Pensar la sociedad moderna sin la intensa y compleja red de medios de comunicación que caracteriza a nuestros tiempos -aunque a alguno pueda parecerle un sueño paradisíaco- es tan absurdo y nocivo como no querer reflexionar y debatir sobre esos medios, sobre la relación entre ellos y la vida social, sobre su responsabilidad y la nuestra, en cuanto lectores, oyentes o televidentes.

 

Aquí nos proponemos ocuparnos más específicamente de la relación entre los medios de comunicación y la cultura. La brevedad de un artículo periodístico nos exime del análisis sobre el término “cultura”, que ya de por sí bien merecería más de un editorial. No discutamos ahora si hacemos referencia al concepto clásico universal o al antropológico-social. Aceptemos lo que nuestra primera y honesta percepción pueda entender por cultura. Respetemos, al menos inicialmente, la idea que sugiere su etimología: pensamos en todas las disciplinas que se dedican al cultivo del intelecto y del espíritu.

 

Observemos, además, que la cultura es un bien tan imprescindible como delicado y que, así como no hay sociedad sin cultura, su evolución y su alcance a todos depende de un constante trabajo de las instituciones y de los agentes culturales.

 

Cada vez más, advertimos que los medios hacen a la cultura. Para bien o para mal. Proponemos aceptar un dato de la realidad. Luego se verá en qué medida ese dato es susceptible de ser modificado.

 

El temor de muchos intelectuales ante las así llamadas “realidades virtuales” que abarcan las mentes y la sensibilidad de los jóvenes, por culpa de los medios audiovisuales contemporáneos, se parece al que sintió el mundo académico y religioso ante el auge del cine en la primera mitad de nuestro siglo, o ante la literatura de ficción en las anteriores centurias. Siempre hubo desconfianza ante esas formas juzgadas “evasivas” que descolocaban a la persona con respecto a la realidad. Como si definir la realidad, fría y objetivamente, fuera asunto sencillo y sin problemas.

 

Con lo dicho no pretendemos justificar la creciente injerencia de los medios en la vida de las personas. Simplemente anotamos, una vez más, que mejor que luchar contra molinos de viento es reconocer que son sólo molinos y aprovechar sus energías.

 

Una sociedad mediática no necesariamente debe ser mala. Al menos no tan mala como la que nos toca en suerte vivir.

 

Las falsas generalizaciones

 

Una distinción que se impone es la de advertir el peligro que toda generalización comporta. No todo el periodismo es igual. Eso está claro. No todos los medios trabajan de la misma manera.

 

Aunque los escépticos sostengan que no son muchos los diarios, las radios y los canales que valgan la pena ser considerados, debemos señalar que hay buenos periodistas y buenos programas. Así como hay (¿quién lo pondría en duda?) algunos mediocres y otros malos.

 

En el reciente Festival de Cine de Mar del Plata, según el diario que se leyera, se tenía la impresión de que se estaba hablando sobre esa muestra fílmica o sobre otra imaginaria. Claro, los intereses comerciales cuentan, y un muy difundido cotidiano porteño parecía empecinado en no advertir los errores y las desorganizaciones que perturbaron notablemente los primeros días.

 

Malo es mentir, confundir los hechos, no jerarquizar las noticias, buscar el escándalo, llevar la primicia al nivel de bien supremo, usar lenguajes y actitudes imprecisas, irrespetuosas, chabacanas. Malo es creer que siempre hay que ocupar los silencios y los espacios, pensar por los otros, hacerle la agenda a la mañana a la gente, exacerbarla con estupideces al mediodía, destruir todo vestigio de buen gusto a la tarde y, sin piedad, seguir este “cambalache discepoliano” de noche.

 

Malo es sostener que un buen programa debe ser en vivo. Sería como pensar que un libro no debe ser corregido antes de editarse. Malo, si no pésimo, es cierto inevitable protagonismo de opinadores y comunicadores que parecen creer que el mundo gira a su alrededor y que nosotros, casi imbéciles, esperamos de ellos la clave para entender lo que pasa y entendernos a nosotros mismos.

 

Bueno es siempre el periodismo inteligente, sabiamente provocativo, estimulante, el que informa con fuentes seguras, el que privilegia los hechos y no las meras anécdotas.

 

Bueno es el debate amplio, pluralista, respetuoso. Nunca el show. Nunca la sobreactuación. Nunca el mero rating.

 

Es más importante lo que se dice que no a cuántos se lo dice. Porque decir cosas serias a pocos puede parecer algo triste, pero decir pavadas a muchos es tristísimo.

Preocupa que un analista económico opine sobre pintura. Preocupa que un periodista deportivo pontifique sobre cuestiones político-institucionales, o que un comentarista político elogie o critique un determinado concierto musical.

 

Conviene repensar el papel del periodismo y los medios en general. Los medios son medios, así de sencillo. Es decir, median entre realidades, ideas, personas y el público en general.

 

Esto, llevado a la cultura, significa que el periodismo cultural -imprescindible en la sociedad actual- debe informar y poner en relación obras y creadores con el público.

 

El periodismo, por definición, es en la medida en que no es. Es, si sabe no ser. Cumple su función si actúa de puente, de lugar de encuentro.

 

Tarea nada fácil. Hay que entender de qué se trata. Hay que leer y estudiar. Hay que tener olfato y sentido para detectar lo que cuenta. Hay que saber preguntar, respetuosa pero implacablemente. Hay que traducir a un lenguaje accesible a muchos lo que normalmente los iniciados de toda disciplina dicen en jergas semiprivadas.

 

Pero divulgar no es tarea menor y, menos aún, poco meritoria. En una sociedad culta lo importante es entender de qué se habla y proponer razones. Lamentablemente, por paradójico que parezca, el lenguaje -gran instrumento de los medios- es muchas veces usado con tanta falta de conocimiento y conciencia que desvirtúa al mismo mensaje. A veces es más peligrosa la ignorancia que la intencionalidad en la información.

 

Los buenos periodistas, por otra parte, no pueden sino ser independientes, casi naturalmente contrarios a todo sistema de poder establecido. También en lo cultural.

 

Así como el periodismo puede servir a la justicia denunciando y comunicando, pero no puede sustituirla, así también en el caso de la cultura no puede reemplazar a las academias, las universidades, los centros de estudio e investigación, la creación intelectual y artística.

 

Independencia también de los mismos creadores y sociedades culturales. Jaime Potenze siempre aconsejaba conocer poco a directores y actores si se quería ser buen crítico de cine. Que no hubiera otros sentimientos e intereses que pudieran enturbiar el encuentro entre el crítico y la obra.

 

Esto vale, y mucho, también en la crítica literaria, que a veces parece ser más una copia de solapas y de avisos, cuando no la mera descripción de un índice o una trama. Conocerse socialmente demasiado con los interesados puede dañar la imparcialidad del crítico. El amiguismo y otras cuestiones llegan incluso a salpicar certámenes literarios.

 

Agudos intelectuales observaron siempre la ausencia de una verdadera crítica, seria e independiente, en nuestro país, con honrosas excepciones.

 

La cultura no puede temerle al periodismo, ni éste a aquélla. Deben colaborar, debatiendo, enfrentándose, generando amplios foros de discusión. El tema es la calidad y la honestidad. Subrayemos que puede haber calidad sin honestidad, pero nunca honestidad sin calidad. Nos estamos refiriendo, claro, al debate cultural.

 

El papel del “consumidor”

 

Así como al periodista (y a todo comunicador social) le caben graves responsabilidades. Así como quien escribe o habla debe diferenciar siempre claramente entre informar y opinar (editorializar es noble y antigua tarea del periodismo, pero la opinión no debe invadir sin aviso los campos de la información a secas). Así como la responsabilidad de quien se dirige con su palabra a una multitud que desconoce es grave y debiera imponerle respeto y temor (las palabras pueden causar heridas hondas en el alma de la gente, que no siempre otras palabras después pueden curar).

 

Así, decíamos, como le caben responsabilidades al periodista y al comunicador, también le caben a quien lee, escucha o mira.

 

No podemos descargar todas las culpas en los medios. Cada uno de nosotros es quien elige. Y el peso de la elección debe hacerse sentir. Si no tuvieran rating ciertos impresentables programas y conductores no existirían. Si existen es por ellos y por nosotros. Ellos lo saben bien. Y les preocuparía una actitud menos pasiva y más comprometida de nuestra parte. Con su silencio, la sociedad muchas veces consiente. En política, en moral y en programas de televisión.

 

A la responsabilidad de los intelectuales en general por mejorar la presencia de la cultura en los medios se suma la de cada uno de nosotros. Hay programas buenos, indiferentes y malos. No es aceptable ir o sumar audiencia a ciertas propuestas de verdadera indecencia intelectual. No se puede hablar de todo, frívolamente, en apretados minutos y explicar el mundo y la condición humana todas las semanas.

 

El periodismo que vale sabe que una sociedad que cede el espacio de los filósofos, de los místicos y de los poetas a meros opinadores, va por mal camino.

 

Conviene aprovechar la multiplicidad de la oferta para privilegiar lo bueno. Conviene grabar programas radiales o televisivos de horarios incómodos para escucharlos o verlos en horarios posibles. Conviene siempre distinguir quién dice lo que dice. Conviene siempre atender a las firmas. No es lo mismo uno que otro. En la diferencia, muchas veces, se juega la verdad.

 

Saber elegir, ganar espacio en la lectura, en la contemplación y en el silencio (sin tanta televisión en trenes, subtes y bares, sin tanta música ambiental en tiendas y mercados, sin tanta diario-radio-teledependencia que tan bien ridiculizó Fellini en Ginger y Fred) puede ser un buen aporte a la sociedad, a la cultura y a los mismos medios.

 

Nada justifique dedicarle varias horas diarias a los medios de comunicación. Hay que ganar en calidad, mesura y oportunidad.

 

Por otra parte, recordemos que la demanda de calidad no es gratuita. De alguna manera hay que saber pagar la independencia, desconfiar de la mucha publicidad, no llorar sobre la oferta sino elegir. Elegir bien. Que es algo así como votar todos los días.

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1 Readers Commented

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  1. Mariam on 18 septiembre, 2018

    HOLA GRACIAS POR LA INFORMACION ES MUY BUENA LA INFORMACION

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