Revista Criterio
Debates
Nº 2348 » Mayo 2009

Sobre la democracia cristiana

por Varios autores · Comentar 

CARLO M. MARTINI : Todo lo bueno puede ser objeto de abuso, hasta lo más excelso. Cuando se libran guerras ofensivas en nombre de Dios, cuando el cristianismo se utiliza de manera populista en la campaña electoral, saltan en mí las alarmas. Nuestro cristianismo se demuestra primeramente en acciones justas. Jesús nos da ejemplos muy concretos en el discurso del juicio final: dar de comer a los hambrientos, vestir a los desnudos, visitar a los enfermos y a los presos, consolar a los tristes, acoger a los extranjeros, y todas las dificultades relacionadas con esas acciones hasta soportar incluso la persecución. Sería hermoso que los demás pudiesen reconocernos como cristianos en acciones como esas. A la inversa, es espantoso cuando hablamos de Dios y no correspondemos a su atributo principal, la justicia. Desde esa perspectiva veo también la discusión en torno a la pregunta de si la palabra “Dios” debe aparecer en la Constitución de la Unión Europea. Si los gobiernos quieren llegar hasta esa profesión de fe, no deberían dejar de prestar atención a la ecúmene, a la apertura frente a los musulmanes y también frente a los judíos. Nos une la fe en el único Dios, el Dios justo. Si se habla de Dios, tiene que ser en serio. De otro modo, es mejor no poner su nombre en los labios.

GEORG SPORSCHILL: ¿No es peligroso utilizar el nombre de Dios en la política? ¿No es soberbia que los partidos se denominen cristianos?

OSCAR R. PUIGGRÓS (uno de los fundadores del Partido Demócrata Cristiano de Argentina): Los partidos “demócratas cristianos” surgieron entre 1930 y 1950, frente a los totalitarismos que ahogaban la libertad y la justicia que el cristianismo quería fortalecer. Pasados los nacional-socialismos, fascismos o comunismos, la política volvió a su cauce. Aunque aún hoy cristianos preocupados por el bien común sostienen partidos “cristianos”, sin connotaciones religiosas, como en Alemania o en Chile. La necesidad de salvar los valores humanistas, vuelve a comprometer los requerimientos evangélicos con los propios de la actividad política. Entre Mi lucha de Hitler o El archipiélago Gulag de Solyenitzin, está el Sermón de la montaña, por lo que coincido en que la tarea se cumple sin necesidad de bautizarla. Es el espíritu y no la letra la que contiene el mensaje de la Cruz. Los partidos “cristianos”, desde el primero, el Popular italiano de don Luigi Sturzo, hasta los que surgieron por debilidad de los tradicionales de orientación liberal, llevaron a cierto abuso del nombre, como lo expresa Martini. Las conclusiones del cardenal y el espíritu que las anima, concuerdan con Jacques Maritain, cuyos libros nacieron de sus enfrentamientos contra los totalitarismos y se apoyan en la evangélica lección de “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

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