Debates, Política-Economía
Por qué voto en blanco
por Di Stefano, Roberto · 13 Comentarios
Ante todo una aclaración: no me anima la menor intención proselitista, por eso publico esta nota después de realizadas las elecciones y no antes. Si después de años de explicárselo a mis amigos me decido a escribirlo, es porque creo que nos hace falta una reflexión en torno a cuáles son los medios adecuados para transformar la realidad argentina.
Desde hace años voto en blanco porque creo que el mayor problema del país es de naturaleza política. Creo que lo que llamamos nuestra clase política ha construido un sistema que alimenta la reproducción de una suerte de casta, de estamento privilegiado que goza de innumerables prerrogativas. Sus miembros, separados abismalmente en cuanto a los intereses que los mueven de los ciudadanos que con su voto y con sus impuestos financian sus actividades y pagan sus salarios –nada modestos, por cierto- son cooptados arbitrariamente para iniciar carreras que casi nunca los devuelven al llano. Movidos por sus intereses corporativos, han trastocado los medios en fines: el voto no es un canal para obtener determinados objetivos dictados por proyectos diferenciados. Es un fin en sí mismo: se trata de ganar las elecciones para perpetuarse en la casta y seguir administrando arbitrariamente los fondos públicos que se les confían. No hablan de otra cosa que de votos, encuestas, sondeos de opinión, mayorías y minorías. No discuten proyectos ni ideas: cuando se los invita a presentar sus propuestas suelen responder con vaguedades demasiado parecidas, por otra parte, a las que esgrimen sus adversarios. Por eso a menudo prefieren vender imagen a un programa bufonesco que discutir en uno de debates. Tras su victoria el ciudadano descubrirá que han dejado de mencionar esas “propuestas” para ocuparse del reparto del botín y seguir tratando de votos y encuestas: empezarán a hablar de la próxima elección. Si se les recuerda las promesas vertidas durante la campaña alegarán que “la pesada herencia”, superior a cuanto ponderaban, les impide cumplirlas, o simplemente con un elusivo “estamos trabajando”. Pero en realidad no harán nada que no les proporcione beneficios muy concretos en término de tajadas de poder, salvo que se vean obligados a hacerlo. Por eso rechazarán iniciar proyectos que superen el término de su mandato y aprobarán los que les permitan sacarse la foto cortando la cinta inaugural.
Existen mecanismos que permiten la reproducción de ese sistema perverso: las “listas sábana”, la dilación en adoptar el voto electrónico -que impediría o al menos dificultaría las conocidas prácticas fraudulentas-, el rechazo de un sistema de concursos de los cargos públicos que hoy se reparten entre punteros, parientes y recomendados con total discrecionalidad, la distribución de recursos financieros a favor de amigos y en detrimento de los enemigos, entre muchos otros.
En la década de 1990 se puso sobre el tapete la cuestión de la reforma política y el estallido del 2001 la reclamó absurdamente, exigiendo que se fueran todos. Pero pasó la tormenta, se recuperó la economía, los argentinos se olvidaron de sus reclamos de transparencia y todo volvió a su curso habitual. Yo no me olvidé. No reclamé en el 2001 que se fueran todos, porque creo que alguien nos tiene que gobernar y que si se va uno ha de venir otro. El problema no está en las personas, sino en el sistema. De hecho, en la política hay personas muy valiosas. La crisis del 2001 pudo desembocar en la reforma política ineludible y no lo hizo. En cambio, derivó en la naturalización de prácticas “políticas” autoritarias que ahora será muy difícil erradicar: la cultura del piquete, del escrache, del corte de ruta para protestar y reclamar por intereses de grupo o corporativas. En el 2001 discutí largamente con amigos que justificaban esas prácticas alegando la extrema pobreza y necesidad de quienes recurrían a ellas. Viendo retrospectivamente el proceso, sigo creyendo como entonces que el remedio es peor que la enfermedad. Se trata de respuestas micro, corporativas y autoritarias, a una crisis de la representación política macro que requiere de todo lo contrario: de un gran acuerdo entre las partes que permita someter el sistema a cirugía mayor para democratizarlo.
Porque creo que hace falta esa cirugía mayor, voto en blanco. Sigo discutiendo con los amigos que me invitan a, como se dice, “votar al menos malo”. A ello me niego por varias razones. Una es que lo siento como una actitud irresponsable: no puedo permitirme delegar mi millonésima fracción de soberanía en alguien cuya única virtud es ser “menos peor” que sus adversarios. Creo que el voto es un problema de conciencia, no puedo entregárselo a cualquiera. Segundo: no se trata de un problema moral, sino de uno de naturaleza política. En otras palabras, no me interesan las buenas intenciones de tal o cual candidato, sino el hecho de que el sistema es intrínsecamente perverso y en cualquier caso será absolutamente eficaz para neutralizar cualquier eventual acción reformadora. La acción individual no puede transformarlo: sólo un acuerdo macro puede hacerlo. ¿Por qué razón los políticos van a reformar un sistema que les permite gozar alegremente del poder y los cargos y distribuirlos entre sí a piacere? No van a cambiar el sistema si no se ven obligados a hacerlo. No podemos fiarnos de la honestidad de los individuos; tenemos que construir un sistema que los obligue a serlo. De hecho, repito, en nuestra clase política hay personas valiosísimas individualmente. Tampoco voy a votar en función de otros condicionamientos. Estoy harto de que el oficialismo de turno me diga que cualquier alternativa a los candidatos del gobierno nos conducirá a una catástrofe apocalíptica. Discurso, digámoslo de paso, que no es patrimonio exclusivo de la actual gestión, porque la hemos escuchado abundantemente de boca de las anteriores, independientemente de su signo político partidario. Ni voy a votar “en contra de”, porque me parece la peor de las opciones, salvo que se tratase claramente de frenar el avance de una alternativa dictatorial, lo que felizmente todavía no ha ocurrido.
Votar en blanco es mi manera de decirles “señores, no cuenten conmigo, porque no jugaré a este juego mientras sus reglas no se vuelvan transparentes”. Pero, ¿por qué, entonces, no desertar de los comicios directamente? Tengo 47 años y viví la dictadura: perdí amigos, malogré en parte mi adolescencia y mi primera juventud porque unos trogloditas me impidieron leer, escuchar o ver los libros, los discos y las películas que mis coetáneos de otros países más afortunados pudieron disfrutar; las sirenas que cortaban la noche me helaban la sangre y tenía miedo cuando la puerta del edificio se abría a deshoras. La dictadura, además de su autoritarismo y de su masacre, nos condujo a un desastre económico. Los gobiernos democráticos sucesivos no fueron capaces de revertir el daño estructural, es cierto, pero bajo su égida al menos puedo escribirlo –como lo estoy haciendo- y publicarlo. No quiero que nadie crea que me da igual vivir en dictadura o en democracia, ni que me es indiferente votar o no. Creo que hay que votar, luché en su momento para lograrlo y no tengo la menor intención de renunciar a ejercer este derecho. Pero no voy a seguir alimentando un sistema claramente obsoleto y perverso. Después de todo, la cultura política argentina reconoce una larguísima tradición de “voto negativo”: abstención electoral radical, voto en blanco masivo peronista. No me parece una mala manera de protestar y de obligar a nuestra clase política a encarar de una vez la siempre postergada reforma, aunque ponga término a los más escandalosos de sus privilegios. Si un día los votos en blanco u otro mecanismo de presión ciudadana los obligan, lo harán; si no, ¿por qué no seguir gozando de la fiesta?





Estimo que cada ciudadano tiene una o varias razones para votar en blanco. Al sector político poco le interesa si votamos en blanco, salvo, claro esta, que la proporción sea tan elevada que los deslegitiman, allí se preocuparían como en el libro de Saramago “Ensayo sobre la lucidez”. Creo que votar en blanco es una forma poco feliz de eludir el compromiso ciudadano, ya que entiendo el orden democrático como un todo. El voto es la mínima expresión, debemos utilizar todos los medios lícitos de participación en causas que consideramos justas, si votamos en blanco, dimos el primer paso a la indiferencia y mal podríamos luego interesarnos y ser parte del pueblo. Si somos coherentes, votar en blanco implica que no debemos opinar en ninguna cuestión de gobierno, pues nos borramos en la toma de decisión originaria. Sí considero que el voto no debe ser obligatorio, de esa manera el candiato debe seducir al electorado y corre el grave riesgo del ausentismo que implica deslegitimación (falta de consenso), situación esta que más temen los políticos. Por la verdad que sus palabras contienen, considero importante, una vez más, insistir en el teorema de oportunidad política: “Si la organización de las instituciones públicas es deficitaria, ingenua o injusta y el pueblo no participa, (entonces) los dirigentes tienen allanado el camino hacia el ejercicio del poder hegemónico, su perpetuación y la impunidad para los comportamientos corruptos”.
No he votado en blanco razones para no apoyar al gobierno. Voté en positivo. He tenido la satisfacción de contribuir con mi voto al trinfo de mi candidato y su lista de concejales , diputados , senadores. A la luz del día de hoy los hechos ocurridos me dan la razón. Saludos al director de criterio.
Soy un firme partidario de la libertad, y como tal me opongo a la obligación de votar. Por lo tanto, si no encuentro una candidatura que me seduzca ni siquiera voto en blanco
La argumentación de Roberto Di Stefano contiene verdades, pero equivoca la conclusión. Mucho de lo que dice es cierto, aunque como toda generalización es injusta en varias de las afirmaciones que se hacen de modo demasiado rotundo. El sistema es malo, no todos los actores lo son.
Pero lo relevante del caso es que el voto en blanco es funcional a los partidos mayoritarios, porque no incide en el resultado, y por lo tanto contribuye a que nada cambie. La forma de cambiar es votar a partidos o candidatos que propongan la deseada reforma política, y ciertamente los hay.
El voto en blanco es una opción legítima, pero estéril. No ayuda a cambiar ni mejorar nada. Como llamado de atención o queja sólo tendría algún efecto en caso de ser masivo. Pero si hubiera una mayoría tan importante como para hacerse notar, que quisiera cambiar el sistema electoral, sería más razonable que se organizara y presentara candidatos, y no que desertara de la competencia electoral.
El tema es más complejo que lo que aparenta el título de la convocatoria.
No se trata de votar “en blanco” o “en gris” -parece que no hay posibilidad de votar en colores brillantes- sino de la eterna (medida en función de la duración de nuestras vidas o, si se quiere, de la “juventud” de nuestra patria) defraudación del interés general por parte de quienes detentan el poder político.
La medida de nuestro fracaso colectivo está en relación directa con nuestro abandono colectivo de la cosa pública.
El “no te metas”, “da lo mismo, se igual”, “Dios es argentino” son indicadores de la general abulia por afrontar, dia a dia, las obligaciones que tenemos como ciudadanos.
Tenemos la sensación de que la meta está muy lejos, es inalcanzable y, por eso, nos quedamos y no hacemos.
Sin embargo veo que algo está cambiando. Ha aparecido una cierta conciencia de que tenemos que asumir nuestros roles de anónimos ciudadanos. Hay muchísima gente que ahora cumple las normas porque si. Porque hay que cumplirlas. Tira los papeles en el cesto -para lo cual fue necesario que hubiera cestos- y hace otras cosas menores, cotidianas, que indican cambio de actitud. Ya estamos en el hoy.
También advierto que muchos ya piensan en los próximos años. Muchos más que los que nos quedan de vida. Ya la gente se anima a “plantar palmeras” que estarán crecidas cuando ya no estemos.
Estaba dispuesto a enviar un comentario pero Juan Navarro, a quien no conozco, resumió muy bien lo que iba a decir, de modo que hago llegar mi voto a su capacidad de síntesis.
EL VOTO EN BLANCO.
En general. Votar es un deber no solo político, sino fundamentalmente moral, de todo ciudadano. Votar en blanco equivale a no votar, salvo que se haga en cumplimiento de una consigna partidaria, en cuyo caso constituiría una forma de votar a favor de un programa que no figura en las listas de los candidatos propuestos. Pero votar en blanco en forma individual, es adoptar una conducta que no es racional, por más que se pretenda que está orientada a constituirse en un precepto que merece social aceptación (Kant).
En el caso particular del Señor Di Stefano. El dice que vota en blanco “porque lo considera un medio adecuado par transformar la realidad argentina” pero también dice que “no reclamó en 2001 que se fueran todos porque cree que alguien nos tiene que gobernar y que si se va uno ha de venir otro” y que –dado que el sistema político actual es perverso- “la acción individual no puede transformarlo: sólo un acuerdo macro puede hacerlo”. Teniendo en cuenta lo que, a mi criterio, debe aceptarse como norma general, y dado que el mismo Di Stefano lo reconoce, no considero que al votar en blanco el solo, pueda lograr los objetivos que se propone, salvo que logre el consenso de una gran parte de la población. Aun así, entiendo que tampoco es una forma adecuada de “obligar a nuestra clase política a encarar de una vez la siempre postergada reforma”, como el sostiene, dado que siguiendo a San Pablo, la manera de vencer el mal, es haciendo el bien que, en este caso, está dado por participar de la vida política y de la contienda electoral, y no de abstenerse.
Angel Hugo Guerriero
he leído los comentarios a mi nota y quiero rafirmar algunas ideas que al parecer no se han comprendido o se han pasado por alto. En primer lugar, no creo que a nuestra clase política le resulte indiferente el voto en blanco. Acabo de estar un mes en México, donde se han realizado durante mi estadía campañas por el voto en blanco en las elecciones del 5 de julio. La idea gana cuerpo. Si a los políticos les resultara indiferente el voto en blanco no habrían creado un sistema que busca minimizar su impacto. Segundo: Juan Navarro ha entendido que yo condeno en bloque a todos los actores políticos, cuando digo explícitamente lo contrario. No se trata de que haya o no políticos que cumplan con sus deberes -que los hay, como he dicho-; el tema es la disfuncionalidad del sistema. Tercero: votar en blanco no es igual a no votar. Creo que el voto debería ser voluntario. Si lo fuera yo iría a votar porque creo en el voto como herramienta. No votar puede ser leído como indiferencia política o como voluntad de impugnar el sistema democrático. Cuarto: el voto en blanco, más allá de que yo no haga proselitismo por él, puede convertirse en masivo e incidir políticamente. Me parecería positivo que así ocurriese. Por último: veo con agrado que he conseguido lo que buscaba con la nota, abrir una discusión franca sobre el tema, al menos en este espacio que nos ofrece Criterio. Último más último: más allá de cómo vote cada uno, me siento cerca de todos los que como yo están preocupados por el futuro del país y de su sistema institucional. Incluyo en este universo a todos los que han vertido su opinión.
Los argumentos de Roberto Di Stefano me parecen válidos. Sobre todo para el votante. Pero no es seguro que los políticos en general saquen las mismas conclusiones porque, desgraciadamente, el sistema de cálculo de las representaciones no incorpora el voto en blanco. En ese sentido se justifican las reservas de los otros comentarios al artículo, porque en definitiva lo que se pretende es utilizarlo como correctivo.
Distinto sería si el voto en blanco se incorporara en los cocientes de representación proporcional, porque de esa manera en el Parlamento aparecerían bancas sin ocupar, lo que daría más presencia y peso a su expresión y dificultaría la formación de mayorías automáticas, además de elevar los requerimientos para la formación del quorum. No se qué antecedentes existen en el orden internacional.
Este apasionante tema parece un laberinto. Y como en los laberintos se puede salir por arriba, en este caso puede ser un enfoque distinto. Transcribo parte de un mail de un joven estudiante que al menos para mí es un mensaje muy esperanzador. “Estoy convencido de que es así… estoy convencido que a este país no le falta nada mas que una cosa…le falta lo central que es lo que le da forma a todo lo demás, y es una coherente, sincera, humilde y comprometida clase dirigente, una clase dirigente que tenga dos cosas como eje, razón y corazón.. ambas igualmente importantes ya que una sin la otra no sirve…se necesita que tengamos ideas, proyectos, sueños y por otro lado el corazón suficiente para cumplirlos cueste lo que cueste, demande el tiempo que demande, en esto no hay atajos.. porque cuando uno ama lo da todo… y no importan los fracasos… porque se sabe que saldremos adelante… es como en la vida personal cuando uno ama lo da todo, si al hijo le va mal en el colegio no decimos que no estudie más, ya estoy cansado de que le vaya mal… sino que lo cambiamos de colegio, le ponemos profesor particular, lo ayudamos…en la política es lo mismo… aunque digamos le dediqué cuatro años a la política y al final son todos unos chantas… los políticos son todos ladrones… y me voy a mi casa… eso es porque no amo a mi país… porque si lo amo… si me comprometo doy todo… y no me importan sus fracasos no me importan sus derrotas porque se que vamos para adelante… el que ama recibe todo sin beneficio de inventario… y es así… no hay duda de eso… lo que parece imposible solo necesita tiempo y si no hay tiempo mas esfuerzo”.
Una pregunta… ¿están seguros de que este sitio es católico?.
La verdad… no te entiendo,
1. durante la dictadura peleaste por la democracia (los que pelaban lo hacian por cambiar a otra dictadura de izquierda mas feroz, segun los registros de 100 millones de muertos en el mundo)
2. durante la democracia peleas contra el sistema…
3. no será que te gusta la anarquia? por lo rebelde digo… nunca construis.. ayer con un fusil y ahora tiras tu voto?
con todo respeto, comparto tu diagnostico pero no me cierra el remedio ni tu historia clinica
Me adhiero a Juan Navarro , hay otas alternativas , distintas a psoe/ pp. No podemos permanecer siempre en el victimismo, la queja y la desconfianza. Debemos dar nuestra confianza a otros y sobre todo no olvidar que los políticos son ciudadanos, que habrá también personas honestas y que como nosotros creen en los cambios en positivo y que los ciudadanos también somos políticos y que tenemos que decir no a la corrupción, no a la manipulación y no a la miseria moral.
Miedo me dan, también, que los hay, los que con la petición de voto en blanco quieren conseguir objetivos espureos y manipular a la gente de bien.
Mi voto no será a PSOE / PP., pero si voy a poner papeleta en el sobre.