opiniones favorables y adversas. Las que aquí se recogen -algunas muy anteriores a las del cardenal- reflejan que la cuestión es compleja y no está cerrada, por lo que aspiramos a que el debate se abra al diálogo. Los lectores podrán formarse un juicio y sumar sus puntos de vista en nuestra web, donde abrimos una sección especial. Las afirmaciones de Sporschill y Martini fueron extraídas del libro indicado, en su versión española.

Arturo Prins

Georg Sporschill:
La Iglesia sigue teniendo fama de ser hostil al cuerpo o de estar alejada de la vida. Una expresión de esto mismo es la encíclica Humanae vitae, de la que sólo ha calado en la opinión pública la prohibición de la píldora y de la anticoncepción. Hay que preguntarse si esa prohibición sigue siendo sostenible en un mundo con epidemia de SIDA y con medicina moderna. De todos modos, la Iglesia ha erigido con ella una barrera hacia la juventud.


CARLO
M. MARTINI:
Con esta crítica me he encontrado desde hace muchos años y en todos los frentes, también entre científicos y políticos serios, si es que acaso buscaban el diálogo con la Iglesia. Lo más triste es que la encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen más en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra. Pero sobre todo a los jóvenes de nuestros países occidentales ya casi ni se les ocurre acudir a representantes de la Iglesia para consultarlos en cuestiones atinentes a la planificación familiar o la sexualidad. Debo admitir que la encíclica Humanae vitae ha suscitado también un desarrollo negativo. Muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de los hombres. Se ha producido un gran perjuicio.

La relación personal y corporal es un ámbito esencial en la vida del hombre, en el que sobre todo la juventud debe hallar su camino. A partir de la pubertad, los jóvenes experimentan muchas turbulencias en este tema. Muchas grandes decisiones implican también cuestiones sobre la sexualidad, el matrimonio o el celibato. Es en cierto modo algo trágico que la Iglesia se haya alejado tanto de los afectados por estas cuestiones y de los que buscan respuestas para ellas. La encíclica Humanae vitae es obra de la pluma del papa Pablo VI. Yo lo he conocido bien y lo he tenido en gran estima. He tenido la ocasión de predicarle ejercicios a él y a sus colaboradores en el Vaticano, unos ejercicios que fueron los últimos que realizó antes de su muerte en el año 1978. Este Papa escuchaba con atención, trataba respetuosamente a las personas. Con la encíclica quiso ser respetuoso con la vida humana. A sus amigos personales les explicó su inquietud mediante una comparación con el lenguaje. No se debe mentir, decía, y, sin embargo, a veces es imposible evitarlo. Tal vez hay que disimular la verdad o no podemos evitar una mentira para salir del paso. Los moralistas deben aclarar dónde comienza el pecado, en especial en los casos en que existe un deber de relevancia mayor, como lo es la transmisión de la vida.
A mí me resulta doloroso que el papa Pablo VI haya quedado marcado de forma tan negativa en la opinión pública a causa de la “encíclica de la píldora”, como se la ha dado en llamar. Él asumió de su predecesor Juan XXIII la tarea del Concilio y lo prosiguió con gran prudencia. A su equilibrio se debe la apertura de la Iglesia, para la cual él pudo conquistar a una gran mayoría. Tampoco quiero dejar de mencionar su gran interés por la Biblia. La encíclica ha destacado correctamente muchos aspectos humanos de la sexualidad. Pero hoy en día tenemos un horizonte más vasto para plantearnos las preguntas sobre la sexualidad. También hay que tener mucho más en cuenta las necesidades de los confesores y de la gente joven. No debemos dejar solos a esos seres humanos. Ellos tienen derecho a recibir lineamientos o palabras esclarecedoras sobre los temas de la corporalidad, del matrimonio y de la familia. Buscamos un camino para hablar con solidez acerca del matrimonio, del control de la natalidad, de la fecundación artificial y de la anticoncepción.

Héctor Aguer (Arzobispo de La Plata):
El cardenal es muy claro en su crítica, una crítica muy severa, a Paulo VI y a la encíclica Humanae vitae, de cuya publicación se ha cumplido este año el cuadragésimo aniversario. Llega a decir cosas muy serias, como que esta encíclica ha producido un grave daño con la prohibición de la contracepción artificial que allí se establece, lo cual habría determinado que muchas personas se hayan alejado de la Iglesia y la Iglesia de las personas. Más aún: el cardenal Martini parece imputarle a Paulo VI haber ocultado la verdad, como que el Papa, en realidad, no estaba convencido de lo que afirmaba en su encíclica, pero lo hizo igual. (…)

El antiguo arzobispo de Milán propone que la Iglesia corrija el error cometido. Dice textualmente: “Probablemente el Papa no retirará la encíclica. Pero puede escribir una nueva e ir en ella más lejos. (…) Estoy firmemente convencido de que la conducción de la Iglesia pueda mostrar un camino mejor del que logró mostrar la Humanae vitae. La Iglesia recuperará con ello credibilidad y competencia. (…) Es un signo de grandeza y de seguridad en sí mismo que alguien pueda admitir sus faltas y la estrechez de su visión de antaño”.
Llama mucho la atención que un cardenal, un hombre tan inteligente, tan destacado, como es el cardenal Carlo María Martini se haga eco y haga suyas las críticas que dirige y ha dirigido a la Iglesia, durante décadas, la cultura secularizada y aquellos sectores intraeclesiales que se han manifestado en una postura de disenso contra el Magisterio eclesial. (…)
En la encíclica Humanae vitae se afirma algo fundamental, que tiene que ver con el sentido del amor conyugal: el carácter inseparable del doble significado del acto de los esposos, el significado unitivo y el procreativo. Se trata de una verdad natural, pero además en ella se juega algo fundamental para la vida cristiana de aquellos fieles de la Iglesia que están llamados al matrimonio. Además, Benedicto XVI ha ratificado expresamente la doctrina de la Humanae vitae y lo ha hecho en varias oportunidades este año. (…)
Ahora bien: nosotros, si nos dejamos llevar por el instinto de la fe, nuestro sano instinto católico, sabemos muy bien a lo que tenemos que adherir. Tenemos que adherir a la doctrina constante de la Iglesia y a la enseñanza de Benedicto XVI que es el Pastor que actualmente, a todos, nos guía. A esa enseñanza debe adherir, tanto el más humilde de los fieles como el más publicitado de los cardenales. (28/11/08)

Eduardo María Taussig (Obispo de San Rafael):
La Humanae vitae fue causa de enorme sufrimiento y de cruz para Pablo VI (…) Un revelador testimonio de los sufrimientos del heroico Papa fue su última alocución pública (29/6/78), casi un mes antes de que “el curso natural de su vida llegara a su ocaso”, cuando hizo un balance de su pontificado y resumió su “empeño ofrecido y sufrido de un Magisterio al servicio de la verdad” en dos grandes deberes: la tutela de la fe -recordemos el Credo del Pueblo de Dios- y la defensa de la vida humana.

Acerca de la vida humana Pablo VI dijo, en esta postrera ocasión, estas palabras: “No hemos hecho otra cosa que acoger esta consigna cuando hace diez años, proclamamos la Encíclica Humanae vitae inspirados en la intangible enseñanza bíblica y evangélica, que convalida las normas de la ley natural y el dictamen insuprimible de la conciencia sobre el respeto de la vida, cuya transmisión ha sido confiada a la paternidad y maternidad responsables.” (…) Podríamos repetir hoy las palabras de Pablo VI no sólo sin quitarles una coma, sino, por el contrario, acentuando su dramatismo y actualidad. (…)
En la experiencia de los “humildes”, como en los tiempos del Evangelio, se constata que, con esta “sabiduría de vida”, son muchas veces los pobres los que más hijos tienen; son también los pobres los que entienden mejor la diferencia esencial entre la contracepción y los métodos naturales basados en la continencia periódica; los que además, prácticamente, los asumen con mayor tino y practicidad. De mi experiencia pastoral como sacerdote recuerdo que, instructoras de nuestra pastoral, que enseñaban los métodos naturales en diversos lugares, me contaban que los aprendían más fácilmente las chicas de las villas de emergencia que las jóvenes de las universidades: se complicaban menos y percibían enseguida cómo era el plan de Dios y cómo vivirlo concreta y prácticamente. (7/9/08)

JOSÉ M.S. CASTELLVÍ (español) - Presidente de la Federación Internacional de las Asociaciones de Médicos Católicos:
Muchas de las críticas a la Humanae vitae han sido sugeridas por los intereses económicos que están detrás de la venta de la píldora contraceptiva. Otras críticas surgen de aquellos que quieren reducir y seleccionar la fertilidad y el crecimiento demográfico. Finalmente las críticas proceden de aquellos que quieren limitar la autoridad moral de la Iglesia católica. (ZENIT.org; 8/1/09)


Rodolfo Canitano - Especialista en estudios religiosos
:
Martini, por encima de todo, sigue experimentando el lacerante deseo de ver a la Iglesia rejuvenecida y actualizada. Para lo cual -según su convicción- ella “debe tener el valor de reformarse”. (…) Muy despistado habría que estar para ver en el cardenal Martini la figura de un reformista impulsivo o improvisado. (…) Sus ansias de cambio son el fruto de un largo proceso de maduración en lo más íntimo de su corazón de pastor, bajo el impulso y al calor de su fe ardiente, de su amplia experiencia de vida y de su amor generoso y desbordante hacia los seres humanos (…)(La Nación, 17/11/08)

CARLO M. MARTINI:
Después de la encíclica Humanae vitae, los obispos austríacos, alemanes y muchos otros publicaron declaraciones llenas de preocupación encaminadas en una dirección que nosotros deberíamos continuar en la actualidad. Casi 40 años de distancia -un tiempo tan prolongado como la marcha de Israel por el desierto- podrían permitirnos una nueva perspectiva.

Conferencia Episcopal Austríaca:
Dado que la encíclica no contiene en materia de fe ningún juicio infalible, pudiera darse el caso de que alguno estime no poder aceptar el juicio dado por el Magisterio de la Iglesia. Sobre este punto hay que responder lo siguiente: el que en este campo sea competente y después de un serio estudio, y no de una forma ligera y afectiva, ha llegado a esta convicción, puede seguirla. No se equivoca si permanece dispuesto a proseguir su investigación y mostrar además respeto y fidelidad a la Iglesia. (22/9/68)

Gustavo Irrazábal - Teólogo moral:
Dentro del ámbito católico, los interlocutores más serios en el debate sobre la encíclica Humanae vitae y su doctrina sobre la anticoncepción parten de un consenso básico. Primero, el número de hijos debe ser decidido por cada matrimonio a través de una deliberación no sólo generosa, sino también prudente. En segundo lugar, la regulación de la fecundidad por medios artificiales, es decir, no a través del ejercicio de la castidad conyugal, plantea un problema para la conservación del sentido pleno del amor conyugal. Las críticas apuntan no tanto a los principios, cuanto al excesivo rigor e injusticia que derivan de su aplicación directa e inmediata a los casos concretos.

Ello muestra que no es suficiente rebatir las objeciones a la encíclica reafirmando la verdad de esta enseñanza. En el ámbito moral, para que un principio pueda orientar la vida satisfactoriamente es preciso que, además de ser verdadero, sea adecuadamente aplicado. Para ello se requieren mediaciones, es decir, criterios que permitan traducir prudentemente los principios en la multiplicidad de las situaciones concretas. Ya la encíclica mencionada da a entender que no todo uso de anticonceptivos equivale a anticoncepción: reconoce, en efecto, que el mismo puede tener un uso terapéutico, perfectamente lícito (n.15).
Diversas conferencias episcopales, a su vez, enunciaron criterios pastorales para orientar a sus fieles. La Conferencia Episcopal Francesa señaló la posibilidad de un “conflicto de deberes”, que impidiera observarlos a todos de modo simultáneo. En este sentido indica que “La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un de-sorden, pero este desorden no siempre es culpable”. Otras conferencias episcopales (Alemania, EE.UU., etc.) recordaron enseñanzas tradicionales sobre la conciencia: si después de una seria reflexión ante Dios, los esposos no logran comprender el sentido de esta doctrina, pueden obrar según su propia convicción. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris consortio, formuló el principio de gradualidad, por el cual los cónyuges que no estén en condiciones de cumplir de modo inmediato con la enseñanza de Humanae vitae deben comprometerse a “poner las condiciones necesarias para observar tal norma” (n.34).
Muchos especialistas, entre ellos el eminente filósofo Martin Rhonheimer, sacerdote del Opus Dei y profesor en la Universidad de la Santa Croce en Roma, conocido defensor del Magisterio en este tema, no tiene reparos en afirmar que esta enseñanza no se aplica al uso de profilácticos para evitar el contagio del SIDA, sea dentro del matrimonio, en parejas homosexuales, etc. Monseñor Jacques Suaudeau, miembro del Pontificio Consejo para la Familia, en 2000 escribió para L’Osservatore Romano un artículo en el que calificaba el uso del profiláctico en las campañas contra el SIDA, bajo ciertas condiciones, como un mal menor. Y muchas otras mediaciones o criterios de aplicación están pendientes de análisis y discusión. A través de ellos, la doctrina pontificia no sólo no sufre debilitamiento sino que se fortalece, mostrando su intrínseca plausibilidad.

Conferencia Episcopal Francesa:
La contracepción no puede ser nunca un bien. Siempre es un desorden, pero este desorden no siempre es culpable. Se da el caso, efectivamente, de que los esposos se encuentran ante un verdadero conflicto de deberes (Gaudium et spes 51). Nadie ignora las angustias espirituales en las que se debaten los esposos sinceros, especialmente aquellos a los que la observancia de los períodos naturales no consigue “darles una base suficientemente segura sobre la regulación de nacimientos” (Humanae vitae 24). Por una parte son conscientes del deber de respetar la apertura a la vida en todo acto conyugal. Creen igualmente que deben evitar en consecuencia -o aplazar para más adelante- un nuevo nacimiento. Al mismo tiempo, están privados del recurso a los ritmos biológicos. Por otra parte no ven en lo que les concierne cómo renunciar entonces a la expresión física de su amor sin poner en peligro la estabilidad de su matrimonio (GS 51,1).

A este respecto, recordamos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando uno se encuentra ante una alternativa entre deberes, en la que, sea cual fuese la decisión que se tome, no se puede evitar una, la sabiduría tradicional prevé que se busque ante Dios qué deber es mayor en este caso. Los esposos tomarán su decisión después de una reflexión en común, hecha con todo el interés que requiere la grandeza de su vocación conyugal.
No pueden olvidar ni menospreciar jamás ninguno de los deberes que entran en conflicto. Por tanto, mantendrán su corazón disponible a la llamada de Dios, atentos a cualquier nueva posibilidad que postule una nueva reconsideración de su elección o comportamiento actual. (8/11/68)

Martín Rhonheimer (Filósofo, sacerdote del Opus Dei):
Contracepción, como un tipo de acto humano específico, incluye dos elementos: la voluntad de involucrarse en actos sexuales y la intención de hacer imposible la procreación. Un acto contraceptivo, por lo tanto, encarna una elección anticonceptiva. (…)

La definición de acto contraceptivo no se aplica, por lo tanto, al uso de contraceptivos para prevenir las posibles consecuencias procreativas de una violación prevista; en tal circunstancia la persona violada no elige involucrarse en una relación sexual o prevenir las posibles consecuencias de su propia conducta sexual sino que está simplemente defendiéndose de una agresión sobre su propio cuerpo y de sus indeseables consecuencias. Una mujer atleta tomando parte en los Juegos Olímpicos, que toma una píldora anovulatoria para evitar la menstruación, no está cometiendo “anticoncepción” tampoco, porque no hay una intención simultánea de involucrarse en una relación sexual. (…)
Pero ¿qué pasa con las personas promiscuas, los homosexuales sexualmente activos y las prostitutas? Lo que la Iglesia Católica les enseña es simplemente que ellos no deberían ser promiscuos, sino fieles a una sola pareja sexual; la prostitución es una conducta que viola gravemente la dignidad humana, principalmente la dignidad de la mujer, y por lo tanto no debería ser practicada; y los homosexuales, como todas las demás personas, son hijos de Dios y queridos por él como todos los demás, pero deberían vivir en continencia como las personas no casadas. (…)
¿Qué digo yo, como sacerdote católico, a las personas promiscuas u homosexuales que están usando condón? Trataré de ayudarlos a vivir una vida sexual correcta y bien ordenada. Pero no les voy a decir que no usen condón. Sencillamente no voy a hablar a ellos sobre este tema y voy a asumir que si ellos eligen tener sexo van a conservar, al menos, un sentido de responsabilidad. Con esta actitud respeto fielmente la enseñanza católica sobre contracepción. (…)
Igualmente, un hombre casado que está infectado de HIV y usa condón para proteger a su esposa de una infección, no está actuando para hacer la procreación imposible, sino para prevenir la infección. Si la concepción es evitada, esto será un efecto secundario no intencional y, por lo tanto, no influirá en el significado moral del acto haciéndolo contraceptivo. Puede haber otras razones para prevenir contra el uso del condón en tal caso, o para aconsejar la total continencia, pero no se basarán en la enseñanza de la Iglesia sobre contracepción sino en razones pastorales o simplemente prudenciales: el riesgo, por ejemplo, de que el condón no funcione. Por supuesto, este último argumento no se aplica a las personas promiscuas, porque incluso si el condón no siempre funciona, su uso ayudará a reducir las malas consecuencias de la conducta moralmente mala. (…)
Campañas para promover la abstinencia y la fidelidad son ciertamente y últimamente el único remedio efectivo a largo plazo para combatir el SIDA. Por tanto no hay razón para que la Iglesia considere las campañas de promoción del condón como útiles para el futuro de la sociedad humana. Pero tampoco puede la Iglesia enseñar que las personas involucradas en estilos de vida inmorales deberían evitarlos.
(The Tablet, 10/7/04)

Jacques Suaudeau, del Pontificio Consejo para la familia:
Hoy presenciamos los casos de Uganda y Tailandia, donde los esfuerzos nacionales e internacionales para alentar el uso de profilácticos han sido supuestamente exitosos. En el caso de Tailandia, el esfuerzo de las autoridades sanitarias estuvo focalizado en las prostitutas y sus clientes. El uso de condones ha tenido un resultado particularmente bueno para esa gente con respecto a la prevención de enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo no es claro si la promoción de los condones en ese país ha tenido o no un efecto en el avance de conjunto del SIDA. El uso de profilácticos en esas circunstancias es realmente el “mal menor”, pero no puede ser propuesto como un modelo de humanización y desarrollo. Tal vez las autoridades de Tailandia podrían haberse preguntado primero acerca de las razones del particular crecimiento de la prostitución en su país. (L’Osservatore Romano, 19/4/00)

Carlo M. Martini:
Cuando pienso en la problemática del SIDA (según la ONU, alrededor de 40 millones de personas están infectadas con el VIH, la mayoría de ellos en África; el mismo informe contabiliza en el año 2006 tres millones de muertos), entran en juego no sólo la medicina, sino también la política y la cooperación para el desarrollo.

Si la Iglesia pudiese hacer que todos esos ámbitos se pronunciaran, planteándoles preguntas y escuchando con atención, se trataría ciertamente de una iniciativa positiva. En el Vaticano se discute sobre la utilización de preservativos, en especial porque la epidemia del SIDA preocupa mucho al Papa. Aun cuando se permitieran los preservativos como “mal menor” en el caso de matrimonios infectados, eso no bastaría.
Esta toma de posición me ha hecho entrar a mí en enfrentamientos. Me he convertido en el “cardeal da camisinha”, como me decía riendo un sacerdote de Brasil. Es decir, el “cardenal del preservativo”. Es así como sobre todo algunos periódicos me colocan a veces bajo sospecha.

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Comentarios

9 comentarios to “La Humanae Vitae de Pablo VI, 40 años después”
  1. Diego Serrano dice:

    Sin ánimo de poner en duda los grandes principios de la moral católica en materia procreativa, en particular en lo que hace a la generosidad, responsabilidad y prudente discernimiento en lo que hace a la trasmisión de la vida, creo que es razonable sostener que ciertos aspectos de la doctrina del Papa Pablo VI en la Humanae Vitae no están dotados de infalibilidad o irreformabilidad, por ello es que la actualización o modificación que reclama el Card. Martini no puede ser descartada.
    Ya en el Vaticano II, cardenales como Suenens y otros padres conciliares se expidieron en favor de una mayor amplitud al igual que lo hizo el dictamen de mayoría de la comisión de teólogos y peritos creada al efecto de estudiar el tema. Pablo VI, sin embargo, siguió el dictamen de una minoría de la comisión y provocó el disenso de importantes teólogos morales y de gran parte de los fieles, así como pronunciamientos de importantes episcopados (Canadá, Holanda, Bélgica, Alemania, Austria, Francia, Escandinavia, etc.) relativizando el alcance de la encíclica.
    Pareciera que uno de los puntos fundamentales de aquellos que disienten con el contenido de esta encíclica es que no juzgan adecuadamente fundada la distinción “moral” entre usar de un período infértil y emplear medios mecánicos no abortivos que el ingenio humano ha creado con el mismo propósito de evitar o diferir la procreación. ¿Porqué no sería “natural” para el ser humano —arguyen muchos moralistas— producir mecánicamente una condición que la naturaleza produce por sí misma periódicamente en períodos de infertilidad? ¿Acaso no es natural al hombre usar de su inteligencia para suplir o remediar procesos naturales a través de tantos medios que la medicina ha ideado (como prótesis, catéteres, medicamentos, etc.)? ¿En qué sentido se privilegia en la encíclica un sentido del término “natural”, en un sentido fisicalista, por sobre otras consideraciones más personalistas en la ética matrimonial y en el ámbito de las decisiones procreativas? ¿No corresponderá centrarse más en las intenciones, los fines y el “contexto ético” de la decisión procreativa que en el rechazo a priori de ciertos medios y la preferencia por otros que tienen idéntico objetivo?

  2. Andrés dice:

    Me parece muy interesante recordar la opinión del mismo card. Martini, sobre este mismo tema, en el libro “El predicador ante el espejo” (Paulinas 1989). Allí dice que en temas de sexualidad el predicador debe tener: rigor personal, obediencia doctrinal, y claridad sobre el kerygma. Al desarrollar lo referente a “obediencia doctrinal” se refiere expresamente a “Humanae vitae”: “entrar en la materia aceptando con confianza las enseñanzas de la Iglesia al respecto: sea la enseñanza definida, sea la enseñanza ordinaria (…) En cambio, no me parece un camino constructivo en la Iglesia, la actitud del “disentimiento legítimo”, a pesar de todo el respeto de las personas que lo propusieron…” (pág. 85).

    Más allá del debate teológico obligado, creo -para usar la palabra de Martini- que no es “constructivo” su comentario mediático y que sigue dificultando la captación de matices que el tema merece. ¿Dónde quedaron esos consejos espirituales? ¿Habla la misma persona? ¿Puede ser un argumento la lejanía de los fieles? Jesús también tuvo que escuchar que su lenguaje era “duro”.

    Por último, creo que el comentario (en este blog) en torno a la “deshelenización del cristianismo” no tiene lugar; es más, lo considero un tema zanjado en el debate teológico mundial.

  3. Jorge H. dice:

    Considero importantes las opiniones de los sacerdotes y no deseo faltarles el respeto. Pero sin dudarlo, coincido plenamente con el Cardenal Martini. Por otra parte, no puedo menos que recordar a san Pablo para quien la Vida estaba antes que el dogma. ¿y por donde va la vida? Será cuestión de ver que opinan los matrimonios sobre el tema y descubrir que el dogma y la vida van por caminos distintos. ¡Y que hablar de los jóvenes en general!. Por sus frutos los conoceréis, o dicho más claramente, es necesario dejar de lado aunque sea por un momento lo establecido en la Humanae Vitae y apreciar con objetividad si le ha significado un bien a la Iglesia.

  4. Miguel A.J. Sarno dice:

    Deseo poner en claro desde el principio desde què posiciòn vierto mi opiniòn. La mìa es la opiniòn de un padre de familia que tuvo que someterse durante años a estudios mèdicos de fertilidad, junto con mi esposa, para finalmente conquistar el don de la paternidad. Resultò un camino nada fàcil, al punto que ante el deseo de un nuevo hijo optamos por la posibilidad de la adopciòn. Cumplimos ya 20 años de matrimonio, y en ese largo andar fuimos madurando desde un postura pro-Humanae Vitae - inclusive fuimos por entonces instructores del Mètodo Billings - hacia una posiciòn coincidente con lo expresado por la Conferencia Episcopal Francesa, que entiendo, con mucha sabiduría buscò interpretar la Humanae Vitae en clave de sentido comùn (el menos comùn de los sentidos, dirìa una querida tìa ya fallecida… y su existencia parece ser menos frecuente aùn en algunos elevados representantes jeràrquicos de la Sta Madre Iglesia). Siempre admirè al Cardenal Martín, pero nunca imaginè que llegase a tal grado de heroísmo, como lo hace al exponer estas cuestiones en las que los fieles que las vivimos, excepcionalmente nos sentimos comprendidos, escuchados y contenidos por el Magisterio.
    Adhiero tambièn ìntegramente a lo que manifestaron con mucha razòn y valentìa en este foro Graciela Moranchel y Patricia Paz. Confieso que en cierta manera me entusiasmò mucho la primera encìclica de Benedicto XVI cuando tomò el concepto del EROS y lo revalorizò equiparándolo, o mejor dicho, complementándolo junto con el ÁGAPE. Digo: ¿no podrà (ò mas bien, ¿querrà hacerlo?) el actual Magisterio a partir de este germen, trabajar para lograr ese “vino nuevo en odres nuevos” que reclamaba al final de su escrito Graciela, al hablar de la necesidad de una nueva óptica en la moral católica ?. Muy bien sintetizò Patricia al señalar como una
    verdadera cuestiòn medular la importancia superlativa que tiene el vìnculo entre los esposos en el momento del acto marital y sus consecuencias ( esto mismo señalaba el P. José Kentenich al identificarlo como signo de la Sma Trinidad), màs aùn que las condiciones ò la mecánica del acto en sì.
    Quiera entonces la Sma Trinidad concedernos que, tras deambular 40 años por los desiertos de la Humanae Vitae, podamos regocijarnos en un tiempo cercano al alcanzar la Tierra Prometida de un Magisterio misericordiosamente vinculado con la realidad de la sexualidad humana. De lo contrario seguirán discutiendo sobre el sexo de los ángeles
    Cordialmente

  5. angelhugo dice:

    1) Las posiciones frente a la Humanae Vitae, no pueden ser depreciativas, ni endilgarle males que no fueron queridos. Si caben la críticas, son, haciendo honor al término, para distinguir, como decía Santo Tomás: por ende, deben contener una apertura que haga posible llegar a la verdad, que no puede disimularse, que nunca puede traicionarse, so pena de perder la libertad. No se pueden, entonces, admitir críticas inspiradas en intereses económicos o que pretenden reducir el crecimiento demográfico o limitar la autoridad moral de la Iglesia (R. Canitano) 2) Creo que Pablo VI no tuvo oportunidad de expresar todo lo que se debía sobre el problema que tanto le preocupó, porque -son sus textuales palabras- si bien lo hizo “inspirado en la intangible enseñanza bíblica y evangélica que convalida las normas de la ley natural “ -siguiendo sus mismas palabras-, no tuvo muy en cuenta “el dictamen insuprimible de la conciencia sobre el respeto de la vida, cuya transmisión ha sido confiada a la paternidad y maternidad responsables” (texto s/E.M.Taussig, Obispo de San Rafael). Debió fundarse en lo uno (los principios) sin olvidar lo otro (la conciencia y la responsabilidad de los cónyuges). 3) En su virtud, dado que la encíclica no contiene en materia de fe ningún juicio infalible, puede darse el caso de que alguien -competente, después de un serio estudio-, llegue a conclusiones diferentes (Conf. Episcopal Austríaca). 4) Tal es la solución a que pueden llegar los cónyuges que -después de una reflexión compartida, en la presencia de Dios- apelan a los contraceptivos porque se encuentran en un verdadero conflicto de deberes, dado que, por una parte, la irregularidad de los ritmos biológicos no consigue darles una base segura para la regulación de la natalidad, y no ven, por otra parte, como renunciar a la expresión física de su amor sin poner en peligro la estabilidad matrimonial (Conf. Episcopal Francesa). 5) En el caso de un hombre casado infectado por HIV que usa preservativo para proteger a su esposa, no está actuando para evitar la procreación (efecto secundario no deseado) sino para evitar una infección. Y en otro orden de cosas, si bien debe defenderse la castidad como medio efectivo para evitar la propagación del SIDA, la Iglesia no tiene autoridad para prohibir a personas de costumbres inmorales (homosexuales, personas no casadas, de vida promiscua, etc.) el uso del preservativo (M. Rohonheimer). 6) Conclusión: a) Como recordaba Cicerón lo justo llevado al extremo representa una injusticia. b) Se debe distinguir, además, lo justo de lo explicable, es decir hay hechos de por sí son injustos, pero que, por razones graves de necesidad, se tornan explicables y por tanto no culpables, por lo que queda a criterio de los cónyuges en situaciones de grave conflicto, conformar un criterio razonable con personas sabias y prudentes. Es decir hay medios anticonceptivos que no condicen estrictamente con lo que la ley natural exige, pero cuyo uso resulta necesario para defender principios tan importantes como los relacionados con el cumplimiento regular de los deberes matrimoniales que son un bien, no un mal. c) Como consejo, empero, y según el pensamiento de Juan Pablo II, los cónyuges que no están en condiciones de cumplir con las enseñanzas de la Humanae Vitae, deben comprometerse a poner las condiciones necesaria para observar tal norma. ANGEL HUGO GUERRIERO.

  6. Jorge Echeverría dice:

    Aprendí del Padre José Kentenich que para decidir el camino moral correcto, cuando las Fuentes primeras (Sagrada Escritura, Magisterio de la Iglesia que incluye la Tradición y la Patrística; la naturaleza de las cosas - verdad a la que se llega por la ciencia - y la razón) no alcanzaren, u ofrecieren todavía legítimas dudas, hay tres reglas que nos pueden ayudar a ser fieles al Evangelio: a) La Ley de la puerta abierta, que podemos sintetizar diciendo que se trata de vislumbrar el camino que el Señor nos va marcando a través de circunstancias de tiempo y lugar; b) Ley de la resultante creadora, que en síntesis exige proyectar las consecuencias probables de la acción o conducta sobre la que hay que decidir; y c) el camino de la cruz, o sea el camino elegido por Ntro. Señor Jesucristo para redimirnos.
    Aplicando a la HV diría: a) el Señor, Ntro. Dios, ha mostrado siempre como buena, o mejor, la puerta estrecha, la que transponerla requiere cierto esfuerzo y a veces verdadero sacrificio. Las únicas puertas que cerró tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento fueron la posibilidad de decidir lo que está bien y lo que está mal (”de ese árbol no comerás”), y la concesión de lemas populistas que permitirían llenar los Templos con tibios y descomprometidos. b) Las consecuencias de los permisivismos marquetineros ya no son profecías, sino realidades constatadas. Cuando hombres y mujeres dejaron de ejercitarse en el dominio de sus impulsos, llegaron a confundir amor con deseo, perdieron el respeto por sí mismos y por el otro, redujeron su ser a la sexualidad, se sometieron a la ley del mayor beneficio en esta tierra, y así llegamos a las guerras, los exterminios y al calentamieto global (entre tantas otras cosas)que aumentan la insatisfacción entre quienes tienen mas, y un número cada vez mayor de pobres, indigentes y desesperanzados. c) Y si aún no se pudiera llegar a discernir con claridad, si esos argumentos no fueran suficientes, queda el camino de la Cruz, el sacrificio al que nos invita Jesucristo, el sacrificio que vivieron tantas personas que nos precedieron en la historia para permitir a cada uno de nosotros la existencia que gozamos y podemos aprovechar para nuestro bien y de quienes nos sucederán.
    No me caben dudas que ese fué el camino elegido por S.S. Pablo VI. Si fuera cierto, como dicen algunos, que publicó HV sin estar del todo convencido, ¡Mas le agradezco su fidelidad a Dios, seguramente alcanzada con mucha oración, reconocimiento de su “pobreza” ante el Creador, y confianza plena en Su Misericordia! Sólo “padres responsables” podrán engendrar y educar “personas responsables” dispuestas a jugarse para hacer de este mundo un anticipo del Cielo.
    La dignidad del hombre está en su vocación, para eso fué dotado de capacidad suficiente para conocer la verdad, y obrar en consecuencia.
    No podemos hablar sin considerar que donde hay limitación humana, sobreabunda la Gracia.

  7. Patricia Paz dice:

    frente al evidente divorcio entre las enseñanzas de la Iglesia y la praxis de los católicos en materia de sexualidad, me pregunto qué sentido tiene seguir insistiendo con una encíclica que no ayuda a crecer en una sexualidad plena y responsable, y que casi nadie obedece. Como laica católica, casada le pediría a la Iglesia que deje de tratarnos como menores de edad y confíe en que los matrimonios podemos y debemos decidir la oportunidad para tener hijos y además cómo queremos vivir nuestra sexualidad. Una moral que pone el acento en los actos y no en la relación entre los actores y las consecuencias de dicho acto no ayuda al crecimiento. ¿Porque si en temas de moral social el Magisterio da enseñanzas y deja a la conciencia de los cristianos las conductas a seguir en moral sexual se dan leyes que deben ser obedecidas acríticamente? Acaso no tiene consecuencias mayores la manera en que, por ejemplo, gastamos nuestro dinero, que la manera en que evitamos el embarazo o hacemos el amor. Detrás de la moral sexual católica está el temor al placer y una mirada negativa de la sexualidad, que se justificaría por la necesidad de la procreación. Creo que Humanae Vitae ha hecho mucho daño, espero del Magisterio un paso al costado y una invitación a los laicos que somos quienes tenemos la experiencia del encuentro sexual a pensar una nueva moral sexual cristiana que ayude a tener relaciones sexuales placenteras, libres de culpa y que ayuden a forjar vínculos estables, duraderos y gozosos.

  8. G dice:

    El debate sobre la anticoncepción suscitado por la Humanae Vitae, y las actuales discusiones eclesiales sobre la negativa a utilizar el profiláctico en la prevención del Sida nacen de una sola cuestión, aún no resuelta por la Iglesia en pleno siglo XXI: el lugar que ocupan el cuerpo y la sexualidad en la vida cristiana. La imposibilidad de despegarse de la antropología helenista que la Iglesia porta como un lastre desde hace más de diecisiete siglos, sigue generando esta aversión hacia el cuerpo, y la desconfianza elemental hacia la sexualidad, actitudes que siempre transmitió la jerarquia emediante una catequesis y una teología moral férreas, que no permiten ningún tipo de matiz en cuestiones donde el sexo está implicado. Esto es: para el pueblo fiel, estas cuestiones donde está mezclado el sexo, siempre tienen que ver con el pecado.
    Por otra parte, esta actitud rígida del Magisterio y de la pastoral eclesial, no se condice con la flexibilidad de líneas que encontramos en otros rubros teológicos, como por ejemplo, el de la moral social, donde las opiniones aceptadas pueden ser muchas y dispares.
    Profundizar más en una antropología bíblica, reconciliarse con el cuerpo y con lo humano, ubicar la sexualidad humana dentro de la dimensión afectiva de la persona y enseñar a vivirla en el amor, sería el aporte más importante que podría dar la Iglesia de hoy a los cristianos que, como bien afirma el Cardenal Martini, “ya no toman en serio a la Iglesia”, sobre todo cuando se muestra tan obsesivo con lo sexual y todo lo que tiene que ver con el.
    En una sociedad que ha trivializado tanto la sexualidad, este aporte realizado desde una moral evangélica cuyo centro es el amor y el cuidado del prójimo, sería altamente valioso.
    El trabajo de “deshelenización” del cristianismo es una tarea pendiente de la teología, que implicará dejar atrás muchas concepciones erróneas y otras extemporáneas. Pero valdrá la pena disponerse a realizarlo a fin de cambiar lo que ya no cuadra para la mentalidad de hoy, en aras de volver a la más pura esencia del Evangelio, y a poner el “vino nuevo en odres nuevos”.

    Graciela Moranchel

  9. Cuando San Agustín afirma “Roma locuta est, causa finita est”, no creo que se esté refiriendo a cerrar el diálogo o la reflexión, sino más bien a saber obedecer, en la convicción de que estos temas de moral fundamental, frente a nuevos desafíos, han sido resueltos por el ministerio petrino con una ayuda especial del Espíritu Santo, y que lo que corresponde y conviene es profundizar más esas propuestas, no contestarlas. “Humanae Vitae” es la encíclica martirial y profética del querido Papa Pablo VI. Y como no podía ser de otra manera, en la continuidad y profundización de la Revelación, “Evangelium Vitae” y todo el Magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, no han hecho más que mejorarlo, completarlo, profundizarlo e ir hacia adelante. Cuánto bien hubiera hecho a la Iglesia y a la humanidad el haber obedecido en paz, “Obediaentia et pax” decía Juan XXIII, el haber siquiera leído los argumentos que luego se revelaron como proféticos, digo el haber sido fieles a ese Magisterio. Hubiera significado un enorme bien para la Iglesia y para la humanidad. Pero se multiplicaron las actitudes contestatarias, las omisiones culposas, las ignorancias terribles del tema, que todavía hoy persisten ad intra de la Iglesia. Queda convertirnos y reparar, siempre hay tiempo en los tiempos misericordiosos del Señor.

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