Revista Criterio
Sociedad
Nº 2348 » Julio 2009

Mayo

por Di Stefano, Roberto · Comentar 

¿Por qué abrir en Criterio un espacio para rememorar hechos que de alguna manera se vinculan con la Revolución de Mayo? La respuesta más obvia está contenida en la misma pregunta: esos hechos se relacionan con ese acontecimiento fundamental para la historia de las sociedades que habitan estas latitudes que es el inicio de la revolución de independencia. En esta página vamos a rememorarlos y a convocar a distintos historiadores para que nos ayuden a comprenderlos. Vale la pena, sin embargo, despejar previamente algunos posibles equívocos. El primero es que no lo hacemos con espíritu conmemorativo: la proximidad de la celebración del bicentenario es un pretexto, más que un acontecimiento que le dé sentido a la tarea de visitar el pasado. El segundo es que los hechos acaecidos antes de 1810 que vamos a recordar tienen que ver con la revolución, pero fueron protagonizados por hombres que ignoraban que ella tendría lugar. Evocarlos debiera ayudarnos a tomar conciencia de que la revolución no fue el producto de una voluntad que deliberadamente trabajó para realizarla. Tomar plena conciencia de ello, aprender a pensar el pasado poniéndonos en el lugar de los protagonistas, puede ser un ejercicio útil. Se trata de renunciar a la tendencia, que se advierte fuera del ámbito de los especialistas, pero también entre algunos de ellos, a buscar en cuanto ocurrió antes de mayo de 1810 cuanto puede contarse entre sus “antecedentes”, como si los hechos sólo tuvieran importancia o sentido en la medida en que condujeron en esa dirección.

 

Conviene, en efecto, situarse en la coyuntura internacional y local para entender mejor lo que ocurrió. El sustrato de conocimientos de que está provisto quien ha estudiado la historia en la escuela suele atribuir intencionalidades demasiado definidas a individuos e instituciones que en realidad, lejos de estar animados por proyectos claros y firmes, fueron más bien presa del estupor y de la alarma por el derrumbe –que parecía definitivo– de la monarquía en 1808. Las conductas asumidas, las tomas de posición de los muchos actores involucrados, fueron cambiantes y tal vez erráticas, fruto en buena medida de los cambios vertiginosos que se produjeron en las alianzas internacionales y en la política regional en los años posteriores a 1805, cuando la catástrofe de Trafalgar terminó de cortar las ya maltrechas comunicaciones con la península.

 

El desconcierto y la necesidad de encontrar una salida al vacío de poder que se creó en 1808 explican mejor cuanto ocurrió en esos años que la lucha entre proyectos políticos e ideológicos encontrados. La discusión de ideas no fue antes de 1810, ni tampoco en el momento del estallido de la revolución, una cuestión central. En la Iglesia argentina permanecen todavía vivos los resabios de una discusión que a partir del primer Centenario enfrentó a historiadores católicos con otros de tendencia liberal y de izquierda. Es la controversia en torno a las fuentes ideológicas de la revolución. La idea de que fue la llamada neoescolástica española del siglo XVI y no la Ilustración dieciochesca de cuño francés la que proporcionó a los revolucionarios el herramental conceptual necesario para pensar la ruptura con la península. Esa disputa, que arreció en la Argentina de entreguerras y aún después, respondía en el fondo a problemas que no pertenecían tanto a la esfera académica como a la política. Y escondía otra controversia, que se estaba librando entonces, en torno al lugar que la Iglesia debía ocupar en una sociedad en la que comenzaban a flaquear las fuerzas secularizadoras predominantes en los últimos decenios del siglo XIX y en la que el catolicismo estaba recuperando la iniciativa. El mensaje católico era bastante sencillo: si la Iglesia, a través de su clero y de las ideas fundamentales, había acompañado a la nación en su doloroso parto, la sociedad argentina debía reconocerse ligada a ella por una deuda moral imposible de saldar, devolverle el lugar eminente en la vida pública que el siglo XIX le había negado. Para la comprensión de la historia, en cambio, esa discusión no tiene mucho sentido. En principio, porque los revolucionarios, en la desesperación por llenar sucesivos vacíos de poder antes de que lo hicieran otros, apelaron a todas las ideas disponibles, combinadas a menudo con escasa coherencia en discursos que sostuvieron con constancia todavía menor. El problema de mayo fue de orden jurídico, no ideológico. Consistió en encontrar una salida jurídicamente legítima al problema de la vacancia real, no en imprimir un sesgo ideológico determinado a la ruptura con la metrópoli. Puede argumentarse que esas soluciones jurídicas emanaban de un sustrato religioso, pero ¿qué no lo era en la monarquía católica hispana?

 

La ruptura con la monarquía, por otra parte, parece haber sido concebida de manera dispar por los diferentes actores en juego. Todos, en principio, estaban más preocupados por heredar el poder disuelto que por construir uno nuevo sobre sus ruinas. Sin duda algunos creyeron que, en la nueva coyuntura, pensar en la independencia era menos descabellado de lo que parecía poco tiempo atrás. Pero no es claro que todos entendieran la independencia del mismo modo, ni que se tratara de algo que tuviera las connotaciones que nosotros le adjudicamos hoy. En todo caso, la situación de incertidumbre desaconsejaba precisar los objetivos de una revolución que reunía a hombres animados por diagnósticos e intencionalidades muy disímiles. Aunque en mayo de 1810 parecía improbable una restauración de Fernando VII como la que se produjo sólo cuatro años después, había varios escenarios futuros posibles.

 

Nada de ello quita valor a la tarea de rememorar lo que ocurrió, no porque la historia pueda enseñarnos a no cometer los mismos errores –de hecho, si algo nos enseña es que somos capaces de cometerlos una y otra vez por más que la estudiemos–, sino porque puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestro pasado y nuestro presente. La historia no se repite, como quieren los que dicen que la Argentina siempre es la misma y otras ligerezas por el estilo, destinadas a incrementar fácilmente las ventas más que a contribuir al conocimiento crítico del pasado. De un pasado que, al menos para nuestra cultura occidental, es importante para situar el presente en una adecuada perspectiva y comprenderlo. De un pasado, además, cuyo estudio puede proveernos de herramientas de análisis para entender el presente. ¿Vale la pena observar, por ejemplo, que el contexto histórico de 1808-1810 –con sus perplejidades y sus incertidumbres, con sus disputas no siempre patrióticas por el poder, con sus enfrentamientos facciosos, con su sensación de derrumbe– es más parecido a nuestro presente que los fastos del primer Centenario, que celebraron la victoria de una Argentina que a la postre, tras innumerables vicisitudes dramáticas, había por fin logrado posicionarse entre los países ricos e influyentes.

 

Con ese ánimo, completamente libre de la pretensión de poseer “verdades objetivas”, consciente de que existen múltiples lecturas del pasado y del presente que pueden considerarse verdaderas, Mayo va a ofrecer a los lectores de Criterio algunos documentos breves o fragmentos de ellos, de ser preciso acompañados de una mínima contextualización, y a darles la palabra a historiadores que tienen algo que decir sobre lo que pasó hace 200 años.

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