“La historia de Guatemala está escrita con la sangre de tantos que la han derramado. Hoy, uno de los pastores de la Iglesia corona su misión con la ofrenda de su vida por haber buscado la verdad, la justicia y la paz”, dijeron los veintitrés obispos que forman la Conferencia Episcopal de aquel país centroamericano, al despedir a monseñor Juan Gerardi Conedera, quien fuera brutalmente asesinado el pasado domingo 26 de abril, en el garaje de su casa en la parroquia de San Sebastián.

 

El viernes 24 Gerardi había entregado el documento Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (REMIH), conocido como Guatemala: nunca más, fruto de una investigación de tres años acerca de las masacres y asesinatos cometidos durante los años del conflicto armado interno entre la guerrilla y el ejército.

 

En la ceremonia de presentación, el obispo había expresado que el “rescate” de la memoria tenía como propósito devolver la voz a la mayoría de los guatemaltecos que “durante años debieron callar”, para que nunca más se repitan atrocidades. Al día siguiente, en una cena íntima con su familia, había manifestado su profunda satisfacción por la tarea cumplida.

 

Cuando escribimos este comentario el gobierno de Guatemala ha detenido a una persona por presunta vinculación con el asesinato. Sin embargo, la jerarquía de la Iglesia duda de las acciones llevadas a efecto hasta el momento para encontrar a los responsables del asesinato. Los obispos han recogido el testimonio de dos indigentes que pernoctaron en un lugar cercano a la parroquia, quienes la noche del asesinato vieron a varios desconocidos salir de la iglesia de San Sebastián en una camioneta roja y realizar un disparo al aire -hecho que fue comprobado posteriormente-. Estos testigos aseguran que el detenido, un vagabundo, no corresponde con las características de los sospechosos.

 

“El recurso fácil de verter sangre para proteger intereses personales o de sector, la impunidad que no permite llegar a esclarecer los crímenes y el silencio para pretender olvidar, siguen impidiendo que nos configuremos como comunidad nacional, donde nos respetamos como seres humanos”, expresaron asimismo los pastores de la Iglesia en Guatemala.

 

El papa Juan Pablo II, conferencias episcopales de todo el mundo, Estados y organizaciones de derechos humanos expresaron inmediatamente dolor e indignación por el asesinato de un infatigable buscador de la verdad y promotor de la paz, lo que significa un golpe muy duro al esperanzador proceso de paz interna, iniciado en diciembre de 1996 con la firma de un acuerdo.

 

Testigo de la verdad

 

Monseñor Juan Gerardi nació en la capital guatemalteca en 1922 y fue ordenado sacerdote cuando tenía 23 años. A los 44 fue consagrado obispo de las Verapaces, donde estuvo 7 años, hasta que el 1974 fue designado obispo de Santa Cruz del Quiche, en plena zona indígena y uno de los mayores centros de la violencia política.

 

Desde allí continuó su tarea en favor de la justicia y los derechos humanos, proceso que compromete desde hace décadas a toda la Iglesia en Centroamérica y que en 1980 le costó la vida al arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, y en 1989 al jesuita Ignacio Ellacuría y a otros cinco miembros de la Compañía y dos empleadas de la Universidad José Simeón Cana; a estas masacres ocurridas en El Salvador se suman los asesinatos de doce sacerdotes guatemaltecos producidos entre 1980 y 1983. 

 

En 1980 un grupo de catequistas habían logrado alertar al obispo Gerardi de un atentado que se preparaba en su contra en un lugar donde debía celebrar misa. “Mucho me temo que combatiendo la guerrilla los militares van a quedar fuera de la ley”, dijo en ese tiempo. Y advirtió que “atacando a la población civil lo que ustedes están haciendo es aumentar la guerrilla”.

 

El 20 de julio de 1980, a pedido de Juan Pablo II, Gerardi salió de Guatemala con destino a Roma: se temía por su vida. Cuando intentó volver a su país se descubrió una emboscada preparada cerca del aeropuerto para asesinarlo. Debió exiliarse en Costa Rica. En 1984 pudo, finalmente, regresar. Desde entonces, junto con monseñor Rodolfo Quesada encabezó las negociaciones de paz y acompañó a víctimas de la violencia.

 

El REMIH es un documento de cuatro tomos: Impactos de la violencia, Los mecanismos del horror, Entorno histórico y Las víctimas del conflicto. Para realizarlo, la Iglesia, con la coordinación de monseñor Gerardi, movilizó 600 animadores que fueron seleccionados especialmente. Estos agentes recogieron unos 6500 testimonios referidos a 37 mil hechos de violencia que afectaron a 55 mil víctimas. El período más sangriento se produjo entre 1980 y 1983, etapa en la que murieron 43 mil personas.

 

“El informe señala que 200 mil niños quedaron huérfanos y otros 86 mil pueden ser considerados víctimas indirectas de los mismos hechos denunciados. Los desaparecidos alcanzan a 50 mil, las viudas a 40 mil y se estima en un millón los refugiados. El total de víctimas de la violencia, según el documento, es de aproximadamente un millón cuatrocientas mil personas, sobre una población de 10 millones, el 61% indígenas”.

 

Don Juan, como se lo conocía en muchos países latinoamericanos, que recorrió trabajando en el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), era un hombre de muy buen humor, amable y cercano. De temple firme y sereno, de mirada honda, su sacerdocio estuvo al servicio de los más pobres y de la búsqueda de la verdad y la paz.

 

Sus 75 años eran muestra de jovialidad y claridad en aquellas cosas que emprendía plenamente desde el Evangelio.

 

La vida de monseñor Juan Gerardi es un testimonio necesario de un cristianismo muy unido a las raíces originarias. Su muerte, un tremendo signo de contradicción que la hace más luminosa y veraz.

1 Readers Commented

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  1. Chiara on 1 octubre, 2009

    Estoy muy interesada en adquirir los cuatro tomos de Guatemala: Nunca mas, donde los puedo adquirir, gracias.

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