Cultura, Notas de Tapa
Orígenes y fijación del texto coránico
por Gilliot, Claude · 1 Comentario
Lejos de ser un texto fijado desde el principio en forma definitiva, el Corán tiene una historia de evoluciones, relecturas y correcciones. Conviene presentar separadamente la concepción musulmana de la forma en que nació el Corán, y las maneras en que la concibe la investigación crítica occidental.
La recopilación del Corán
Según la opinión musulmana corriente, al morir Mahoma (año 632) no existía ninguna edición completa de las revelaciones que había transmitido. Sin embargo, algunos fragmentos habían sido memorizados por sus compañeros, o quedaron escritos sobre diversos materiales. Algunos musulmanes que sabían de memoria partes del Corán habían muerto en combate, y se temía que las revelaciones desaparecieran. Omar logró convencer al califa Abu Bakr (632-634) de hacerlas consignar por escrito. Se le encargó esta misión a uno de los escribas de Mahoma, el joven medinés Zayd b. Thabit.
Cuando el califa murió, los escritos pasaron al califa Omar (634-644), y luego a su hija Hafsa, una de las viudas de Mahoma. Esta recensión, si existió, respondía a la voluntad del jefe de la comunidad de poseer un corpus coránico: no se trataba de imponer una versión particular al conjunto de los fieles.
Bajo el reinado del califa Otman (644-656) se tomó conciencia de las divergencias en la manera de recitar el Corán. El califa le pidió a Hafsa que le prestara su texto del Corán para hacer una recensión completa. Después de devolvérselo, el califa mandó destruir todos los demás documentos que incluían partes del Corán, que pudieran haberse utilizado para el establecimiento de ese texto. Este trabajo produjo la “vulgata otmaniana”.
Esa recopilación encontró diversas oposiciones. Sin embargo, la tradición musulmana tiende a sostener la idea de que esta versión del Corán fue aceptada por todos. Los relatos contienen muchas contradicciones, que llevan a plantear interrogantes sobre la veracidad de la versión musulmana de los hechos.
Modificaciones al texto recopilado. Subsistían algunos problemas en la lectura de la versión otmaniana: no incluía las vocales breves y no siempre figuraban las vocales largas, lo cual podía dar lugar a confusiones en la lectura de ciertas palabras. Más grave aún: la escritura árabe primitiva no usaba los puntos con los que ahora se marcan algunas consonantes del alfabeto para fijar el valor exacto de los signos que se prestan a confusión.
La tercera fase de la historia del Corán se puede ubicar en la época de los Omeyas, en particular bajo el reinado de Abd al-Malik (685-705). Pero las informaciones son contradictorias. Varias modificaciones importantes se atribuyen al hombre fuerte del régimen omeya de ese período, al-Hajjaj b. Yusuf (714). Para algunos, las mejoras se habrían limitado a rectificar lecturas deficientes o a ordenar los versículos, incluso los suras. Para otros, habría perfeccionado la ortografía introduciendo puntos. A pesar de las contradicciones, el reinado de Abd al-Malik fue un momento decisivo para la constitución de los textos coránicos que han llegado hasta nosotros. El texto final se impuso muy lentamente.
Los textos de los compañeros. La tradición musulmana menciona quince textos pre-otmanianos principales y una docena de textos secundarios, que no se han sido encontrados. Cuando el texto “otmaniano” fue universalmente reconocido por los sabios musulmanes, hacia mediados del siglo IX, se estableció una jerarquía: una lista de siete lecturas (o lectores) canónicas, y los sabios designaron en forma consensual a los jefes de escuela, en función de su valor. Esa lista fue declarada canónica.
Como el criterio de “transmisión ininterrumpida”, y por lo tanto “auténtica”, era muy fluido, se añadieron algunos lectores hasta llegar al sistema de “catorce lectores”. Se produjo un gran cambio en el siglo XVI, cuando el imperio otomano adoptó la lectura de Asim en la transmisión de Hafs (796). En forma progresiva, ese sistema de lectura se convirtió en el más difundido, y lo sigue siendo. La edición del Corán que apareció en Egipto en 1923 se ajusta a esta lectura, y eso aumentó aún más su difusión. Pero la más difundida en África septentrional y occidental es la de Nafi, en la transmisión de Warsh (812). De todos modos, la preponderancia del sistema de siete lecturas en la recitación del Corán no arrojó al olvido a los demás sistemas.
Críticas musulmanas
Durante los tres primeros siglos del islam hubo sabios musulmanes, algunos compañeros de Mahoma, que criticaron violentamente la versión otmaniana. Han considerado inauténticos ciertos pasajes del Corán por razones teológicas y éticas. Pero las acusaciones de falsificación más fuertes se encuentran en fuentes chiítas de la primera mitad del siglo X. Para ellos, Alí, sucesor legítimo de Mahoma, fue el único poseedor de la recensión completa de las revelaciones hechas al Profeta. Después de la muerte del Profeta y la toma del poder por parte de los “enemigos de Alí” (Abu Bakr, Omar, etc.), esta versión fue rechazada, sobre todo porque contenía homenajes a Alí y a sus partidarios, y ataques contra sus adversarios.
La crítica histórica de los occidentales
Los estudios se han concentrado en la filología histórica del texto coránico y en la crítica de las fuentes musulmanas. Se pueden distinguir dos corrientes: una “crítica”, y la otra, “escéptica”.
La corriente crítica y los partidarios de “la historiografía optimista”. Adopta el relato tradicional de la historia del Corán, aunque señala contradicciones de los relatos musulmanes en su recopilación y corrige varios puntos. Por otra parte, muchos investigadores han subrayado las particularidades, incluso las rarezas que no entran en el sistema general del árabe.
Otros investigadores van en la dirección opuesta. Para K. Vollers, el origen de la lengua coránica se encontraría en un dialecto de Arabia occidental, de La Meca o de Medina, revisado para adaptarse a la lengua de la poesía árabe antigua. También hubo varios intentos de reclasificación cronológica de los suras. A partir de un análisis literario, A. Neuwirth intentó demostrar la composición pre-redaccional de los suras mecanos, y con ello, “su autenticidad en cuanto unidades sólidamente delimitadas”. Este análisis presupone un solo individuo transmisor de los textos particulares.
Si se toma en cuenta la composición del Corán tal como es hoy, se impone una distinción entre la redacción del texto y su proceso de canonización. En los suras cortos del período mecano existe un vínculo entre la recitación y el culto (la oración pública). En forma progresiva, especialmente en los “suras históricos”, aparece en el texto la conciencia de formar parte de un “libro”.
La corriente escéptica. Tuvo representantes desde el siglo XIX pero se manifestó a partir del último cuarto del siglo XX. P. Casanova tuvo el mérito de valorizar el trabajo de unificación realizado bajo los Omeyas por al-Hajjaj. Consideraba la versión otmaniana como una fábula: decía que sólo tenía una “filiación imaginaria”. El gran semitista Alphonse Mingana desarrolló las tesis de Casanova sobre el papel fundamental de los Omeyas en el establecimiento de la versión final del Corán, y destacó el carácter poco creíble de las fuentes islámicas concernientes a la historia de la redacción del Corán. A. L. de Prémare retomó esta tesis y la desarrolló.
Con los métodos de la crítica bíblica y literaria, J. Wansbrough va aún más lejos. Impugna el carácter histórico de los relatos musulmanes sobre el Corán. Para él, el texto coránico sólo pudo haber tomado su forma definitiva a fines del siglo VIII, incluso a principios del siglo IX. En cambio, J. Burton quiere mostrar que el Corán que ha llegado hasta nosotros es el que dejó Mahoma al morir. Para él no existen ni la compilación atribuida a Abu Bakr ni la de Otman.
Otra vía, en un sentido muy crítico, está representada por dos investigadores que han intentado ir más atrás del Corán otmaniano. Así es como G. Lüling creyó poder establecer que una parte del Corán provenía de himnos cristianos orientados a una cristología angélica. Algunos de los motivos aparecerían retocados, y se habrían integrado motivos árabes.
Por su parte, Ch. Luxenberg (seudónimo), en su intento de elucidar los pasajes del Corán que suscitan controversias lingüísticas, procede por etapas. En primer lugar, verifica que los traductores occidentales hayan tomado en cuenta las diversas explicaciones plausibles propuestas por comentaristas o filólogos árabes. Luego, trata de leer bajo la estructura árabe un homónimo sirio-arameo que tendría un sentido diferente, pero que se ajustaría mejor al contexto. Si esto no resulta, descifra el verdadero significado de la palabra aparentemente árabe, pero incoherente en su contexto, retraduciéndola al sirio-arameo, para deducir el sentido que mejor se adapta al contexto coránico.
También conviene mencionar el libro claro y abordable del tunecino Mondher Sfar, para quien la distinción entre el Corán en sí mismo y la “Madre del Libro” (establecida en Corán 43, 2-4), demuestra que esas dos versiones no pueden ser auténticas.
Para E.-M. Gallez, el “proto-islam” debe ubicarse al final de un proceso muy largo, que hunde sus raíces en los movimientos mesiánicos y apocalípticos del judaísmo de los siglos anteriores a Cristo, y luego pasó a través del movimiento del judeocristiansimo, en este caso, el de los “judeo-nazarenos”.
La historiadora y antropóloga Jacqueline Chabbi, establece una diferencia entre el islam de Mahoma y el de la tradición musulmana. Sostiene que sólo bajo los Omeyas, la religión de Mahoma ingresó a otro mundo, en el cual la escritura se volvió predominante. En ese momento, el Corán se puso por escrito, a partir de fragmentos de oralidad conservados en las memorias. En los siglos siguientes, la tradición islámica cubrió con lujo de detalles los orígenes del islam y reconstruyó un pasado ficticio.
Por una reconstrucción crítica del Corán. Se podrían distinguir dos tipos de reconstrucción histórica: una “hacia adelante” y la otra “hacia atrás”. La primera se basaría en el Corán llamado otmaniano y en las variantes no otmanianas del texto. La segunda intentaría reconstituir “un texto” anterior al texto.
En la primera mitad del siglo XX, surgió un proyecto del primer estilo en Alemania.19 Hacia 1934, la Comisión del Corán de la Academia Bávara de Ciencias había reunido unas 9000 fotografías de manuscritos antiguos del Corán, y alrededor de 11.000 fotos de manuscritos de libros de los primeros cinco siglos de la Hégira sobre las disciplinas coránicas. En noviembre de 2005, Angelika Neuwirth y su equipo reanudaron el proyecto del Corpus coranicum. Se espera tener en 2009 los primeros resultados de esta empresa, para ver si es tan crítica como parece, dada la orientación muy “clásica”, bastante fiel a la tradición musulmana. En cuanto al segundo procedimiento, podría apoyarse en las fuentes musulmanas y sus numerosas contradicciones sobre la manera en que el Corán nació, se transmitió, se redactó, se recopiló y se publicó y, por otro lado, en diversos estudios recientes. La pista sirio-aramea esbozada por A. Mingana para una reconstrucción crítica hacia atrás del Corán volvió a tener actualidad.
Impulsa esta clase de análisis una lectura crítica de las fuentes musulmanas, que remite a un “leccionario” en constante evolución, quizás hasta la época omeya: informadores de Mahoma, recepción por parte de Mahoma y de sus colaboradores, su escriba y recopilador del Corán, Zayd, que conocía el arameo, supresión, “olvido” de versículos, incluso de suras, versículos o suras faltantes (o caídos en el olvido), recopilaciones más o menos completas, corrección parcial de las faltas contenidas en el texto, enmiendas lingüísticas diversas, etc. Un “profeta” no se crea en un día, ¡y un “libro santo” tampoco!
Existe un abismo entre la tesis (teológica) musulmana sobre la historia del Corán y las hipótesis de los investigadores occidentales. Sin embargo, las fuentes musulmanas antiguas que tratan sobre el Corán incluyen muchas tradiciones que dejan surgir ante los ojos del investigador crítico “otra historia del Corán”, diferente a la que se ha impuesto en nombre de criterios esencialmente teológicos.
El artículo completo se publicó en la revista Etudes





Tal vez los interrogantes que nos planteamos como cristianos (aquellos que lo somos) sean los mismos que se plantean las demás religiones o “sectas”. ¿Quién escribió? ¿Cómo lo hizo? Seguramente muchas de las prácticas que nosotros tenemos son para otros sensurables, así como nosotros censuramos muchísimas de sus prácticas. Pero siempre serán los que están y se atreven a llegar a la “cúspide de la religión” (por llamarlo de alguna manera) los que decreten, escriban y proscriban las prácticas que son usadas en la actualidad por cualquier religión o secta. Es mi opinión de argentino, que el diálogo entre todas las culturas que se mezclan en este CRISOL DE RAZAS que es mi amado país, debiera ser mas fluido. Tomando como ejemplo el diálogo entre iglesias católicas romanas y pentecostales (como hemos visto en números anteriores), más allá de la diferencia que pudiera haber, es importantísimo que se lleguen a coordinar puntos de encuentro. En esto seguramente habrá puntos de discrepancia muy antagónicos (por ejemplo, el uso de imágenes en los templos, el bautismo a niños, los diezmos, la vestimenta…..) pero es necesario coordinar tambien desde el punto de vista POLITICO y de la sociedad en su conjunto, no por censurar, sino por llevar a cabo una legislación que nos permita vivir en armonía. Cada uno con su idea, respetando al otro. No podemos permitir el uso de costumbres radicales como las que se usan en los países de origen de religiones extremas. Y esto lejos de ser RACISTA es una herramienta que DIOS mismo pone en nuestras manos a través de la sabiduría heredada. Ruego a DIOS para que podamos hallar puntos de coincidencia, antes que puntos de divergencia. Tengo la plena seguridad de que la ARGENTINA como país tiene un gran futuro como cuna de todas estas culturas. CREO QUE LO VAMOS A LOGRAR