Editoriales
La insuficiente política exterior
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En la vida democrática, los gobiernos deben dar cuenta de sus actos de política interna pero también de lo que se refiere a la posición del país en el mundo. En la Argentina, hay una “sensación” ampliamente difundida en la opinión pública: la política exterior del Gobierno parecería oscilar entre la ausencia y el abandono; un marcado signo de ideologización la priva de consistencia y de relevancia. Aunque esta percepción fuera incorrecta, al Gobierno le cabe la responsabilidad de despejarla y explicitar sus objetivos, estrategias, planes, acciones, resultados.
En realidad, durante las últimas décadas, la política exterior podría calificarse como inconstante y, por momentos, imprevisible. Con excepción de cuestiones aisladas que alcanzaron lo que se da en llamar “políticas de Estado”, los sucesivos gobiernos no lograron reflejar más que sus propias limitaciones para que la Argentina desempeñara un rol relevante, continuo, acorde con su estatura y, en definitiva, favorable a sus intereses. Fue fatal reflejo de la propia inestabilidad interna, ya que es un axioma que un país no puede ser hacia el exterior lo que no es internamente. Las crisis reiteradas y la incapacidad de lograr instituciones estables, respetadas y fortalecidas no podían menos que tener su correlato en el rol de nuestro país en el concierto internacional. Sin embargo, hoy son necesarias más precisiones dado que la relación de la Argentina con el mundo pasa por un momento no demasiado feliz.
Muchos expertos argentinos y extranjeros señalan la carencia, en nuestro país, de una lectura correcta, o al menos aproximada, de la realidad mundial. Esta actitud se asemejaría a una forma de autismo. Se trata de un fenómeno que no es universal sino particularmente nuestro: un daño auto infligido e innecesario. Hay algunas reacciones esporádicas, aisladas y minoritarias en la opinión pública, pero parecerían no hacer mella en el Gobierno. Y se suman otros agravantes: un exceso de “ideología” no consensuada con el conjunto de la política y mucho menos en la sociedad; un mal entendido “nacionalismo” que se reduce a la litigiosidad desmedida y al incumplimiento de normas internas e internacionales (el caso extremo del puente internacional con Uruguay es patético y no es el único); un destrato arbitrario y penoso hacia países, instituciones y personas; un vacío de presencia y acción en foros internacionales en los que se participaba regularmente; y la imprevisibilidad manifiesta. Para muchos, fuera y dentro del país, la Argentina es un actor “enojado”, demasiado inclinado a la confrontación o a la mera ausencia, difícil de prever y desajustado.
Nada de lo que suceda en el mundo debería resultarnos indiferente. La fantasía –peligrosa– de que hay cosas que no nos conciernen porque están “lejos” o porque “somos chicos para eso” ha sido tan perjudicial como la fantasía de signo contrario, es decir, creernos una “potencia” o padecer complejo de superioridad. Si hay naciones que hoy se destacan y defienden bien sus intereses no ha sido por haber rehuido el juego. ¿Hace falta recordar a Brasil? Hoy un gigante casi inalcanzable, con quien compartíamos hasta hace muy pocos años el nivel de presencia en el mundo. Las razones por las que nos quedamos tan atrás, casi impotentes y hasta envidiosos, debiera ser motivo de estudio serio y profundo.
¿Es necesaria realmente una política exterior? Por supuesto que sí. ¿Cómo superar este momento? La pregunta implica un esfuerzo que involucra no sólo al Gobierno (suponiendo que éste estuviera dispuesto a aceptar críticas y cambios), sino a todos. Mucho se habla de “políticas de Estado” sin analizar ni profundizar cómo se logran, en cualquier orden.
Podemos plantear algunos elementos básicos. Por ejemplo: es inconcebible una política exterior que no abarque el largo plazo antes aun que lo inmediato, afirmada en una institucionalidad interna sostenida. Tal debería ser al menos la tendencia. Luego, si nuestra sociedad y nuestra política despiertan del autismo y reconocen el mundo como es y no como pretenden que sea, se necesitarán cambios. El Congreso deberá ser el primer involucrado intensamente en el debate. La academia, la universidad, la intelectualidad y las fuerzas sociales y económicas, también. Si de toda esa “conciencia” surgiera algún producto intelectual y políticamente viable, el Poder Ejecutivo debería hacerlo propio, para reflejar los intereses y la voluntad de la sociedad.
Necesitará instrumentos idóneos. Algunos ya existen, con un grado de uso inferior al que se debería (por ejemplo, el Servicio Exterior). Otros parecen necesitar aún afirmación: una burocracia estable, profesional, especializada, no sujeta a vaivenes políticos.
Si queremos rescatar elementos útiles, pueden señalarse las acciones del Estado para con la diáspora de argentinos en el exterior, que hoy es mejor que la de un cuarto de siglo atrás. También lo son los avances en la expansión comercial, si bien el último año no fue positivo por razones ajenas a la gestión diplomática; así como el MERCOSUR, los acuerdos bilaterales de límites con Chile y el Tratado sobre la cuestión nuclear con Brasil. Pero, a la vez, se insiste en contradicciones que resultan inexplicables (Venezuela e Irán/Israel). La agenda a futuro sería variadísima, incluyendo temas de interés directo como la plataforma continental, el Grupo de los 20, UNASUR, los acuerdos de protección de inversiones y la diplomacia parlamentaria; además de muchos otros de alcance global como la energía, los alimentos y la seguridad.
La lectura de la realidad mundial requiere especializaciones, prudencia y criterio, continuidad de análisis y de estudio; cualidades en las que una mirada de largo plazo es básica. No fue sencillo, en realidad, convivir en un mundo como el del siglo XX, pero no será más fácil ni menos peligroso el que actualmente atravesamos. No queremos listar un elenco de amenazas, pero sí dejar dicho que sin decisiones adecuadas en cuanto a intereses y acciones, la Argentina continuará por una senda de peligros y desventajas, perdiendo aún más posiciones, aislada en las turbulentas aguas de la política internacional.




