Se puede ir hacia el destino ciegamente, como hacia la punta de un cuchillo. Se pueden ir perdiendo las cosas, y la noción de las cosas. A veces se pierde la felicidad, sin saber que la teníamos. Se puede estar hecho para percibir sólo lo bueno, y luego correr sin descanso hasta el lugar más apartado, “porque los desgraciados no tienen paz sobre la tierra”. O se puede encontrar finalmente esa paz, por distintas maneras, como nos muestra esta película.

 

Meticuloso, de un gusto exquisito, y atento a sus principios contracampistas, Nicolás Sarquís presenta aquí su última fatiga, un relato sobre seres agónicos que conjugan de un mismo modo el dolor y el amor. La acción transcurre por los años veinte, en una casona de campo frente al inmenso río Paraná, donde se instala un matrimonio de nobles alemanes, huyendo de males que llevan dentro suyo. La película se inspira en una novela, y ésta, en hechos reales.

 

El entrerriano –más aún, nogoyaense– Diego Angelino escribió Sobre la tierra como una pintura de inmigrantes e hijos de inmigrantes, y viejos criollos, buscando el lugar que les corresponde en este mundo, sea cruzando el mar, cruzando la calle, vagando por las estancias, o entrando en una cama, o en un cajón. “No buscamos lo que desconocemos, apenas sí renegamos de lo que hemos conocido”, dice el novelista, en un libro de atractivas páginas sobre los espíritus errabundos, las gallinas de campo, la haraganería criolla, también la hospitalidad criolla, y las viejas yuyeras “inevitablemente feas por el desgaste de la pobreza, atentas sin embargo al aterciopelado colorido del geranio y seducidas por la mínima violeta”.

 

Sarquís tomó del libro esos seres ni enteramente buenos ni odiosamente malos, y les agregó algunos de su cosecha, y unas cuantas frases, no todas igualmente inspiradas. También sumó algunas situaciones de un libro de cuentos de Angelino, Con otro sol. Del mismo sacó, por ejemplo, la figura del muchacho que se cree lobizón, y que el cineasta elabora en una hermosa secuencia sin palabras, titulada “Bajo la luna”. En una adaptación bastante libre, pautada en capítulos sin relación directa con los del libro, el hombre siguió los hechos básicos, pero dándole un final más reconfortantes. Del conjunto, lo mejor quedó en las imágenes y las actuaciones, y lo más irregular, en las palabras.

 

Las actuaciones son casi todas buenas y muy buenas, y vale señalar al fallecido Víctor Manso, a Omar Fanucci, Pochi Ducasse, y Nora Fernández, en sus respectivas composiciones de dos criollos, una vieja metida, y una joven espástica. A señalar, asimismo, la fuerte presencia de eslovaco Peter Gavajda, un actor tan consistente, y en un personaje tan atractivo, que su sola desaparición de la pantalla marca un antes y después demasiado grave para el relato.

 

Las imágenes atrapan por sí mismas, y Sarquís las potencia con el montaje, por lo general hecho de planos breves y extraños, que hacen avanzar la historia mediante fragmentos sueltos, o por asociaciones, antes que por explicaciones verbales. Así, la sola existencia de un personaje (p.ej., un loco entre los pollitos), o un criollo que mira la lluvia mientras matea y piensa cómo se pasa la vida, o un ternero junto a un caballo, anticipan de modo indirecto lo que va a ocurrir. Esa forma de narración es muy atractiva, ronda y en ocasiones alcanza cierta poesía semibucólica, agradable de seguir. Quizá resulte algo problemática para algunos espectadores habituados a una narración más convencional y a una presentación más clara de personajes y conflictos. A ellos, entonces, podrá gustarles el último tercio del relato, donde los protagonistas Graciela Borges y Germán Palacios desgranan algunas frases filosofales acaso innecesarias. En el recuerdo quedarán, de todos modos, otras partes sin duda mejores y menos conversadas.

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