Me piden una líneas para los lectores de CRITERIO. Lo hago con muchísimo gusto. No como despedida, sino como saludo. Aparte de la gratitud que les debo, por el afecto con que siempre me han acompañado, tengo una vieja deuda que saldar: prometí, una vez, escribir algo sobre mi experiencia como predicador del retiro en el Vaticano en la Cuaresma de 1974. ¡Es una de las tantas promesas que deseo y espero cumplir algún día!

 

Ahora que el Señor me pide el sacrificio doloroso y fecundo de Abraham -arrancarme de todos y ponerme en camino, apoyado sólo en la omnipotencia y bondad de un Dios que es padre y nos ama- quiero dejarles, con el corazón en la mano, un mensaje muy simple y fraterno.

 

Sepan que me cuesta mucho dejar la diócesis, el país, la familia, los amigos, una comunidad concreta… Pero sepan, también, que lo hago con la plena disponibilidad al Padre que siempre he predicado. Vale la pena decir al Señor que Sí con toda el alma, como María la Virgen del Silencio y de la Cruz.

 

Nunca quise trazar yo mi camino. Siempre tuve la certeza de que es Dios quien irrumpe providencialmente en nuestra vida.

 

Mi mensaje se reduce ahora a lo siguiente:

 

1. Amemos mucho a la Iglesia

 

Es preciso descubrirla en su misterio íntimo y concreto. Es la presencia sacramental de Cristo, el Salvador del mundo y Señor de la historia. Es el sacramento de la unidad, el signo e instrumento de la salvación universal. Vivan hondamente esta Iglesia nuestra que peregrina en cada diócesis, en cada país, en el mundo entero. Esta Iglesia en la que vive Cristo, inhabita el Espíritu Santo y preside visiblemente el papa Pablo. Yo les pido que, en su amor de Iglesia, tengan una clara dimensión universal. No se encierren en lo inmediato ni se queden en los límites de lo externo. Amen con pasión cristiana esta Iglesia concreta que se da en Buenos Aires como en África, en Mar del Plata como en Roma. La Iglesia es Cristo en medio de nosotros, esperanza de la gloria.

 

2. Vivamos en profundidad interior

 

Lo cual exige silencio y reflexión, oración y contemplación. Cada vez me convenzo más de que es desde allí de donde debe brotar la palabra y la acción, el cambio y la novedad pascual en la Iglesia y en el mundo. La renovación evangélica que yo deseo seguir promoviendo en las congregaciones religiosas e institutos seculares de todo el mundo tiene como base la fundamental actitud de Nuestra Señora: recibir en la pobreza la palabra de Dios, rumiarla en el silencio de la contemplación y realizarla en la sencillez de la entrega cotidiana. Esto es válido para todo el mundo: sacerdotes, religiosos y laicos.

 

Hoy la Iglesia de la Palabra y la Profecía, de la Encarnación y la Presencia, tiene que ser la Iglesia del silencio, la oración y la contemplación. Lo cual exige, en todos, momentos fuertes de experiencia de Dios en el desierto.

 

3. Caminemos juntos en la esperanza

 

En un momento tan difícil y oscuro, tan lleno de incertidumbre, miedo y pesimismo, es preciso seguir gritando la esperanza. Pero la esperanza cristiana, que brota de la cruz pascual, que es segurísima firmeza en la permanente presencia del Cristo Resucitado y que nos exige a todos actividad y compromiso.

 

Cristiano es aquel que espera y sabe dar razón de su esperanza. Quisiera, antes de partir, decir a todos mis hermanos que no tengan miedo, que Cristo resucitó y vive, y que es preciso construir juntos un mundo más fraterno y más humano. Un mundo en el que esté verdaderamente Cristo, el Príncipe de la Paz y nuestra bienaventurada esperanza.

 

Amor a la Iglesia, profundidad contemplativa, firmeza creadora de esperanza: ése es mi único y brevísimo mensaje.

 

Nos lo concederá infaliblemente el Señor, si lo pedimos con sencillez de pobres. Nos acompañará María Nuestra Madre: la Madre de la Iglesia, la Virgen de la contemplación, Nuestra Señora del Camino y la Esperanza.

 

Lo pediremos unos por los otros: ustedes rezarán por mí (¡lo necesito tanto ahora!) y yo lo pediré con toda el alma por ustedes.

 

Quiero que en Cristo y en María llegue a todos los queridos amigos de CRITERIO -director y consejo de redacción, colaboradores y lectores- mi abrazo sincero y mi sencilla bendición de pastor, hermano y amigo.

 

 

 

Eduardo F. Pironio

Arzobispo de Thiges, proprefecto de la

S. Congregación de Religiosos e Institutos Seculares

30 de septiembre de 1975

 

 


Pironio en CRITERIO

 

Un concilio para nuestro tiempo, n. 1411, 13 de septiembre de 1962, pp. 648-650.

Reflexiones sobre el Concilio, n. 1436, 26 de septiembre de 1963, pp. 646-648.

El verdadero sentido de la Conferencia de Medellín, n. 1603, 10 de septiembre de 1970, pp. 615-616.

Teología de la liberación, n. 1607, 12 de noviembre de 1970, pp. 783-790; n. 1608, 26 de noviembre de 1970, pp. 822-824.

Hacia una Iglesia Pascual, n. 1617, 8 de abril de 1971, pp. 182-184.

Latinoamérica: ‘Iglesia de la Pascua’, n. 1652, 28 de septiembre de 1972, pp.520-526.

Reflexiones sobre la alegría, n. 1721, 14 de agosto de 1975, pp.424-428.

Brevísimo saludo de monseñor Eduardo F. Pironio, n.1725, 9 de octubre de 1975, pp. 551.

Monseñor Pironio en la Santa Sede. Editorial de CRITERIO, n. 1725, 9 de octubre de 1975, pp. 547-550.

María y el misterio pascual, n. 1834, 24 de abril de 1980, pp. 201-205.

Una nueva conciencia de ser Iglesia. Entrevista de José María Poirier y Laura Moreno, n. 2128, 10 de marzo de 1994, pp. 53-56.

El retiro del cardenal Pironio. Comentario de CRITERIO, n. 2183, 26 de septiembre de 1996, pp. 509.

Escuchar y anunciar sin temor, n. 2185, 24 de octubre de 1996, pp. 580-584.

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