Revista Criterio
Política-Economía
Nº 2309 » Octubre 2005

Una moneda para apostar al futuro

por Miceli, Mario Leonardo · Comentar 

Al igual que una persona (esa micropolis), cada Estado (ese macrohombre) tiene dos facetas por las cuales desarrolla su existencia, dos caras de una misma moneda. En una al individuo se lo conoce como ser individual, es decir, se lo analiza en sus particularidades, en su psiquis interior, lo que trasladado a la vida estatal se plasmaría en su política interna. Pero cada individuo a la vez se conecta con otros en su vida social, como así cada Estado se relaciona con otros a través de su política exterior. Son dos fases que se complementan para explicar un mismo fenómeno: cómo se desarrolla la existencia de un Estado particular.

 

De esta manera, a la hora de indagar los factores que nos permitan proyectar esa idea a analizar, el futuro argentino sobre la base de su política actual, no se puede prescindir del estudio de ninguna de esas dos caras de la moneda con la cual la Argentina apuesta al porvenir.

 

Cara: La política interna

 

En su faz interna, cada Estado se apoya en el consenso que existe en la sociedad y en sus instituciones principales en referencia a aquellos principios que los mantienen unidos como nación, ese proyecto sugestivo de vida en común en palabras de Ortega y Gasset. Y aquí es donde la política argentina tropieza con su principal escollo. Porque nos encontramos ante un país que adolece de esa elite dirigente que sea capaz de, justamente, plantear una noción que plasme un proyecto que conduzca a un futuro deseable. Parece que las palabras que José Luis de Imaz enfatizaba hacia los años 60 siguen teniendo vigencia hoy en día: “Porque la existencia de una elite real, es decir, algo más que una elite funcional, la existencia de un grupo de individuos que concertadamente conduzca a la comunidad, la dirija en vista a la obtención de determinados fines, al alcance de ciertos logros, se rija por marcos normativos más o menos similares, eso es lo que no se percibe en nuestro caso” 1. Ante una realidad tal, el interrogante que surge no es meramente a qué futuro está destinado el país, sino si se puede llegar a pensar en un futuro para esta comunidad desarraigada que no encuentra el modelo que le permita solidificar los pies de la estructura social que siguen pareciendo ser de arena.

 

Un claro ejemplo de este conflicto se nos presenta en el contexto actual de campaña electoral. Nos encontramos nuevamente ante un quiebre de una “alianza” formada para conducir el gobierno de la nación, fragmentación que viene a desperdigar aún más la ya disgregada elite dirigente. La consecuencia es una nueva proliferación de partidos políticos. Partidos que no parecen cumplir aquella función típica dentro de un sistema democrático por la cual son los nexos para representar las distintas facciones dentro de una sociedad pluralista. El caso actual parece más bien poner de relieve esa incapacidad de encontrar una idea que trascienda sus diferencias, y en este sentido se cumple lo que Julio Mafud explica: “El espíritu de partido siempre nace y prolifera de las crisis y nunca de la plenitud de un país” 2. Como resultado de esta carencia de un objetivo común, cada partido se cree dueño de la verdad, dueño del “verdadero proyecto”, dueño del futuro, y “todo lo que está fuera de él debe ser sometido, o destruido [...] el espíritu de Partido, que es su condición necesaria, siempre se niega a morir dentro de alguna síntesis mayor que él mismo” 3. De esta manera, los miembros de la clase dirigente se introducen en eternas discusiones que parecen ser retornos de viejos aforismos, culpándose entre sí con una interminable lista de epítetos.

 

Frente a esta disgregada clase política se sitúa una sociedad en un estado similar, ya que no es ilógico pensar a la elite dirigente como reflejo del pueblo que gobierna.

 

Ante un sistema democrático degradado, el grueso de los ciudadanos pierde las expectativas en la política gubernamental y en la posibilidad de sentirse comprometido con el sistema. Se crea de esta forma un escepticismo generalizado y una ciudadanía que sólo se limita en una gran mayoría a exigir del gobierno derechos y facilidades materiales, sin pensar en la contraparte de obligaciones que exige un sistema republicano auténtico. Por parte de los dirigentes políticos se aprovecha este fenómeno y se reproduce de manera tal que los planes políticos quedan reducidos a un cúmulo de medidas de corto plazo que sólo buscan sosegar esas exigencias populares. Se forma así lo que Habermas denomina como “opinión no pública” por la cual se crean “ofertas realizadas con fines psicológicos publicitarios [que], por objetivamente finaliformes que puedan ser, no están mediadas por la voluntad y la conciencia (sino por la subconciencia) de los sujetos” 4. Pero el futuro no se planea con medidas de corto plazo, y a la incapacidad de la elite se le suma la indiferencia de los que tienen el derecho (y el deber) de elegir y controlar a sus autoridades.

 

Éstas son las actitudes que conforman la política interna actual. En este contexto parecería difícil que la actual clase dirigente (y la ciudadanía en general) esté en condiciones de enfrentar los cambios necesarios que requiere el país. Esto siempre y cuando la política interna no pueda alcanzar aquello que Alberdi en su Fragmento preliminar al estudio del derecho denominara como “la creación de una fe común de civilización” 5 y por la cual la democracia iba a tener que ir robusteciéndose gradualmente sobre la base de ese consenso entre los conciudadanos. Sin ese proyecto común será imposible que los gobernantes logren crear esa idea de futuro que puedan compartir con sus gobernados (y que al mismo tiempo puedan hacer acatar).

 

Ceca: La política exterior

 

Si se consideran las características internas de este “individuo” que estamos analizando (el Estado Argentino en referencia a su política actual), con su imposibilidad de encontrar una idea que conjugue a sus distintas partes en un proyecto común, con la disgregación de sus miembros más “notables”, la figura que se nos presenta es la de una especie de caso de esquizofrenia. Y así como una persona con dicha patología, con el conflicto como modus vivendi en su psiquis interna, poseería graves problemas de comunicación con el resto, un Estado que no decide cuál es su proyecto de esencia y existencia estará destinado al mismo accionar a la hora de relacionarse con los otros entes estatales.

 

El resultado es que si quisiésemos encontrar una constante en la política exterior argentina esa sería justamente la inconstancia. Y si siguiendo a Julio Irazusta consentimos que de la política exterior “dependen el origen de los Estados, su desarrollo en el concierto internacional, sus posibilidades de engrandecimiento, su suerte definitiva” 6, el futuro nacional no parece encaminarse a buen puerto. Al igual que en el caso de la política interna, el país parecería estar falto de una clase dirigente capaz de plantear un proyecto a largo plazo que contemple las viejas y nuevas exigencias de la política exterior.

 

En cuanto a las problemáticas tradicionales, la política exterior actual parece verse en grandes dificultades de encontrar un modelo al cual ajustarse en el contexto mundial.

 

Por un lado, no está claro cuál sería el aliado estratégico (si es que tiene que haber uno, hecho que la elite dirigente argentina tampoco explicita): si se está dispuesto definitivamente a consolidar la unión con Brasil y demás países limítrofes a través del Mercosur, si se piensa expandir esta idea hacia el resto de Sudamérica, si se desea crear un regionalismo abierto en referencia a negociaciones con otros bloques como la Unión Europea, o si se decide terminar conformando un bloque americano que incluya a Norteamérica. En el actual contexto, lo único que parece entreverse por parte de la clase dirigente es la indecisión, que se reduce solamente a la creación de expectativas efímeras sobre la base de alianzas poco viables o a la confrontación con aquellos Estados que se enfrentarían a la supuesta política nacional.

 

Por otro lado, no parece haber una política dedicada a terminar de profesionalizar a la diplomacia argentina. Es bien sabido que el servicio diplomático posee un sistema de escalafones que se asemeja a una meritocracia, pero también queda claro que dicha carrera no es aplicable a los puestos superiores (en su mayoría designados políticamente), es decir, a los verdaderos hacedores de la política exterior, lo que hace que el futuro diplomático del país no esté en manos de profesionales capacitados 7. Una vez más, el porvenir se ve insondable.

 

Pero aún más preocupante se torna el mañana si consideramos aquellas nuevas condiciones en que está ingresando el sistema internacional (ya sea en referencia a la idea de globalización, el auge de los bloques regionales, la importancia de los organismos interestatales, el poder de las empresas trasnacionales y las organizaciones no gubernamentales, etc.).

 

Nuestra elite dirigente parece no percatarse de que el Estado está dejando de ser aquello que el sociólogo alemán Ulrich Beck denominaba como contenedor de la sociedad en el cual “todos los tipos de prácticas sociales –producción, cultura, lenguaje, mercado laboral, capital, educación– están regulados, acuñados, limitados, racionalizados, etiquetados desde el punto de vista nacional” 8. Hoy estamos asistiendo a la configuración de nuevas agrupaciones humanas que sobrepasan las fronteras estatales. Y ante este hecho, la gran mayoría de los políticos argentinos pretenden seguir refugiados en los viejos cánones del Estado-Nación, cerrándose a una realidad que conformará el mundo del mañana.

 

En este sentido, es una vez más interesante recordar a José Luis de Imaz, el cual explicaba que se había “demorado mucho la aparición de las elites reconstructivas”, aquellas que iban a “poseer el conocimiento técnico necesario para la puesta en “marcha” de un Estado moderno 9. Obviamente no se estaba refiriendo al nuevo Estado que debe configurarse en la era de la globalización, pero su concepto de “elite reconstructiva” nos sirve para interrogarnos si en la actualidad nuestro país posee una clase dirigente tal que sirva para crear un proyecto ante el nuevo mundo que se aproxima. Hoy la Argentina, frente a un nuevo contexto mundial y un nuevo concepto de Estado, se encuentra ante la posibilidad de no perder el carro de la historia como le sucedió en el pasado. Lamentablemente, la política exterior actual no aparenta ser el resultado de una de esas elites reconstructivas.

 

Conclusión: La apuesta

 

La política actúa por esencia en un marco de contingencia. Lo que se realiza en el presente no trae consecuencias necesarias en el futuro. Es así que el accionar político es siempre una apuesta al porvenir. En las páginas precedentes se quiso presentar la moneda con la cual Argentina apuesta a su futuro, esa estructura compuesta por la política interna y exterior (cara y ceca de una misma moneda).

 

Esa apuesta no parece tener un futuro demasiado distinto del pasado que nos agobia y del presente que nos abruma. Cabe guardar la esperanza de que esa moneda no se convierta en aquel zahir del cuento de Borges cuyo protagonista no podía quitar de su mente. Sólo asumiendo de forma correcta nuestro pasado (un pasado que enseñe y no que sofoque) y planteando un verdadero proyecto común (una verdadera y factible idea de futuro) es que la Argentina podrá apostar al mañana con una moneda distinta.

 

 

 


El trabajo obtuvo la mención en el concurso de ensayo “La política actual. ¿Hacia dónde vamos?”, convocado por el Centro de Estudiantes de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UCA.

  

1. Imaz, José Luis de. Los que mandan, Eudeba. Buenos Aires, 1965, p. 236.

2. Mafud, Julio. Psicología de la viveza criolla, Distal, Buenos Aires, 1984, p. 295.

3. Ibíd., p. 296.

4. Habermas, Jurgen. Historia y crítica de la opinión pública, GG MassMedia, Barcelona, 1994, p. 244.

5. Alberdi, Juan Bautista. Fragmento preliminar al estudio del derecho, Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998, p. 32.

6. Irazusta, Julio. Tomás M. de Anchorena, Huemul, Buenos Aires, 1962, p. 82.

7. Tanto en este sentido, como en el punto tratado en el párrafo anterior, es interesante comparar la política exterior argentina con la de Brasil y Chile, los cuales, cada uno a su manera, supieron lograr una mayor constancia y producir un consenso en cuanto a cuál sería su posición frente a las demás naciones.

8. Beck, Ulrich. ¿Qué es la globalización?, Paidós, Barcelona, 1998.

9. Op. cit. p. 242.

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