Nº 2344 » Diciembre 2008
En la encrucijada
Hace unos años, formé parte de un grupo ecuménico de capellanía durante un campeonato atlético internacional en Gothenburg, Suecia. Congregaba a 2.700 atletas olímpicos que competían durante varias semanas. Una mañana, mientras iba a servirme un café, me encontré con un joven italiano que me dio conversación al ver mi credencial: Capellán - Italia. Me saludó en italiano y luego continuó: Capellán
humm… ¿Vendría a ser sacerdote? Exacto. Soy sacerdote, respondí. Interesante, dijo. Debo decirle que jamás voy a la iglesia. A lo que contesté: Y yo debo decirle que en realidad estoy acá para buscar una taza de café y no un informe del progreso de su vida espiritual. Nos dimos la mano, y con una carcajada insistió en que conociera a su hermano atleta olímpico y ateo y a sus dos amigos. Todos irradiaban una actitud positiva ante la vida y esperanza en el futuro, pero ninguno tenía la más leve relación con la Iglesia; ninguno había recibido el sacramento de la Confirmación, aunque ya estaban en los veintitantos. Cuando, tiempo después, me invitaron a su hogar familiar en la costa italiana del Adriático, le pregunté a sus padres cómo llegar a la iglesia más cercana para asistir a la misa dominical. Ah, claro, dijeron. Es sacerdote, tiene que ir a misa el domingo.
Muchos años más tarde, un domingo de adviento, en el oratorio de San Francisco Javier de Roma, donde yo formaba parte del cuerpo pastoral, el tema del exilio era el hilo conductor de las lecturas de ese día, así como la esperanza de liberación y retorno al hogar. Después de misa, un visitante se me acercó y dijo: Hola, soy Paul. Soy exiliado. Y me contó que era la primera vez que asistía a misa en más de quince años. En efecto, había estado tanto tiempo alejado de la Iglesia que había olvidado que el perdón fuera siquiera posible.
Estos hechos han dejado de ser una excepción. No sorprende, entonces, que hoy se hable cada vez más de postcristianismo. La última vez que busqué el término en Internet por Google, la búsqueda arrojó 314.000 resultados. La palabra, a menudo vinculada al postmodernismo, describe la actitud cultural contemporánea en sectores del mundo desarrollado donde el cristianismo ha dejado de ser la religión dominante, donde los valores culturales se están tornando más seculares y la cosmovisión ya no está modelada por los ideales y principios cristianos. Por supuesto, los documentos del Concilio Vaticano II (1962-1965) trataron con profundidad el papel de la Iglesia y su actividad misionera en el mundo moderno, la importancia de la relación entre fe y cultura, e incluso el agnosticismo y el ateísmo. Pero los obispos reunidos en ese Concilio no alcanzaron a imaginar la transformación cultural y religiosa de Europa Central y del Norte, de América del Norte y de Oceanía, en un siglo xxi postmoderno y cada vez más postcristiano, como tampoco los desafíos inherentes a la comunicación de la fe. Ámsterdam, por ejemplo, es una de las ciudades más multirreligiosas de Europa, y hoy son más las personas que frecuentan la mezquita los viernes que las que asisten a la iglesia los domingos.
La Iglesia en Australia y Nueva Zelanda ha enfrentado desafíos similares. En representación de Oceanía durante el Sínodo sobre la Palabra que acaba de celebrarse en Roma, el obispo Michael Putney de Townsville se refirió a Australia como uno de los países más secularizados del mundo. Más del 22% de la población católica de Australia nació en el exterior, y la asistencia a misa ronda apenas el 14%. Pero a pesar de estas estadísticas tan poco alentadoras, el obispo Putney observó que después del Día Mundial de la Juventud de julio pasado, algunos australianos y neozelandeses tienen la sensación de que la promesa de una nueva evangelización por fin puede estar en marcha, no obstante la aparente impermeabilidad de la cultura secular. Sin embargo, el desafío radica en descubrir nuevos modos de comunicar el mensaje; hasta la fecha, según el obispo, no ha surgido un método único, ni siquiera una visión compartida de lo que concretamente se requiere.
Canadá y los Estados Unidos, por cierto, no están exentos de tales desafíos y oportunidades, según mi propia experiencia con los medios. Esto fue más que evidente en ocasión del fallecimiento y funeral del papa Juan Pablo II, el cónclave y la elección del papa Benedicto XVI, y la visita del Santo Padre a los Estados Unidos en abril. Cubrí estos acontecimientos como experto en transmisión en directo del Vaticano para ABC News, y muchos de mis colegas estaban en mayor o menor medida fuera de la Iglesia. Por lo tanto, me vi obligado a asistir a reporteros y corresponsales de ABC en la elaboración de sus notas, o lisa y llanamente ayudarlos con el vocabulario básico de la fe católica para la comunicación de las noticias a sus respectivas audiencias.
El desafío fue especialmente abrumador durante el funeral de Juan Pablo II y el cónclave. Por un lado, me hallaba en una plataforma extraordinariamente catequética y hasta evangélica acompañando a los reporteros y sin guión durante horas y horas de cobertura en vivo. Pero, por otro, ante un acto de delicado equilibrio al tratar de definir la mejor estrategia para expresar la fe de la Iglesia a ocho millones de espectadores, muchos de los cuales no eran católicos ni cristianos, algunos agnósticos o ateos, para no mencionar a los que se declaraban ex católicos romanos hoy el cuerpo religioso más numeroso de los Estados Unidos. El desafío fue comunicar la fe y la imagen de la Iglesia de la manera más esperanzadora y positiva posible: la Iglesia como sacramento, pero también como puente que conecta diversos pueblos y culturas.
El mayor desafío fue comunicar ese mensaje de manera efectiva en una cultura que se ha ido tornando más y más secularizada y postcristiana. Cualquiera sea el pronóstico en América del Norte, Oceanía o Europa occidental, el secularismo nos afecta a los cristianos de todas las denominaciones cuando queremos dar testimonio del misterio pascual de Cristo. Por cierto, el futuro de la misión de la Iglesia en un mundo secularizado estará determinado por su capacidad de discernir nuevas estrategias pastorales para comunicar el mensaje.
Quisiera sugerir diversas formas que podrían ayudar a comunicar la fe en la era postcristiana. En primer lugar, si tomamos el ejemplo de Cristo mismo como punto de partida, debemos trascender los límites de la parroquia o de la diócesis. Ya en los años ochenta, los jesuitas de Nueva York abrieron una oficina en Wall Street para atender las necesidades de los agentes y operadores de bolsa, los gerentes de inversiones financieras y ejecutivos de empresas. Se brindaba orientación espiritual y se organizaban retiros y seminarios sobre ética de negocios y de cómo los principios morales cristianos deberían influir en la toma de decisiones dentro de una economía global. Desafortunadamente, ese proyecto duró poco, pero pienso que ofrece un buen ejemplo de las maneras en que la Iglesia puede comunicar más efectivamente su mensaje dentro del mundo secular. (Por cierto, en vista de la actual montaña rusa financiera global disparada por los mercados estadounidenses, sospecho que el staff jesuita de Wall Street estaría trabajando día y noche si la oficina todavía estuviera allí). La respuesta corporativa de la Iglesia frente al calentamiento global y la amenaza al medio ambiente que plantea el cambio climático, los centros para quienes padecen VIH/Sida, la asistencia a los refugiados y desplazados para encontrar albergue y empleo, son otros ejemplos y oportunidades importantes para la colaboración ecuménica.
Otro caso relevante de confluencia entre fe y cultura secular se encuentra en la organización ecuménica Bread for the World [Pan para el Mundo], fundada en 1972 para ejercer presión sobre el gobierno estadounidense e influir en las políticas dirigidas a paliar el hambre en el mundo. No es intrascendente que el presidente de la organización, David Beckmann, sea a la vez pastor luterano ordenado y graduado de la London School of Economics. Antes de asumir la presidencia de Bread for the World, Beckmann ocupó un cargo importante en el Banco Mundial, donde trabajó durante 15 años. Proyectos como éste, ofrecen motivo de esperanza al momento de considerar el futuro del mensaje cristiano dentro de una sociedad crecientemente secularizada y, de nuevo, postcristiana.
Antes de ser elegido Papa, el cardenal Joseph Ratzinger escribió en 2004 un libro junto con Marcello Pera, profesor de Filosofía y ateo, entonces presidente del Senado italiano. De manera respetuosa pudieron plantear sus diferencias fundamentales respecto de la fe y la religión, y concentrar sus energías en lo que podían hacer en común. Dado que tanto Ratzinger como Pera estaban preocupados primordialmente por la actual crisis de valores que sacude a Europa occidental y por el relativismo moral que está dañando el tejido de la sociedad, escribieron su libro como respuesta conjunta a dicha crisis. Como profesor que es, el papa Benedicto ha señalado en sus escritos que los secularistas a menudo son personas dedicadas que no escatiman su generosidad, son apasionadas en su búsqueda de la belleza y la verdad, y se preocupan profundamente por la justicia, aun cuando no sienten la necesidad de proclamar una identidad religiosa. Intuyo que demasiadas veces dentro de la Iglesia nos mostrarnos ansiosos por trazar líneas claras de demarcación entre los que están dentro y los que están fuera. Sin embargo, el Evangelio de Cristo nos incita a buscar continuamente oportunidades para construir puentes y colaborar, como demuestra el texto de Ratzinger-Pera.
En segundo lugar, es preciso que aprendamos el nuevo lenguaje del diálogo: una reinterpretación de la sacramentalidad de la Palabra a la luz de un paisaje social y religioso en permanente cambio. Pero si hemos de aprender este nuevo lenguaje que nace de la contemplación, también significará la extinción de estructuras y sistemas religiosos pasados, como observó hace muchos años el obispo Claude Champagne de Halifax, Nueva Escocia, en su disertación ante la conferencia episcopal canadiense. Una Iglesia misioner a, observó, no debe nutrir la nostalgia por el pasado, sino que debe estar dispuesta a la muerte de una identidad dada para que algo nuevo pueda emerger. En los últimos años, por ejemplo, el arzobispo de Malinas-Bruselas, el cardenal Godfried Danneels, se ha referido sistemáticamente a los modos en que Bélgica se ha convertido en un país postcristiano. A pesar de ello, el Cardenal sigue siendo la figura más respetada en la sociedad postcristiana belga, precisamente porque ha aprendido ese nuevo lenguaje del diálogo. Cuando él habla, lo hace con credibilidad, y la gente lo escucha, sea o no creyente.
En tercer lugar, en este nuestro mundo postcristiano, la comunicación de la fe puede lograrse más efectivamente a través de las obras que de las palabras: el testimonio y el ejemplo que damos a través de nuestras acciones al servicio de la familia humana y de todo el planeta. Si bien la sociedad mongol mal puede denominarse postcristiana (los primeros católicos recién llegaron en 1992), la joven Iglesia de Mongolia ha hecho una labor extraordinaria en la comunicación del mensaje cristiano, en gran medida, a través de las obras de misericordia que ha emprendido. La resistencia inicial del antiguo gobierno comunista a la presencia católica en Mongolia se transformó rápidamente ante la tarea de la Iglesia en materia de atención de la salud, educación y capacitación laboral, y su respuesta a problemas sociales como el alcoholismo, la depresión y el embarazo no deseado. Ya hay planes para abrir una escuela secundaria jesuita en Ulaanbaatar, la que además apoyará los esfuerzos de la Iglesia en la formación de futuros líderes en ese país, que se jacta de una tasa de alfabetización del 93%. Mientras la membresía de la Iglesia en Mongolia sigue creciendo, los numerosos catecúmenos y candidatos dan fe de que los atrajo en gran medida el testimonio de la Iglesia a través de su aporte social.
En nuestro navegar estas aguas turbulentas, no existen las soluciones rápidas ni las respuestas fáciles. Pero es importante que no dejemos de formularnos las preguntas fundamentales en la esperanza de que, cada vez más, nuestros ojos se abran a lo que Dios está obrando en el mundo, incluso a pesar de los actuales desafíos, o tal vez debido a ellos. Y es igualmente importante que el testimonio de nuestras vidas multiplique la esperanza en otros, para que una comunicación más efectiva de la fe pueda realmente tornarse en catalizador de la reconstrucción social en la sociedad postmoderna y postcristiana del siglo xxi.
El autor es sacerdote jesuita, profesor de Liturgia en la Universidad Gregoriana y de Historia Litúrgica en el Instituto Litúrgico, en Roma. El artículo publicado por The Tablet, 25 de octubre de 2008, se basa en una conferencia pronunciada en Sydney, Australia.
Traducción: Silvina Floria.
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