Revista Criterio
Iglesia
Nº 2350 » Julio 2009

El bicentenario ecuménico

por Pérez del Viso, Ignacio · 1 Comentario 

Nos preparamos para celebrar un doble bicentenario, el de la Revolución de Mayo (1810) y el de la Independencia (1816). Es una ocasión para que los creyentes elevemos nuestras oraciones a Dios “con un solo corazón y una sola alma” (Hechos 4,32). Orar juntos, ante todo, para dar gracias por los dones recibidos durante los últimos 200 años, como los 25 años de democracia y el Tratado de Paz y Amistad con Chile, gracias a la mediación papal, después de haber estado al borde de la guerra.

En el lenguaje religioso, “ecumenismo” designa el movimiento orientado a lograr la unidad de todos los cristianos. Tiene como punto de partida el bautismo, reconocido por todas las Iglesias, y como meta la eucaristía, que deseamos celebrar en común. Nos vamos acercando a la meta, pero aún quedan piedras en el camino, como la función de los ministros en la Iglesia y la interpretación del sacrificio de la misa. En varios temas se ha logrado una “convergencia” de opiniones, pero no se ha llegado aún a un “acuerdo”. El movimiento ecuménico nació en ámbitos protestantes y la Iglesia católica se incorporó posteriormente; es uno de los dones que hemos recibido de nuestros hermanos no católicos. Otro es un mayor interés por la lectura e interpretación de la Biblia.

La relación con creyentes de otras religiones no corresponde al ecumenismo sino al diálogo interreligioso. Los cristianos, tanto ortodoxos como católicos y protestantes, esperamos llegar a vivir juntos, un día, en una misma Iglesia. En cambio, los creyentes de diversas religiones, como los judíos, los cristianos y los musulmanes, no pretendemos integrarnos en una misma religión sino estrechar los vínculos de fraternidad para prestar un servicio común a toda la humanidad en favor de la paz y la justicia. A pesar de esta distinción, podemos decir que ambos tipos de diálogo están estrechamente vinculados. La relación con el Judaísmo se encuentra con un pie dentro del ecumenismo ya que compartimos con ellos la Biblia judía, nuestro Antiguo Testamento, y con otro pie en el diálogo interreligioso, porque diferimos sobre el Evangelio o Nuevo Testamento. Con el Islam compartimos el monoteísmo y constituimos juntos, las tres religiones, la Familia de Abrahán.

 

El espíritu de Asís

 

Podemos hablar de un bicentenario ecuménico en el sentido más amplio ya que la Real Academia admite el término “ecuménico” como sinónimo de “universal”. Hay una universalidad de la fe que atraviesa todas las religiones. En el siglo XIX, misioneros cristianos veían que, en países como la India, los interlocutores quedaban desorientados ante la diversidad de Iglesias y de mensajes diferentes. Se imponía entonces trabajar por la unidad para presentar el mismo Evangelio de Jesús. Esto condujo a la Conferencia Misionera de Edimburgo (1910), que fue la semilla del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) constituido en Amsterdam (1948). Dos siglos atrás los misioneros buscaban conversiones. Hoy emprendemos el diálogo con los no cristianos para enriquecernos mutuamente. Deseamos escuchar las vivencias religiosas de los otros y anunciarles la nuestra. Este anuncio es la forma actual de la misión. Si alguno se siente atraído por nuestra fe, debemos asegurarnos de que sigue su conciencia con plena libertad y no por presiones o promesas que le hagamos, aún sin advertirlo.

El Concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate (1965), ponderó los valores que observamos en los creyentes de otras religiones. El papa Juan Pablo II dio un paso más para llegar al encuentro: en Asís (1986) convocó a representantes de todos las religiones, lo que constituyó un gesto profético, según Benedicto XVI. En aquella ocasión no se habló de “orar juntos” rezando todos una misma oración, que era difícil de redactar ya que debía conformar a monoteístas, politeístas y panteístas, sino “juntarnos para orar”, es decir, escuchar la oración leída por cada ministro, acompañándolo interiormente. Pero el modelo universal de Asís no descarta, a mi entender, el “orar juntos” en casos particulares, como sería el de judíos y cristianos recitando a coro un salmo. O también con musulmanes, implorando la bendición del Dios misericordioso.

Siguiendo el gesto de Asís, se realizó en 2005 un Foro de Religiones en la Facultad de Derecho de la UBA, convocado por la Comisión de obispos católicos, por iniciativa de monseñor Justo Laguna, con gran concurrencia de creyentes de todos los cultos. Percibimos el soplo del Espíritu divino en todas las religiones. Lo de Asís, más que un proyecto humano, fue un regalo de Dios a toda la humanidad.

Es verdad que las tres religiones monoteístas de la Familia de Abrahán nos sentimos en una mayor sintonía que con los de religiones politeístas o panteístas, pero en Asís no había comparación sino relación entre creyentes, entre personas. En esa línea, nuestros actos en el bicentenario tampoco pretenderán establecer comparaciones, mucho menos calificaciones. Como dijo Santo Tomás de Aquino, citado por Juan Pablo II: “Todo lo verdadero, no importa quien lo exponga, procede del Espíritu Santo” (Fides et ratio, 44). Como si dijera: toda verdad humana es un reflejo de la Verdad divina.

Además, los creyentes expresamos nuestros deseos en unión con los no creyentes, es decir, con todas las personas de buena voluntad, aunque sean agnósticos o ateos. Al reunirnos para orar no nos alejamos de los que no oran; por el contrario, nos acercamos más a ellos. La dignidad de la persona es el fundamento de todos los valores. Consideremos también el valor de la paz que, en cuanto don divino, despierta nuestra esperanza porque confiamos en las promesas bíblicas y, en cuanto tarea humana, comprendemos que sólo poniendo el hombro, todos juntos, alcanzaremos la meta. Otro ejemplo es el de la droga. Para contenerla tenemos que empujar el mismo carro, creyentes y no creyentes.

 

La tradición católica

 

La Argentina nació con una firme tradición católica, heredada del período colonial. Pero no es una estructura pétrea: ha evolucionado y continuará haciéndolo. En el Congreso de Tucumán (1816) más de un tercio de los diputados eran clérigos y frailes, elegidos en sus provincias porque eran los hombres más cultos de su época. Hoy, ni la sociedad ni la Iglesia permitirían algo similar. La Constitución histórica (1853) establecía que el presidente debía ser católico, condición suprimida por la actual Constitución (1994). Podríamos enumerar muchos ejemplos más de lo realizado y de lo que está en vías de renovación, como el estatuto del obispado castrense o el modo de distribuir el presupuesto de culto. En síntesis, no nos apoyamos en la tradición católica para reclamar privilegios; estamos abiertos a los cambios.

Hace un siglo y medio se fundó la ciudad de Esperanza, en Santa Fe, con unas 200 familias suizas, alemanas, francesas y belgas. El 40 % era protestante y el 60 %, católico. Un joven tirolés católico quiso casarse con una suiza, “muy buena moza”, pero protestante. El cura católico condicionó la unión a que ella abjurara de su fe. El tirolés, recordando las costumbres de las tribus alemanas, plantó en medio de la plaza un árbol con un letrero que decía “Árbol de la libertad”. Reunido todo el vecindario, manifestó sus sentimientos y declaró que la joven era, desde ese momento, su legítima esposa. Días después, el obispo de Paraná dispuso que el cura los casara, pero con la reserva de educar a los hijos en la fe católica, condición que hoy ha sido modificada. Cuando se celebró el sesquicentenario de la fundación de Esperanza (2006), se realizó el acto final en la plaza, en el que hablaron varios ministros religiosos: un católico, un protestante, un judío y un musulmán. Los textos fueron introducidos en un ánfora, enterrada en la plaza, para ser abierta 50 años después.

Algunos consideran que la Iglesia católica, además de apoyarse en la tradición centenaria, se siente superior a los otros cultos por constituir la mayoría. En todos los órdenes, la función de la mayoría es proteger y ayudar a las minorías, a semejanza de un hermano mayor con los menores. Pero los argentinos nos movemos con la idea de que la mayoría se encuentra amenazada por las minorías. El que gana una elección se apropia del gobierno y expulsa a los adversarios, considerados enemigos. Era la mística de las grandes mayorías que marginaban a las minorías en la década del ‘70, de la que quedan algunos resabios.

La democracia que necesitamos es aquella en la que la mayoría gobernante logra que también las minorías participen en la construcción de la sociedad. La Iglesia católica, por ser mayoría, se siente la principal responsable de velar por la libertad religiosa. La primera obligación es no despreciar, como “sectas”, a las comunidades que siguen un camino diferente.

 

Pueblos autóctonos

 

La conquista y la colonización del país impusieron una sujeción de los aborígenes a los europeos, que ocasionó grandes sufrimientos. Ahora bien, además de la sangre aborigen que corre por las venas de la población criolla, pervive una importante minoría indígena, de diversas etnias. Podemos dar gracias a Dios porque la Constitución Nacional (1994) habla de “reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades.” (Art. 75, 17), pero tenemos varias materias pendientes.

Las culturas nativas están ganando visibilidad, como ocurre en la Bolivia de Evo Morales, acompañadas por un resurgir de las religiones tradicionales, que merecen todo nuestro respeto y nos plantean nuevos desafíos. Ante todo, no deberíamos considerar apóstatas a los que abandonan el cristianismo para volver a sus orígenes; ejercen la libertad religiosa como pueblos en su historia más que como individuos en su vida. En segundo lugar, a los que continúan con creencias como la de la Pacha Mama (Tierra Madre) sin dejar el cristianismo, no debemos tratarlos fácilmente de sincretistas; en muchos de estos casos podemos hablar de pertenencia a la religión cristiana, enriquecida con mitos y costumbres de la religiosidad aborigen.

En América llevamos apenas 500 años de relación entre el cristianismo y las creencias autóctonas. Necesitamos mucho tiempo más para saber si perdurarán como religiones socialmente establecidas, con templos y jerarquía, o como religiosidad interior, latente en la imaginación y el sentimiento. El dilema es entre religión y religiosidad. Tal vez en alguna región andina se reestablezca la religión pero es probable que la mayoría de la población aborigen continúe con su religiosidad, compatible en general con el cristianismo.

En algunos lugares de nuestra patria se percibe hostilidad entre miembros de confesiones diferentes, pero ésta puede ser la ocasión para darnos un abrazo fraterno, por ejemplo, cuando los representantes de los diversos cultos se reúnen para acordar actos. Hay que dar lugar a la imaginación de la caridad.

 

Comentarios

1 comentario to “El bicentenario ecuménico”
  1. gadea, vanina dice:

    Encontré el artículo buscando material que me sirva para las clases de Doctrina cristiana que dicto en un tercer año de polimodal, en el marco de la Doctrina social de la Iglesia y en relación al desarrollo de la Iglesia durante el bicentenario que cumple la patria. Me pareció interesante mostrarlo desde el ecumenismo y desde el hacia dónde vamos…Me gustaría que si tienen más material similar o sugerencias de bibliografia o artículos publicados me los envíen …para enriquecer las clases y profundizar la concientización de los jóvenes hoy que critican sin fundamentos ni criterios propios…. gracias…. espero sus respuestas, y los saludo en Cristo Jesús
    VANINA GADEA,
    profesora en teologia y en filosofia

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