Cultura, Notas de Tapa
De John Wayne a Wayne Wang
por Sendrós, Daniel · Comentar
Hace un par de años tuvimos la suerte de conocer en San Sebastián al director Wayne Wang, aquí particularmente conocido por las agradables Cigarros y Humos del vecino, ambas con textos de Paul Auster, y también por obras más cercanas a su comunidad, y al mismo tiempo de interés universal, como El club de la buena estrella. Afable, delgado, en ese momento se presentaba con dos films basados en sendos cuentos de Yiyun Li, sobre chinos en los Estados Unidos: Mil años de oración, que terminó ganando el premio mayor, el de Signis, el de mejor actor y otros varios (y recién ahora se estrenó entre nosotros), y La princesa de Nebraska, que de algún modo complementa a la otra, e iba en una sección paralela (y se estrenó aquí el año pasado, sin mayor trascendencia). La charla estuvo referida a ambos films, a sus propias vivencias como chino residente en Occidente, y a John Wayne. Por ahí empezamos.
-¿Es cierto que usted se llama Wayne en homenaje a John Wayne?
- Totalmente cierto. La historia es algo complicada. Se la contaré, si tiene paciencia. Cuando mi padre nació, era costumbre llevar al bebé a un filósofo, para que le pusiera un nombre. El filósofo del pueblo lo miró, dijo “esta criatura no tiene madera suficiente” y, como invocando a los dioses, lo llamó Rey del Bosque. Cuando nació mi hermano mayor, papá lo hizo llamar Príncipe del Bosque, nombre que encuentro muy poético, y muy chino.
Pero cuando yo nací, la familia ya había escapado de China, vivía en Hong-Kong y recibía muchas influencias occidentales. Mi padre admiraba a John Wayne. Pero John era un nombre demasiado común, y rompía mucho con la tradición familiar. Así que se decidió por Wayne, que además suena, en chino, como “brote de árbol”. Nunca se lo dije, pero “brote de árbol” siempre me pareció un nombre medio femenino, contrapuesto a la imagen de hombría que él estaba invocando.
- No se aflija, en realidad Wayne no se llamaba John, sino Marion, un nombre entonces bastante femenino.
- Una vez un ejecutivo de Hollywood me dijo: “¿Wain Wan? Ese nombre no existe. Debe ser un seudónimo”. Está bien, si sabe más que yo. Creo que me ven como algo raro. En los Estados Unidos me consideran chino. Los chinos dicen que no lo soy. Me crié en la entonces colonia británica de Hong Kong, fui a un colegio jesuita, hablo varios idiomas, he viajado mucho. Creo que soy un hombre global.
- Antes se decía “un hombre de mundo”.
- Los jóvenes de ahora, que incorporan distintas culturas, son globales. Pueden tomar lo más conveniente de cada cultura. Yo me expreso mejor en cantonés que en mandarín, que es muy formal, y me expreso todavía mejor, con más soltura, en inglés. ¡En inglés puedo maldecir, decir palabrotas! Es gracioso, el protagonista de Mil años de oración logra comunicarse en mandarín e inglés básico, con una señora iraní que sólo habla farsi y broken English. Pero no puede entenderse con su hija…
- … Ella vive en los Estados Unidos desde hace años, se ha divorciado, enamorada de un hombre casado al que luego rechaza, y el padre, todavía comunista conservador (aunque ha sufrido lo suyo), viaja desde China a visitarla.
- Como ve, hay varias razones para que no puedan entenderse. Yo bromeaba con mi asistente. “Este viejo es como Mr. Bean en América”. Se topa con una joven en bikini, que para él está desnuda. Ella le cuenta que es médica forense (una profesión de moda en los Estados Unidos y lamenta que en ese pueblo haya pocos cadáveres. Luego, en la cocina de la hija no hay un solo wok, el viejo se siente como en otro planeta.
- Y aunque hablen la misma lengua, ya no se entienden.
- Hay otra cosa. Ustedes son latinos, son expresivos. Nosotros a menudo somos muy indirectos. Y, hasta hace poco, una hija no podía levantarle la voz al padre, ni discutirle, mucho menos desafiarle o reprocharle algo. Ella ha cambiado mucho, pero sigue pensando de acuerdo a su formación. Sólo cuando el padre la sigue y la sigue presionando logra replicarle, también de modo indirecto: “Bueno, sabemos lo que te pasó a ti también”. Y en realidad sólo sabe de unas habladurías que la agobiaron desde chica, y que una buena conversación entre padre e hija hubieran disipado hace ya años.
- ¿Cuántas generaciones pasaron entre esa mujer más o menos reprimida y la chica de La princesa de Nebraska, desfachatada, autosuficiente, embarazada de un bisexual, que tiene otros amores y quiere abortar?
- Pasó una sola generación. Pero la mujer sufrió hasta la Revolución Cultural, y la chica no sabe ni lo que pasó en la plaza de Tien-An Men. Lo único que conoce son marcas comerciales.
- También los dos films son muy diferentes.
- Suelo hacer eso. Después de Cigarros, que estaba muy bien escrita, muy ensayada, hice Humos del vecino, más suelta. Después de Mil años…, que es calma, de drama contenido, cámara quieta, hice La princesa…, a un costo bajísimo, pocos profesionales, y muchos alumnos a quienes les gusta mover la cámara. Le cuento dos cosas de Mil años…. Necesitaba actores que hablaran mandarín auténtico y suficiente inglés bueno. Y los encontré viendo de nuevo El último emperador, donde él hace de maestro eunuco, y ella es la mujer que ahoga a su propio bebé. Entonces eran casi de reparto, pero ahora ella es una gran actriz en Pekín. También necesitaba bastante dinero, y China me ofreció el 50% del presupuesto. Pero me pidieron que quitara del guión una frase que dice el viejo: “El comunismo es bueno, pero cayó en malas manos”. Me negué a quitarla. Vivo en un país libre, quiero hacer una película libre. Por suerte encontré un productor japonés, que además ama los relatos tranquilos, como yo. En Hollywood siempre me dicen que soy lento, me abrevian las escenas, no dejan que los personajes respiren. Yasumiro Ozu, Satyajit Ray eran lentos, daban tiempo a que el espectador entrara en los personajes, ponían planos descriptivos, llenos de emociones, de información. Todo eso ha desaparecido. ¡Me siento como el viejo de mi película, que no encuentra más el mundo en que ha crecido!
- A propósito, ¿cree que su país cambiará más luego de las Olimpíadas?
- Ya no sé si es mi país. Ya he vivido más años en los Estados Unidos que en Asia. Supongo que puede cambiar algo, pero es difícil comprobarlo con certeza. Lo que China presente a los periodistas extranjeros será siempre una fachada for export. Y pienso que los habitantes de Pekín, y del resto del país, también verán otra fachada. Y sin comunicación real, difícilmente haya cambios.




