“Jamás los franceses han tenido una visión tan confusa de su porvenir. Afirmar que están preocupados es un eufemismo”. Con estas dos frases empieza el destacado sociólogo francés Michel Crozier su libro de gran actualidad titulado La crisis de la inteligencia. Un ensayo acerca de la impotencia de los dirigentes de reformarse. Su obra La sociedad bloqueada, publicada en 1970, había tenido en su tiempo una gran repercusión. Un destacado jurado acaba ahora de otorgarle a Michel Crozier el prestigioso premio Alexis de Tocqueville.

 

Las librerías de Francia están abarrotadas por decenas de libros cuyos autores se interrogan acerca del porvenir de su país. ¿Están quizás en la búsqueda de una nueva identidad? Ya no se trata de quién esté en el gobierno. Más que un problema político de izquierdas o de derechas, pareciera tratarse de una elección entre antiguos y modernos.

 

Estuve tres semanas en Francia -no solamente en París-. Y las preguntas acerca de su porvenir estaban en boca de todos. Francia es uno de los estados-nación más antiguos del mundo. Y el mundialismo -como denominan los franceses a la globalización- pesa día a día con más fuerza sobre sus tradiciones. Los franceses con quienes conversé -cualquiera fuera su signo político- coincidían en afirmar que el nuevo gobierno socialista es honesto y capaz. ¿Pero es ello suficiente? ¿Su visión del estado y del mundo no debería ser aggiornada ? Es ello posible en una nación que posee un estado muy fuerte, una descentralización aún no lograda, el jacobinismo, sometida a tiranías administrativas, y una dirigencia envuelta en un halo de cierta altivez, no siempre dispuesta a escuchar al otro. Los franceses, como acaba de recordarlo uno de sus hombres más lúcidos “el pueblo más inteligente de la tierra” ¿cómo lograrán insertarse en un mundo tan vertiginosamente cambiante y distinto del actual? Estos son los interrogantes franceses de la hora.

 

No se trata ya de quien gobierna; sí de quien implementará los cambios que la sociedad y el mundo le demandan. El 15 de marzo habrá elecciones cantonales en toda Francia y dos años después elecciones municipales en todo su territorio. Ellas reflejarán el estado de ánimo de sus habitantes en lo que hace a la actual conducción política que recién se estrena: hoy mayoritariamente socialista, comunista y “verde”. El presidente de la nación -a partir de mayo próximo- goza de la facultad constitucional -si así lo considerara oportuno- de disolver la Asamblea Nacional y llamar a nuevas elecciones generales. Ciertamente, no es el momento de hablar de ello. Habrá que seguir de cerca el activismo social y gremial de sus trabajadores.

 

A ello hay que agregar un tema al cual el gobierno prefiere no referirse: es que Francia -estado-nación por excelencia- se ve cada vez más sujeta en lo económico, monetario y social a los imperativos de Bruselas. El nuevo gobierno busca, al igual que el británico Anthony Blair, desmitificar el debate acerca de Europa.

 

Para quien observa y está deslumbrado por este milenario país, pareciera sin embargo que el problema básico es otro. O el país se encamina en los próximos 36 meses -no en 10 años- hacia su pronta modernización y los gobernantes de este “no aggiornado” estado de bienestar de posguerra llegan a otorgar más confianza al hombre, a su emancipación e infinito talento, sin encorsetarlo dentro de permanentes presiones impositivas, de seguridad social y de un sinfín de regulaciones. O por el contrario, el país continúa convencido que el estado puede y debe resolverlo todo. A título de ejemplo: Francia ha mostrado al mundo en estos últimos lustros avances industriales ciertamente notables, por sobre todo en las industrias de punta: espacial, telecomunicaciones, TGV, Airbus, electricidad. Pero ello no es admisible al costo de déficits pagados por toda la población. ¿Era imperioso invertir miles y miles de millares de dólares del contribuyente para subsidiar por ejemplo a Air France o al banco Crédit Lyonnais, por errores cometidos por anteriores administradores estatales no penalizados?

 

Y ello ocurre en un momento del mundo donde otros países, como ser los Estados Unidos, han logrado, gracias a la iniciativa privada, objetivos similares, creando además 9 millones de nuevos puestos de trabajo netos desde 1990, básicamente en los sectores de las nuevas tecnologías. Hoy en Francia -es triste señalarlo- algunos dirigentes emprendedores y empresas con iniciativas creadoras y capacidad de innovación, piensan en emigrar e instalarse en otros lugares fuera de Francia -Londres por ejemplo- en razón del peso de gravámenes demasiado onerosos. ¿Resulta beneficiosa para una comunidad esta emigración de talentos?

 

Francia está por convertirse en uno de los pocos países del mundo en el cual se intenta inducir a sus habitantes a trabajar menos. Me refiero al proyecto de ley de las 35 horas semanales a ser enviado a la Asamblea Nacional, y que será debatido en 1998 o 1999. Es intención aplicar la ley a partir del 1º de enero del año 2000. Los trabajadores cobrarían el mismo sueldo de hoy pero trabajando solamente 35 horas semanales. Implicará en los hechos un aumento de salarios. Los trabajadores verían reducidas a su vez sus contribuciones sociales. La diferencia la pagaría el estado con un nuevo impuesto al capital que debe aún ser debatido.

 

En el mundo de hoy no se crean empleos con el dinero público, De ser así todo sería más fácil. Por el contrario, los países más ortodoxos intentan hoy reducir los gastos públicos. La ironía radica en que los altos funcionarios franceses que proponen al mundo del trabajo trabajar en dos años 35 horas semanales, se desviven hoy trabajando muy fatigosamente 14 horas por día, en particular los “enarcas” (la “élite administrativa” egresada de la Escuela Nacional de Administración francesa (ENA).

 

El futuro de Francia puede considerarse hoy imprevisible. Pareciera difícil pero a su vez posible alcanzar nuevos logros. Ir al encuentro del facilismo y del confort no parecieran ser la manera más racional de ir al encuentro de la genialidad y creatividad francesas.

 

Todo indica que la futura relación entre el presidente de la nación y la oposición -hoy en minoría- se irá endureciendo. Por encima de todo no se perciben en el horizonte político de hoy, líderes transformadores con fuerza, dispuestos a aggiornar a su país e insertarlo en el vertiginoso proceso diario de la globalización. Se avizoran, sí, buenos “segundos” para cooperar en el cambio.

 

Y en este marco de referencia, no faltan los Cassandras de siempre: los que avizoran en Francia -dicen- crecientes dificultades y agitaciones sociales, quizás hasta un cambio de la actual Constitución francesa, redactada en su tiempo a la medida y a “la altura” de Charles de Gaulle y aun de François Mitterand, pero poco adaptable a las grandes transformaciones mundiales de la modernidad de nuestro tiempo.

 

Buscar transformar un estado-nación milenario fuertemente enraizado en sus tradiciones, en un país moderno y competitivo, abierto a las grandes ideas e innovaciones del mundo (léase por ejemplo la actual revolución informática y de Internet) no es tarea fácil, pero tampoco imposible.

 

Seamos sin embargo optimistas. Éstos también tienen su lugar destacado en la historia: en la futura historia de Francia, también.

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