Una semana en Nueva York, ya engalanada para recibir la próxima Navidad, me ha puesto en contacto con lo que podrían ser dos extremos del arte del siglo XX. Por una parte la exposición en el MOMA de Egon Schiele, artista austríaco nacido en 1890 y muerto en 1918, revelador de un mundo expresionista muy característico de esos años de la Primera Guerra Mundial; por la otra, en el Museo Guggenheim de la Quinta Avenida, una retrospectiva dedicada a Robert Rauschenberg, una de las grandes figuras del arte norteamericano de los años 50 y 60.

 

La exposición de Schiele, constituida por dibujos, tintas y óleos, proviene de la Leopold Collection de Viena y ofrece un amplio panorama de la obra de este artista, tan tempranamente desaparecido. Pocas veces se podrá ver un conjunto tan representativo de sus obras. Esto tiene su lado bueno y sus aspectos negativos. El lado bueno está en que el contemplador puede seguir paso a paso la obra de un artista no muy conocido para el gran público. Sus obras en museos son más bien limitadas. Por eso Egon Schiele, conocido a través de esa escasa representación en los museos y algunas reproducciones, se ofrece aquí en una extensión inusual. Sin embargo, en esa circunstancia positiva está, también, su lado negativo. Tanto Schiele junto lo muestra muy reiterado en sus recursos expresivos, poniendo al descubierto sus limitaciones. Esa reiteración que lo coloca como dueño de un sistema compositivo descubre que ese aspecto es a costa de su propia expresividad. Al reiterarse se limita.

 

A través de ese dibujo crispado, con una línea nerviosa y gestual, cargada de emotividad, este artista trasunta una visión muy compartida en su generación acerca de esos años de guerra, que son también el final de una época dichosa. El hecho de que Schiele haya utilizado el autorretrato de manera insistente -ya que es él muchas veces el verdadero protagonista de esos dibujos- agudiza aún más esa visión trágica de la realidad.

 

Esta exposición, más allá de sus virtudes museológicas, o tal vez, incluso, formando parte de ellas, transmite una tristeza y un agobio de los cuales es difícil sustraerse. Responde así a una de las cualidades propias del arte: poner de relieve los sentimientos humanos y situarse en el quicio expresivo de una época. No es poco decir. Muestra a Egon Schiele como un excepcional dibujante, más allá de sus manierismos expresivos, que supo encarnar en sí mismo una manera de ver dramáticamente su tiempo.

 

En la retrospectiva de Robert Rauschenberg (nacido en Texas en 1925) también encontramos reflejada una época, o más bien una manera de interpretarla a partir del arte. Desde sus obras primeras en los años 40 este gran artista, sin duda, estableció rupturas expresivas, tanto por los medios que utilizó para manifestarlas, haciéndolo de manera muy libre y desinhibida, como por lo que trasuntó a través de ellos. El tiempo desfila a través de la sociedad consumista -o su crítica, más bien-, las imágenes que constituyen la iconografía de la época -como pueden ser el presidente Kennedy o Marilyn Monroe- y, particularmente, las formas de pintar o sus elementos sustitutivos, ampliando el campo de lo artístico. Rauschenberg acumula objetos e imágenes, lo hace en forma fragmentaria, sin jerarquizar ni ordenar nada, reflejando esa situación indiscriminada propia de nuestra época.

 

Vimos en esta exposición muchas obras ya conocidas y otras que nos resultaron familiares por lo mucho que se lo imitó después. Rauschenberg se constituye así en un clásico de los años 60. Tanto el Guggenheim de la Quinta Avenida como el del Soho y la Ace Gallery de New York han hecho posible esta gran exposición repartida en esos centros. El choque expresivo, la novedad y la sorpresa que estas obras pudieron tener en su momento ha pasado. Poco queda entonces, ya que su materialidad y realización formal siempre estuvieron en un segundo plano. Me animo a decir que no han resistido al paso del tiempo. Las vivencias que hemos acumulado en estos años siguientes, desde una multiplicidad de perspectivas, les ha quitado toda actualidad. No han resistido a su condición contemporánea devoradas por tanta cantidad de imagen que superpuebla al mundo de hoy.

 

El merchandising que suele acompañar a estas exposiciones no es menos cruel. Por 75 dólares se puede conseguir un paraguas con reproducciones impresas del artista, por 85 dólares seis tazas ídem, y por sólo once dólares con noventa y cinco un calendario. Algo a lo que ya nos tiene acostumbrados el rostro del Che Guevara mirándonos desde las remeras y camisetas en todo el mundo.

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