Tal como ocurre con los vuelos, en los mercados de capitales sólo son «noticia» las escasas caídas bruscas, pero no los miles de aperturas y cierres cotidianos, aunque acumulen enormes subas en muy poco tiempo. Sin embargo, para entender la abrupta baja de las bolsas del mes de octubre pasado, y cuáles pueden ser sus consecuencias para la Argentina, haría falta una explicación cabal de aquellas subas. No la tenemos, pero pueden sugerirse algunas hipótesis.

 

El primer mensaje de octubre es que, en economía, casi siempre es mejor anticiparse a los hechos y dar lugar a un aterrizaje suave que exponerse a que cunda el pánico. Las lecciones del efecto tequila son bien claras al respecto, aunque todavía no han sido del todo aprendidas. Nada menos que en los EEUU, las advertencias del presidente del Banco de la Reserva Federal, Alan Greenspan, sobre la «exuberancia» de las bolsas desde diciembre pasado, no fueron suficientes al no acompañarse con el mazo dando de una suba más contundente de las tasas de interés.

 

El segundo hecho a tener en cuenta es la colosal dimensión financiera de la globalización. Hace apenas una década, las transacciones cambiarias cotidianas en Nueva York, Londres y Tokio eran de apenas 190 millardos (miles de millones) de dólares, y en la actualidad se acercan a un billón y medio de dólares. En 1990, los países emergentes recibían entradas de capitales anuales de 50 millardos, mientras que en 1996 el monto alcanzó los 336 millardos.

 

Las razones de fondo de esta explosión, como se dijo, no están del todo claras. Pero las hipótesis más plausibles deben buscarse en el efecto de tres choques concurrentes, todos ellos de signo positivo. El primero, es la aceleración del cambio tecnológico, determinante de un aumento de la productividad del capital y del trabajo de tal magnitud que hacen falta menos ahorros para mantener un mismo ritmo de crecimiento. El segundo es la crisis final del comunismo, con la consecuente caída del riesgo político en todo el mundo. El tercero es la realización de reformas pro-mercado en muchos países emergentes.

 

Por estas y otras razones, ya son varios los autores que sugieren el comienzo de una nueva era, signada por el alto crecimiento y la baja inflación. Está por verse, pero sí es indudable que las oportunidades de inversión se han multiplicado por doquier, y sobre todo en los países emergentes. Las entradas de capitales permiten a estas naciones invertir y crecer más rápido de lo que podrían hacerlo si dependieran de su propio ahorro.

 

Empero, naturaleza humana mediante, no son pocos los (países) que confunden esta posibilidad con la de vivir permanentemente por encima de sus recursos. Así fue como uno o los dos «déficit gemelos», el fiscal y el de divisas, se estiraron en muchos países más de la cuenta o por demasiado tiempo. A ello se le agregaron las consabidas triquiñuelas. Allí donde empezó la crisis, en el Asia Pacífico, se abusó de los préstamos bancarios digitados, a empresas vinculadas, con el consecuente deterioro de la calidad del sistema financiero y la sobrevaluación de los activos. La situación aparece diferente en Hong Kong y esto es una buena noticia para la Argentina porque compartimos con ellos el sistema de convertibilidad que, aparentemente, acumularía ahora su segunda prueba de fortaleza en menos de tres años.

 

Es bien sabido que, en economía, los pronósticos no son tan exactos como para permitir el enriquecimiento de la profesión. Así y todo, parece evidente que la actual «corrección bajista» -la primera crisis financiera de naturaleza global- terminará siendo básicamente saludable para la mayoría de los países, aunque más costosa que si se hubiera actuado a tiempo. Se limarán los típicos excesos especulativos de las épocas de abundancia de fondos, pero ello no impedirá que aquellos países emergentes con buenas políticas económicas puedan seguir creciendo, según es típico de las dos últimas décadas, por encima de los países desarrollados.

 

«Buenas políticas económicas» incluye ante todo mecanismos institucionales y de política fiscal que impidan los excesos deficitarios del gobierno y del sector externo. Ni la Argentina ni, bastante menos, Brasil, cuentan todavía con esos mecanismos. A los gobiernos de ambos países les está dada ahora la oportunidad de efectuar las imprescindibles e impostergables correcciones, todavía compatibles con la estabilidad y el crecimiento, aunque éste sufrirá una cierta desaceleración.

 

Algo semejante puede decirse en el plano internacional, donde tampoco contamos (¿todavía?) con los mecanismos institucionales globales capaces de evitar los excesos especulativos y los consecuentes pánicos o casi. Menuda tarea, pero no imposible. Curiosamente, lo que están demandando los mercados de capitales es un papel prudencial y coordinador de los gobiernos, creativo y bien diferente del estatismo del pasado.

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