Revista Criterio
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Nº 2344 » Diciembre 2008

Comentario: En justicia y solidaridad

por Poirier, José María · Comentar 

El reciente documento de los obispos argentinos titulado “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”, y dado a conocer al finalizar la 96º asamblea plenaria de la conferencia episcopal, busca expresarse en un tono esperanzador y constructivo en medio de la incertidumbre que nos toca vivir. En efecto, se dice que “un país nuevo está por nacer”, aunque reconozcan que “todavía no acaba de tomar forma”. Tal afirmación  se sustenta más en una peculiar lectura de “muchos signos”, de raíz voluntarista, que en disciplinas socio-políticas, económicas o históricas. El texto dirige su atención a los 200 años del país por celebrarse (2010-2016), acaso hoy más cercano a la coyuntura de principios del siglo XIX que no a la del primer centenario, por circunstancias internas y externas.

 

Al tiempo que reconocen los valores de la paz y de la democracia en nuestra convivencia comunitaria, los obispos señalan con fuerza la necesidad de un “proyecto de país” (que identifican con las políticas de Estado: “la necesidad de establecer políticas públicas”), la urgencia del diálogo y de la búsqueda de consensos. Por más que aclaren que la crítica no está dirigida al gobierno nacional, la oposición política supo hacer uso de estas observaciones.

 

Las preocupaciones expresadas por los obispos se advierten sinceras y movidas por una real preocupación por disminuir la pobreza, superar la exclusión, incrementar la educación y la seguridad, afrontar con solidaridad las graves injusticias sociales, fortalecer los vínculos familiares y sociales. Además, el texto se apoya en la reconocida labor social de la Iglesia católica y en sus reflejos frente a la crisis de 2001-2002. Precisamente, refleja un aspecto en el que la jerarquía católica sabe que es fuerte. No podría decirse lo mismo en otros campos, como el cultural, por ejemplo.

 

El documento, definido en la asamblea que confirmó la presidencia del cardenal Bergoglio y la dirección de pastoral social de monseñor Casaretto (dos figuras claves del cuerpo episcopal), es demasiado extenso para ganar presencia en la opinión pública, y en su redacción refleja ciertas imperfección y ambivalencia propias de los textos colegiados.

 

Las propuestas, enumerados por ellos, son el respeto por la familia y por la vida; avanzar en la reconciliación y el diálogo; alentar la construcción de ciudadanía; fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones sociales; mejorar la calidad de la democracia; afianzar la educación y el trabajo a fin de alcanzar un justa distribución; implementar políticas agroindustriales; promover el federalismo y la integración regional; el respeto por el medioambiente; y el desarrollo de las comunidades de los pueblos originarios.

 

Demasiado: los obispos lo esperan todo o casi todo, en diferentes órdenes y niveles en una sociedad que no acaba de encontrar claros caminos de convivencia. Válido el documento, ciertamente, como testimonio de las angustias que sienten ante el clamor de la gente y como expresión de deseos. Cabe la pregunta si esa, tan amplia y de temáticas específicas, es misión de los obispos. ¿No había que promover más bien el compromiso de los actores laicos y el debate serio y constante de expertos en cada área?

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