Revista Criterio
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Nº 2346 » Marzo 2009

La dirigencia política en la picota

por Editorial · Comentar 

“Dentro de un universo cerrado, cuyos héroes quedan periódicamente desenmascarados y considerados traidores, y cuya política sigue una línea zigzagueante de cambios de frente, todo depende de que uno se muestre fiel a una determinada persona y apoye una orientación política determinada, exactamente en el momento oportuno. El destino de los políticos de la Comintern es como el de los acróbatas en el trapecio, cuyas vidas dependen de que se lancen de un columpio a otro con la precisión de una fracción de segundo (…) En el movimiento comunista, una anticipación de algunos pocos meses, bastaba para ser crucificado”.

Arthur Koestler: Autobiografía (1953)

                                                                                                      

 

La política argentina evoca con frecuencia la metáfora del trapecio, que sugiere un sistema de cedazos a través de los cuales deben pasar los políticos o burócratas aspirantes a alcanzar el poder y conservarlo. Los entramados pueden ser distintos. Para Koestler en Inglaterra una condición fundamental es la confianza en el político. En los Estados Unidos, alguna cualidad popular que hable a la imaginación de las masas. En los países latinos se requiere don oratorio y frecuente histrionismo (sic). En el mundo comunista, las cualidades del trapecista en el momento decisivo.

 

Al examinar el derrotero del comunismo soviético, la notable historiadora ruso-francesa Hélène Carrère d’Encausse comprobó que en los años finales del régimen –cuya caída fue pionera en anunciar– “nadie sabía quién era verdaderamente comunista, pero si se quería disputar el poder había que hacerlo invocando la fidelidad comunista”.

 

Sin que la tentación de la analogía aliente la pereza del pensamiento, cabe observar que los fenómenos de larga duración contienen tiempos de agonía en los que algunos actores invocan fidelidades –en nuestro caso, el peronismo– que luego emplean como instrumentos de dominación.

 

El escenario mundial vive una crisis en expansión. Los fracasos del ex presidente G.W. Bush han sido descriptos con elocuencia. Una Norteamérica manifiestamente imperial, unilateralista y soberbia desarrolló un poder, sobre todo militar, con recursos que superan la suma de todos los presupuestos militares nacionales. Esta primacía permanece, aunque al costo de un poder desnudo de autoridad. El auctor, decían los clásicos, era tal cuando se convertía en factor de certidumbre, en garantía de amistad social y en buen explorador del tiempo en que le toca vivir. ¿Es preciso alertar analogías con el proceso político de la Argentina actual? Son patentes, salvo para quien no quiera verlas…

 

Los mejores escrutadores del proceso político y económico norteamericano no se engañaron. Stanley Hoffmann, fundador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard, escribía ya en 2003 que “Norteamérica estaba en retroceso” y debía reconocer la urgencia de una nueva política interna e internacional. No obstante, contra lo que muchos esperaban durante la primera presidencia de Bush, las fuerzas políticas se mostraron sorprendentemente sumisas y silentes. Incluso buena parte del periodismo fue reacio durante mucho tiempo a la crítica profunda de una política presidencial apoyada por republicanos, tales como Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz que ya habían mostrado la hilacha cuando en tiempos de Clinton se enfurecieron porque se negaba a proclamar la “hegemonía estadounidense”. Cuando integraron el entorno íntimo de Bush, la “guerra contra el terrorismo” se planteó como una suerte de Segunda Guerra Mundial.

 

Aun antes de la irrupción de Barak Obama, el escenario nacional e internacional había cambiado fundamentalmente. Como Hoffmann señaló con penetración y coraje intelectual, las criticas más duras contra los objetivos imperiales estadounidenses se dirigieron contra Bush después de 2001: el nuevo unilateralismo y la negativa estadounidense a aceptar la Corte Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto y el control de armas en general, así como por la ostentación de su dominio. Pero había otra categoría de críticas: a la creencia norteamericana de que la globalización debía llegar únicamente en la forma ortodoxa de las políticas del libre mercado y favorables a los negocios. Por lo pronto muchos europeos, y no sólo ellos, la consideraban una renuncia de la responsabilidad del Estado en cuanto proveedor de justicia social, servicios públicos y redes de seguridad para los pobres, los desempleados y los trabajadores. Así también sucedía con la resistencia a aceptar códigos de conducta para las corporaciones multinacionales. Una de las contradicciones más flagrantes se daba en la imagen que los Estados Unidos tienen de sí mismos como fuerza a favor de la democracia y los derechos humanos, porque al mismo tiempo apoyaban dictadores y mostraban indiferencia con las víctimas del genocidio en Ruanda y Darfur.

 

Este cuadro, y otros trazos que podrían incorporarse, exhiben la obvia relación entre política interior y política exterior. También entre nosotros en términos de política interior las falencias han sido frecuentemente señaladas. Por polémico que sea el examen de la política, creemos que hay coincidencias explícitas entre intelectuales independientes y analistas no sometidos a la disciplina del poder de turno, respecto de la baja calidad de la mayor parte de nuestra dirigencia, debido en primer lugar a nuestra pobre cultura política, aunque en otras dimensiones del pensamiento, del arte y de la ciencia existan casos ejemplares procedentes de los diferentes sectores sociales.

 

Una trivial lectura de la historia, una interpretación de la sociedad y del funcionamiento de las instituciones propia de un Estado anómico, así como la carencia de una ética pública gravemente herida por conductas corruptas, merecen el recuerdo de una afirmación clásica de Aristóteles: “Quien rehúsa reconocer lo que es manifiesto, o miente, o manipula la ley, desprecia a quienes se dirige, porque sólo delante de aquellos a quienes despreciamos no expresamos vergüenza”.

 

Como escribió Antonio Machado en sus deliciosas coplas, “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. ¿Cómo nos ve el mundo, cuando tiene interés en vernos? En el escenario internacional nuestro desempeño ha sido reflejo de las carencias internas. Suele ser muy difícil que una personalidad mediocre se proyecte con lucidez. En 2004 un grupo de investigación coordinado por el académico Juan G.Tokatlian produjo el libro “Hacia una nueva estrategia internacional. El desafío de Néstor Kichner” que culmina con veinticinco propuestas para una nueva estrategia internacional de la Argentina. El capítulo final parte de una comprobación: “A diferencia de otros países de la región, la Argentina no padece una aguda y extendida situación crítica, sino que vive un notable proceso de declinación de más larga data y que se ha desplegado por más de medio siglo”. Necesitamos de una nueva estrategia internacional para interactuar, por ejemplo, con Brasil y los Estados Unidos. Necesitamos dotarnos de una estrategia comprensiva y rigurosa de negociación, pues en medio de la crisis se están abriendo procesos y acuerdos económicos fundamentales que condicionarán inexorablemente la calidad de vida de nuestros compatriotas por varios lustros…

 

La propuesta es en favor de una gran estrategia que suponga planeamiento con la contribución del mundo intelectual, armonización de política exterior y defensa, modernización de la Cancillería bajo criterios de mérito, competencia y profesionalismo, y fortalecimiento institucional del Estado; pero también acceso de la ciudadanía a los asuntos de política exterior, y mayor transparencia de gestión para superar el amateurismo dominante.

 

 

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