Iglesia
Despedida a Juan José Iriarte, un obispo conciliar
por Padilla, Norberto · 1 Comentario
Conocí a monseñor Juan José Iriarte cuando, en 1990, fue elegido presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo, cargo en el que sucedió a monseñor Mario J. Serra. De baja estatura, piel cetrina, como la de su antepasado el célebre general Tomás de Iriarte, cabellos muy blancos y mirada chispeante, llevaba el anillo como único distintivo episcopal. Los que lo conocían de antes sabían que era inseparable de un portafolio que, en sus giras pastorales, llevaba desde mate y galletitas hasta material litúrgico y catequístico. Tenía un estilo aparentemente brusco, hosco quizás, que atenuaba con ingeniosas bromas y agudos comentarios. Todo en él era austeridad y sencillez, sin atisbo de vanidad o autocomplacencia, que tampoco permitía en los demás.
Ejerció un tiempo como abogado antes de ingresar al seminario, y eso le daba una sensibilidad especial para el trato con el laicado. Fue párroco de Santa Rosa de Lima, y allí, en 1957, recibió la ordenación episcopal. Durante veintiséis años fue obispo de Reconquista, diócesis cuyos cimientos colocó, y actuó en honda sintonía con el arzobispo de Santa Fe, monseñor Vicente Zazpe. Estuvo entre los promotores e inspiradores de iniciativas tan valiosas como Fundapaz e Incupo.
En 1984 Resistencia fue elevada a arquidiócesis y monseñor Iriarte pasó a ser su primer arzobispo. CRITERIO, de la que era lector consecuente y atento, publicó una pastoral suya sobre la opción preferencial por los pobres, que tenía la peculiaridad de contar con dibujos explicativos realizados por él y una advertencia a mitad de camino: Pedido del obispo. Los que al llegar aquí están aburridos pueden romper la Carta, pero a los que están enojados les pido por favor que lean el final y la rompan después 1.
Monseñor Iriarte participó en todas las sesiones del Concilio. En ese sentido, su compromiso con el ecumenismo en la última etapa de su vida significaba para él la aplicación práctica de otro de los documentos que él había votado. Era del puñado de obispos sobrevivientes del Concilio (entre ellos los dos cardenales y monseñor Fortunato Antonio Rossi, arzobispo emérito de Corrientes, fallecido días después). Pero más que por haber estado o no, se veía en él a un hombre, un pastor, profundamente transformado por el acontecimiento eclesial.
Cuando se acercaba la hora de pasar a emérito, sus pares lo eligieron para la Comisión de Ecumenismo. Ya ven diría alguna vez lo importante que es el ecumenismo aquí que eligen a un obispo de cerca de ochenta años. Pero, además de permanecer activamente en la Conferencia Episcopal, la designación fue sabia porque, como dijo monseñor Casaretto en sus exequias, lo asumió no como una tarea sino una misión. Me imagino que todos ustedes están rezando por la unidad de los cristianos, deslizaba de pronto en una reunión de clero, sabiendo que interpelaba así a los muchos que no se acordaban de la Semana de Oración por la Unidad. Ayudó a sus hermanos obispos a tomar conciencia del ecumenismo en una asamblea en San Miguel y a través de numerosas comunicaciones. Tuvo la alegría de que su prédica recibiera el espaldarazo de la visita del cardenal Cassidy y de que Juan Pablo II con Ut Unum Sint provocara un cimbronazo que el decreto conciliar no había logrado. La conciencia de la prioridad ecuménica lo llevó a hacer que el Secretariado de Ecumenismo contase con el aporte del interior a través de delegados diocesanos y con cursos de formación, en varios de los cuales él participó directamente.
Su estreno en la CEICA, la comisión integrada por católicos, ortodoxos, anglicanos y evangélicos, lo pintó de cuerpo entero. Si era una comisión ecuménica, ¿por qué tenía que ser siempre un católico su presidente? Venció el empeño de los ortodoxos, que querían reconocer esa prioridad a la confesión mayoritaria, y tejió una cálida amistad con quien se eligió presidente, el obispo anglicano, formoseño, David Leake y con los otros integrantes, como el presidente de la Iglesia Evangélica Luterana Unida que dio emocionante testimonio de ello al final de la misa exequial. En las reuniones sabía ir a lo concreto, sorprendía a veces con una broma, incluso a costa de sí mismo. Cuando dejó la presidencia de la Comisión Episcopal para pasar a ser miembro de la misma, siguió concurriendo asiduamente por pedido expreso de Mons. Guillermo Garlatti, actuando María Luisa Cárdenas, una laica, como representante católica alterna.
Con más de ochenta años se lanzó, con la colaboración de los padres Francesco Ballarini y Fernando Giannetti, al diálogo, difícil pero imprescindible con los pentecostales, a partir de una actitud de profunda humildad, claridad doctrinal y apertura grande del corazón, virtudes que lo caracterizaban. La presencia de un pastor pentecostal, Miguel Petrecca, en el Encuentro Nacional de Ecumenismo realizado en junio último en la Mariápolis Andrea fue un testimonio del camino que se está recorriendo. En esos días monseñor Iriarte estuvo en todo su esplendor. Predicó sobre el hijo pródigo de manera conmovedora. Y en un acto artístico protagonizado por jóvenes focolares, tomó la palabra muy seriamente y terminó con un desopilante chiste de curas y paisanos en Corrientes. Esa misma vitalidad la demostró cuando a fin de julio volvió a Resistencia para la ordenación episcopal del obispo de Orán, monseñor Jorge Lugones s.j. A la vuelta enfermó y falleció el 16 de agosto a la edad de 85 años.
El último período de su vida lo pasó en la diócesis de San Isidro, lo que fue una gracia para ella, para su obispo, que lo quiso filialmente desde el tiempo en que era joven obispo de Rafaela, y para él mismo. En la iglesia de Nuestra Señora de la Unidad, vecina a su casa, sus colaboradores y monseñor Casaretto celebraron la misa exequial. Ellos, con los pastores evangélicos y el representante ortodoxo, cargaron a pulso el ataúd en un gesto que revelaba el reconocimiento que mereció. Él no hubiera hecho sino recitar la frase de su lema episcopal: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
1. CRITERIO nº2007, 26/5/88.





He tenido el inmenso honor y el privilegio de conocer a Monseñor IRIARTE ya desde los años 50. Cada vez que venía a Bélgica, país en el que se había formado una asociación de sostén a la gente de las “villas miserias” argentinas - soy Belga pero mi maravillosa esposita era Argentina y hablabamos exclusivamente el castellano en nuestra casa de Bruselas, me había casado con ella en Rosario, siendo yo Oficial de Marina de alta mar… - nos venía a visitar, y colaboré un poco con él en la medida de mis medios. Cada vez que viajamos a la Argentina nos arreglábamos para poder entrevistarnos, estuve en Reconquista donde, Obispo, había elegido de vivir en una casita muy humilde, y me acuerdo que yo le llevaba algunas empanaditas caseras cocinadas por la mamá de mi esposita en Rosario… Luego lo fuí a ver en su casa de Olivos (Buenos Aires) donde se había retirado, nos escribíamos regularmente y aún nos mandó un hermoso cuento, de su pluma, que cito en un libro que acabo de terminar (en francés).
No puedo decir otra cosa de este Inmenso Cristiano Argentino : era un Santo ! No le debe gustar que yo diga tal cosa de él, seguro que me va a retar el día que nos encontremos del otro lado del Gran Espejo, pero no dudo que me volverá a dar otra vez un gran abrazo, igual como lo hacía cada vez que el Señor nos daba la gracia de poder reunirnos…
Ciao ! Monseñor, hasta cualquier momento !…