En un excelente libro (Perón y la Iglesia Católica, 1995), Lila Caimari estudió a fondo las relaciones entre religión, Estado y sociedad en la primera etapa peronista (1943/55), desmintiendo el mito de la “coincidencia espiritual intrínseca entre peronismo y catolicismo”. Concluye que “el peronismo y la Iglesia estaban destinados a mantener una relación intensa en varios niveles”; destaca que “detrás de la fachada piadosa, el peronismo tenía considerables elementos potencialmente conflictivos”, y explica el conflicto final de 1955 como la eclosión de una confrontación inevitable, desde el momento en que el peronismo quiso producir una suerte de “cristianismo popular”, pretendida interpretación auténtica del mensaje de Cristo disociada de la “Iglesia-institución”, con una liturgia propia, que incluyó la “canonización” pagana de Eva Perón.

 

Por su parte, Roberto Bosca (La Iglesia Nacional Peronista: factor religioso y poder político, 1997), extremó la tesis, postulando que lo que hubo en esa etapa fue “la pretensión –nunca concretamente expresada, aunque sí difusamente esbozada–, por parte del poder político, de reemplazar la doctrina y la praxis de la Iglesia Católica por (…) una nueva y verdadera iglesia nacional peronista dependiente del poder político, aunque manteniendo al mismo tiempo incólume la estructura formal tradicional del catolicismo romano. Estaríamos entonces ante (…) un cisma inmanente… una Iglesia dentro de la Iglesia”. Este autor muestra cómo en una etapa posterior, un intento, esta vez sí claramente cismático (la llamada “Iglesia Católica Apostólica Argentina”) encontró el cobijo y aliento de un nuevo gobierno justicialista dominado por el ministro López Rega.

 

Estos y otros estudios señalan cómo un fenómeno que sus propios protagonistas no pudieron interpretar adecuadamente, al cabo de los años, puede ser visto con mayor claridad. Es que si algo habrá confundido a quienes vivieron “en tiempo real” esas relaciones, tiene que haber sido la ambigüedad de las palabras y de los gestos, el uso de las formas externas sin que se correspondieran a contenidos auténticos. ¿No deberá decirse acaso algo semejante de lo acontecido bajo la última dictadura militar, donde la declamación de los valores “occidentales y cristianos”, y el obsequio público permanente a la jerarquía eclesiástica, iba unido a una siniestra tergiversación de los principios, que autojustificaba los peores crímenes contra la ley de Dios?

 

El menemismo y la Iglesia

 

La actualidad argentina, donde otro gobierno peronista ensaya una nueva experiencia de relación con la Iglesia, nos mueve a intentar una mirada a la versión “fin de siglo” de esta curiosa relación.

 

Carlos Menem gusta presentarse como devoto católico. No pierde ocasión de invocar el nombre de Dios. Su despacho está adornado por una profusión de imágenes religiosas, particularmente marianas, nunca vista en la Casa Rosada. Su familia es musulmana. Su matrimonio fue musulmán, su hijo murió sin haberse bautizado y descansa en una sepultura islámica. Nunca quedó muy claro en qué momento el presidente se convirtió al cristianismo. Quienes lo conocen dicen que lee a menudo la Biblia, y que suele aplicar a sí mismo algunos pasajes.

 

En la cercanía externa a la Iglesia, el gobierno de Menem contrasta con su antecesor radical, que mantuvo con ella una relación respetuosa pero distante. En el radicalismo conviven anticlericales y católicos prácticos. Los sectores menos afines con el catolicismo, gustan apropiarse de temas donde el conflicto es previsible, como la educación y la cultura. También es cierto que se cargan al gobierno radical responsabilidades al menos compartidas: la ley de divorcio, por ejemplo, se sancionó durante el gobierno radical, pero con muchos votos peronistas y siendo su principal redactor e impulsor el senador Eduardo Menem.

 

Presuntamente, el gobierno de Menem está cerca de la Iglesia.

 

Sin embargo, ha cultivado una política religiosa desafortunada, que no le da resultados brillantes. Es la política del amiguismo y la dádiva. Junto a las relaciones institucionales con la Iglesia, en el gobierno de Menem han existido siempre canales paralelos de contacto con obispos afines. Alguna vez la historia aclarará las relaciones económicas entre Menem y algunas personas o instituciones eclesiales, ya desde la campaña electoral que lo llevó al gobierno. Lo cierto es que el dinero no ha faltado en estas relaciones. Pero quienes se prestan a este tipo de favores, y defienden la conveniencia actual de algunos privilegios, son una minoría dentro del episcopado. De ahí el magro resultado de esta política.

 

Sabemos que este punto es doloroso, porque molesta a muchos. Es, también, algo de lo que “no se habla”. Por eso nos limitamos a exponer hechos, sin juzgarlos. No dudamos que en muchos casos en los que algún obispo recibe dinero del Gobierno “por debajo de la mesa”, lo emplea en obras encomiables, como la construcción de templos o seminarios. Lo que nos preguntamos es por qué, entonces, no puede hacerse lo mismo abiertamente, como se espera de los “hijos de la luz”.

 

Los foros internacionales y el “buen uso del Vaticano”

 

En sus relaciones con la Iglesia, Menem descubrió una veta que Perón no había transitado, quizás porque los tiempos y la política internacional eran otros: las “coincidencias” con la Santa Sede en los foros internacionales.

 

La Argentina siempre sostuvo en las conferencias internacionales algunos principios que la honran, que coinciden sustancialmente con la doctrina católica en la materia. La Argentina siempre se opuso a los programas de control de la natalidad, por ejemplo. Pero en los últimos años, algunos temas son objeto de especial y enconado debate: lo vinculado a los llamados “derechos reproductivos”, incluyendo el supuesto “derecho al aborto”, las “cuestiones de género”, y otros tópicos referidos a la moral sexual y familiar. Este debate internacional ocurre en momentos en que, además, prevalecen en la Santa Sede líneas de pensamiento que ponen énfasis en las cruzadas “contra” muchas cosas en ese campo. En varias conferencias mundiales habidas a partir de 1992 (Río de Janeiro, El Cairo, Pekín y otras), donde estos temas estuvieron presentes en forma central o tangencial, la Argentina tuvo un perfil singularmente alto, en una línea que era la suya tradicional, pero impostando especialmente la cercanía con la Santa Sede. De hecho, la Argentina fue a menudo el único país de cierta importancia relativa que acentuó estas cuestiones, a veces con posturas más intransigentes que el propio delegado papal.

 

El gobierno de Menem no ha perdido ocasión de recordar a la Santa Sede estas “coincidencias”. Y el Vaticano, no deja de agradecerlo. La Secretaría de Estado del Papa, cuyo rostro bifronte mira, al mismo tiempo, al interior de la Iglesia y a los Estados, privilegia ese rol internacional de la Argentina y resta relevancia a cuestiones más “domésticas”. Este registro, político antes que pastoral, deja a menudo perplejos a obispos, sacerdotes y laicos cuyas preocupaciones siguen un orden inverso.

 

Fue sintomático un episodio reciente. Menem envió un saludo de Pascua al Papa donde autoelogiaba su gestión y anunciaba su disposición para “seguir trabajando” por los argentinos. El cardenal Sodano lo respondió usando las mismas palabras de Menem, según un procedimiento propio de la diplomacia. No fue una carta del Papa, con su firma, sino sólo una nota del cardenal Secretario de Estado, que transmitía un mensaje del Papa. Pero ese simple saludo, permitió al señor Caselli armar un “operativo de prensa” el mismo día en que comenzaba la Asamblea de la Conferencia Episcopal, incomodando a muchos obispos. La Conferencia no tenía previsto emitir ningún documento sobre la “re-reelección”, pero la imagen final (aunque falsa) fue que no lo hizo para “no contradecir al Papa”.

 

Durante el gobierno de Menem decenas de miembros de la Curia Romana, desde cardenales hasta simples bedeles, recibieron condecoraciones argentinas. Muchas, a cambio de oropeles equivalentes para funcionarios del gobierno, como parte de una política de “toma y daca” que se nutre de favores y deudas a cobrar. ¿Puede alguien pensar que esto tiene un rédito político real en la Argentina? ¿O es mayor la irritación que generan estos fastos? Con todo, las responsabilidades son compartidas. Menem envió al embajador Caselli a disgusto de muchos obispos, pero la Santa Sede lo recibió con los brazos abiertos. El embajador distribuye favores, pero hay eclesiásticos prominentes que los aceptan alborozados.

 

El “voto católico” y el poder de la Iglesia

 

Estos episodios tienen como trasfondo varios equívocos. El menemismo, como muchos otros sectores políticos, cree ciegamente que “la Iglesia” es un importante factor de poder en la Argentina. Se cree también, tal vez tomando literalmente alguna metáfora bíblica, que “la Iglesia” es una gran majada, donde los fieles hacen lo que les dicen los obispos, aún en el terreno político (y por eso la importancia de congraciarse con ellos), suponiendo que hay un “voto católico” que define elecciones.

 

Sobre cada uno de esos supuestos podría decirse mucho, y sería bueno contar con estudios serios. Pero algunas cosas son bastante evidentes.

 

En la Argentina no hay ni hubo un “partido católico”, aunque el justicialismo pretenda desempeñar ese rol (dicho esto, por supuesto, con todo respeto por los miles de católicos sinceros que encuentran en ese partido la opción más coherente con su fe y su conciencia). Lo cierto es que hay católicos, y también gente muy adversa a la Iglesia, en todos los partidos de alguna relevancia.

 

Luego, y con toda la reverencia que nuestros pastores merecen, debe ser muy poca la gente que define su voto por lo que le diga su obispo. Los católicos prácticos, los que están atentos a la voz de los obispos (los que se enteran de lo que ellos dicen, incluso), son muchísimo menos que el 90 % de la población del que hablan las guías eclesiásticas. Es probable que, décadas atrás, haya existido algún porcentaje del padrón que dejara de votar a un partido por lo que los obispos decían de su plataforma electoral. Eran tiempos, también, en los que importaba más la plataforma electoral que el look televisivo de los candidatos.

 

Finalmente, y gracias a Dios, tampoco los obispos se sienten llamados a cumplir el papel político-electoral que algunos les deparan. Ellos saben que la política es terreno propio de los laicos, donde el pluralismo es legítimo y donde debe ser la conciencia de cada cual la guía para el ejercicio de los derechos. Como se lee en Iglesia y comunidad nacional, “en lo que se deja a la libre decisión de los ciudadanos, (los laicos) pueden inclinarse a soluciones diferentes, teniendo siempre presente, con rectitud de conciencia, el servicio del bien común y la ley de la caridad” (n. 168). “La fidelidad a la doctrina de la Iglesia impide identificar con la Iglesia las fórmulas sectoriales o partidarias sugeridas o postuladas, aun cuando estén construidas con textos fragmentarios del Concilio o del magisterio del Papa o de los obispos. Los católicos dedicados a la vida pública recordarán que a nadie le es lícito reivindicar a favor de su propia opinión la autoridad de la Iglesia” (íd.).

 

Los temas que dividen

 

Pese a todo lo dicho, los políticos en general asignan a “la Iglesia” (entendiendo por tal ante todo a los obispos) un peso político importante. De ahí el interés en ubicarse bien frente a ella. Que ciertamente, no es el mismo para todos los partidos, cada uno con sus propios problemas.

 

El justicialismo de impostación thatcheriana que encabeza Carlos Menem, con su profesión de fe en el mercado y su alineamiento “carnal” con los Estados Unidos, ha perdido el favor de los grupos católicos más “progresistas”. La estética menemista y su opción por los ricos y famosos no combina bien con la opción por los pobres o la teología de la liberación. La Iglesia es muchas veces el lugar al cual recurren los perdedores del modelo, los desempleados, los expulsados de las empresas estatales, los sectores empobrecidos de la clase media. Muchos obispos y sacerdotes tienen por eso una visión acentuadamente negativa de las transformaciones de la última década, y no creen que sus costos inmediatos compensen los beneficios esperados. Para completar el panorama, las políticas sociales del Gobierno, o la falta de ellas, merecen más críticas que elogios o, en el mejor de los casos, las sospechas que trasunta el último comunicado de la asamblea episcopal.

 

La Alianza opositora, por su lado, tiene ya bastantes problemas internos como para que alguien haga notar las contradicciones que, en cuestiones sensibles a la Iglesia, hay entre sus miembros. Quedó de manifiesto en el episodio del saludo de Pascua. Para la Alianza, lo mejor que puede pasar es que los obispos no la enfrenten. Esto el menemismo lo sabe, y no sería extraño que envíe a alguien a sembrar cizaña.

 

Los obispos no saldrían a respaldar o a enfrentar a un candidato determinado, ni en conjunto ni (la mayoría de ellos) aisladamente. Pero alguien sin demasiados escrúpulos podría llevarlos a la situación difícil de tener que pronunciarse acerca de algún tema de contenido moral, colocándolo artificialmente en la agenda electoral. Ya hay “operadores eclesiásticos” del menemismo queriendo abrir un debate sobre el aborto, forzando a una oposición heterogénea a definirse sobre el tema. No es que la defensa de la vida sea necesariamente una preocupación sincera y absoluta en quienes propician este enfrentamiento. Pero suponen que en un debate así lograrán que “la Iglesia” quede alineada en su mismo bando.

 

Un mínimo de honestidad intelectual exigiría a esos aprendices de brujo, estar dispuestos también a discutir, por ejemplo, otras políticas públicas y estilos de gestión, ciertos modelos de exclusión social, las prácticas corruptas que quedan impunes, el valor de la ley en la vida social.

 

Iglesia y comunidad política

 

Quienes gustan de diseñar operaciones para usar políticamente a la Iglesia, deberían pensar ante todo, a qué sujeto se dirigen. Iglesia somos todos los católicos, y no solamente los obispos. Y los primeros que saben esto son los propios obispos, que por lo mismo evitarán quedar atrapados en este tipo de dialécticas.

 

Siempre es bueno recordar las ideas fundamentales en esta materia. “La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio campo. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de unos mismos hombres. Este servicio lo realizarán con tanto mayor eficacia para el bien de todos cuanto mejor practiquen entre ellas una sana cooperación, habida cuenta de las circunstancias de lugar y de tiempo” (Gaudium et spes 76).

 

Autonomía y cooperación son los pilares de una buena relación.

 

Es cierto que muchas veces, los primeros en evocar con nostalgia la unión entre “la cruz y la espada”, los tiempos en que el poder temporal parecía servir al espiritual (aunque solía ser este último el sometido a aquél), son algunos católicos. En este contexto intelectual las políticas prebendarias son normales y hasta deseables. No se valora la independencia, sino el poder, porque en el fondo el Evangelio no es visto como algo que se propone, sino que se impone. Quienes piensan así, no siempre por maldad sino por mera ignorancia o formación anticuada, son quienes se prestan a las manipulaciones. Afortunadamente, cada vez son menos.

 

La Iglesia en la Argentina, gracias a Dios, ha ido madurando. Sabe que no puede poner su esperanza en los favores del poder político, sino solamente en el Señor. Que su fuerza está en el Espíritu Santo que la anima, y que vive en la multitud de los creyentes, en los pobres, en los limpios de corazón, en los que no buscan sus mezquinos intereses personales sino la paz y la justicia.

 

Esa Iglesia acepta y quiere una sana cooperación con el Estado, que no es mescolanza con el Gobierno de turno, sea cual fuere. Es la cooperación a la luz del día, sin intereses escondidos ni favores que hay que pagar. Son mayoría los obispos que no andan designando funcionarios ni dando directivas a las autoridades civiles; pero al mismo tiempo esperan no ser utilizados en maniobras mezquinas, ni acallados cuando levantan la voz en defensa de quienes no tiene voz. Ojalá así sea entendido siempre y por todos.

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