Hace largos años, Jacques Doillon pasó por Buenos Aires, su nombre figuraba al final de una lista de grandes actores y directores de una memorable Semana del Cine Francés. Él era entonces apenas un muchacho medianamente alto, tranquilo, muy sencillo, al que su productora, la actriz Danielle Delorme (esposa del admirable comediógrafo Yves Robert), le imponía la obligación de hablar con la prensa. Doillon se mostraba entonces muy medido, reflexivo, y siempre respetuoso.

 

Quienes lo han tratado en los últimos tiempos cuentan que sigue siendo así, con apenas la diferencia de los años, y del cambio de productores. Él no es un director comercial, ni fácil de seguir. La películas que trajo entonces así lo advertían: La guerra de las bolitas, sobre dos hermanitos en la Francia ocupada, y La drôlesse, que aquí se estrenó como La ternura, esa rareza, sobre la relación entre una niña y una deficiente mental, dos inocentes, con el trasfondo de un crimen.

 

Sólo esas películas se estrenaron comercialmente en la Argentina, hasta ahora. Otras (La mujer que llora, La puritana, etc.) se han visto en la Alianza Francesa. Y ahora conocemos Ponette.

 

Títulos breves, fondo negro. Se oye un trío de cámara (piano, violín, celo), lejanas voces infantiles. Primera escena, una niña accidentada, el padre le anticipa que la madre está peor, y va a morir. Segunda, la rabia del hombre, que habla de su esposa en tiempo pasado; la negación de la niña, que habla en tiempo presente. Tercera, la conjura, la confirmación, el gesto inesperado, pero natural, con que las criaturas se manejan mientras por sus cabezas pasan tantas cosas. Cuarta, el impacto absoluto del espectador, cuando advierte qué clase de tema, y qué tipo de escenas, están representando, y de qué forma, unas criaturas de cuatro a seis años de edad.

 

¿Qué clase de autor es éste, que les impone a niñas tan chicas la expresión bien seria de diálogos sobre Dios, la muerte y la comunicación con los muertos? ¿Y que además hace llorar a su pequeña protagonista con una angustia tan honda, y encima logra de esa chica, y de todos los demás infantes, unas actuaciones tan admirables? ¿Será un hombre cruel, manejador, que traumatiza a los niños con tal de alcanzar lo que quiere para su película? Ya lo dijimos, es una buena persona. Aún más, es un pan de Dios. Y por ello mismo, hace sus películas con la gente, y no utilizando a la gente. Hay un trabajo serio y bien respaldado en torno de sus actores infantiles. Y hay, sobre todo, una sensibilidad única, a un tris de quebrarse ante las angustias de este mundo.

 

Ponette muestra su gran sentido de observación sobre los comportamientos y pensamientos infantiles, en este caso respecto de los consuelos de la religión, y las vaguedades de la instrucción religiosa, que los chicos transforman en una mezcla de culturas diversas, magia, juegos e inocente malicia. Y con todo eso, sabiendo, como dice su personaje, que “ser niño no es estar feliz”, este notable autor nos presenta, ejemplarmente, una historia sencilla y al mismo tiempo aguda, clara y también un poco ambigua, y en todo momento medida en sus emociones, única en su realización, sinceramente recomendable para ver, reflexionar y, más que eso, para sentir (por suerte, con un final, digamos, reconfortante).

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