Revista Criterio
Sociedad
Nº 2350 » Julio 2009

El próximo nunca más

por Estévez, Roberto M. · Comentar 

¿Realmente esta­mos viviendo una crisis de valores? Los valores, ¿son universales y absolutos o dependen de tiempos y cultu­ras? ¿Son religiosos? ¿Tie­nen que ajustarse a lo que “a mí me gusta” o “a mí no me gusta”?

 

 

Enseño Filosofía Práctica desde 1981, hoy en las materias Ética Económica y Filosofía Política. En todos los cursos suelen aparecer cuestionamientos sobre la subjetividad u objetividad de los valores. Entonces comparto un texto de Ernesto Sabato: “Sé lo que me escriben los chicos, los adolescentes. ¿Qué hacer? ¿A dónde vamos? Y de ahí viene el famoso asunto del fin de las ideologías, que ahora están muertas, bien muertas, felizmente muertas. Pero eso no significa que tiene que haber una crisis mundial. La sacralidad del hombre, el ser humano, que no consiste simplemente en la palabra, consiste en que sus hijos no mueran de hambre, en que no sean torturados por tener ideas parecidas a las de Cristo, casi idénticas a las de Cristo. ¿Qué ideales? Iba a decirlos: siempre será bueno que el hombre sea libre, siempre será bueno que no haya esclavos, siempre será bueno que no haya pueblos oprimidos, siempre será bueno que no haya persecuciones raciales, siempre será bueno que un chiquito no muera de hambre” (“La corrupción, riesgo de la democracia”, La Nación, 29/11/92).

Luego les propongo que hagamos el ejercicio de “sentir”, comenzando por nuestra propia temperatura corporal; y les digo en tono de voz neutro: “Todo es verdad y todo es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”.

A continuación, de modo un poco enfático, menciono: “Auschwitz - Hiroshima - Vietnam”. (Algunos chicos me han observado que estas palabras no les resultan tan significativas como los casos de abuso o de violencia que aparecen en los diarios).

Y reitero en el tono neutro inicial: “Todo es verdad y todo es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”.

Según la confianza lograda con el grupo será la riqueza del diálogo posterior, pero todos concuerdan en que la primera vez que escuchan la frase la temperatura es tibia, arropa, la perciben como de sentido común… Sin embargo, la segunda vez les da escalofríos… porque hay cosas que no deberían haber sucedido nunca y no deberían volver a suceder nunca más.

 

Las dos “verdades”

 

La cultura en la que vivimos nos propone dos “verdades” contradictorias, porque si todo es verdad y todo es mentira no puede haber algo que para siempre no deba ser. Nunca más. El problema tiene larga data filosófica, pero la versión “de entrecasa” podría ser: cuando convierto en un absoluto moral el largo de la manga, de la falda, el uso del tatuaje o del arito, lo que devalúo son los absolutos morales. Pudiendo llegar a devaluar valores tales como: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 26 de agosto de 1789).

Esta inconsistencia moral permitió que “los unos y los otros” justificáramos revueltas, revoluciones o golpes contra regímenes constitucionales en 1890, 1930, 1943, 1955, 1962 (luego de 26 asonadas) y 1966, hasta llegar a la desgraciada situación que describe el primer párrafo del Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP): “Durante la década del ‘70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Dalla Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura.

La respuesta local fue distinta. En Italia el nunca más al fascismo reflejó la comprensión de los dirigentes y de la gran mayoría de la sociedad de que hay valores absolutos aun cuando existan muchas cosas relativas. Esa convicción inicial les permitió comprender la nueva situación (el terrorismo) a partir de los valores internalizados en la reflexión del postfascismo.

 

La falta de “contenido”

 

El segundo problema es la falta de contenido de nuestro discurso sobre los valores. Todos los días vemos a “malabaristas de cajas” hablando de “valores”, crisis de “valores” y falta de “valores”, pero cuando les pedimos que abran sus cajas, encontramos el más absoluto vacío.

Los valores pueden ser percibidos, sentidos y entendidos. Son cosa del “corazón”, entendido éste en la perspectiva hebrea, como centro de nuestro ser y no como emociones que prescinden de lo que nos dice nuestra inteligencia o nuestra corporalidad. En esta línea cabe agregar la visión de Mario Bunge: “Es sabido que algunos juicios de valor son subjetivos, mientras que otros son objetivos. Por ejemplo, yo no puedo justificar que Mozart me guste muchísimo más que Bartók. Acaso pueda explicar esta preferencia en términos de mi educación, pero no puedo dar razones valederas. En cambio, todos podemos dar buenas razones para preferir el agua potable a la contaminada, la justicia a la injusticia, la solidaridad al egoísmo, la libertad a la tiranía, la paz a la guerra, etc. O sea, hay valores objetivos y por lo tanto justificables, además de los subjetivos, que son mera cuestión de gusto” (“Ciencia y filosofía, un matrimonio difícil”, diario La Nación, 10/4/2000).

 

El próximo “nunca más”

 

Inevitablemente los valores subyacen a toda acción política porque “toda acción política está encaminada a la conservación o al cambio. Cuando deseamos conservar, tratamos de evitar el cambio hacia lo peor; cuando deseamos cambiar, tratamos de actualizar algo mejor. Toda acción política, pues, está dirigida por nuestro pensamiento sobre lo mejor y lo peor” (Leo Strauss, Qué es la filosofía política).

La dimensión de un daño se comprende cuando se descubre cuál es la idea de bien que preside sus actos. ¿Cuál es el bien que dirige la política argentina hoy? ¿Qué es lo que se desea alcanzar o se desea que no cambie? ¿Es verdaderamente un bien moral y, por tanto, un absoluto moral? ¿Es una mezcla de bienes (como suele suceder muy frecuentemente) o un valor particular y relativo, como la sola permanencia en el poder sin un para qué que trascienda a sus beneficiarios?

Si la respuesta fuese la última estaríamos ante una verdadera oligarquía (el gobierno de unos pocos en provecho propio, al decir de los griegos), ante la realización del ideal final de acceder y permanecer en el poder (como los neomaquiavélicos fascistas de la década del ‘30), o ante un régimen de partido dominante como el PRI mexicano (Partido Revolucionario Institucional, que mantuvo el poder absoluto entre 1929 y 1997 reivindicando el monopolio de progresismo social y de la defensa de lo público desde el control del aparato estatal, apelando incluso a la violencia y al fraude).

En política hay valores morales y, por lo tanto, hay también absolutos morales; hoy sabemos que la vida de los ciudadanos, su libertad y su propiedad no son opinables moralmente. Sobre la vida arrancada por un Estado que asume la lógica de la violencia, el informe de la CONADEP comenzó a escribir la historia de los absolutos morales para la política argentina; incluyó también las violaciones de la libertad de tránsito, de publicar las ideas, de celebrar el culto y la garantía de la propiedad.

El próximo nunca más deberá incluir la desatención de la salud y de la educación a pesar de haber multiplicado los recursos suficientes, la generación de pobres como objetos pasivos y no como sujetos de su destino trabajador, las amenazas a los opositores y su hostigamiento impositivo, la violación de la libertad de prensa, el fraude electoral, la confiscación de bienes, el financiamiento de campañas con fondos extranjeros y la estimulación del juego. En fin, la “suma virtual” del poder público por parte de cualquier ciudadano, incluso por parte de aquellos a quienes nadie ha elegido.

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