El septiforme don

 

El comienzo de la sabiduría es: adquiere la sabiduría, a costa de todos tus bienes adquiere la inteligencia, haz acopio de ella y ella te ensalzará.

 (Prov 4)

 

 

Los dones del Espíritu son regalos de Dios. Uno de ellos es el don de ciencia. Estamos habituados a una interpretación que le otorga a la Ciencia una mayúscula teológica pero tal vez sea oportuno meditar y contemplar la maravillosa riqueza de la humildísima ciencia humana, tal como se presenta en este fin de milenio. También ella podría ser santa. Como la hermana pobreza de san Francisco, la hermana ciencia no siempre es muy apreciada ni considerada en algunos círculos creyentes. En general cuando se habla de la ciencia actual, desde el púlpito o desde el llano, se le adjunta una terrible advertencia: “las maravillas de la ciencia, sí, pero…”. En cambio no se escucha tanto: “las maravillas del arte, sí, pero…”. Sin embargo, tanto las artes como las ciencias han modificado, modifican y modificarán el mundo y la sociedad, no son neutras expresiones de la inteligencia humana, por la simple razón de que nada humano, realmente, puede desprenderse de su significado trascendente y de sus consecuencias morales. Pero una cosa es reconocer este hecho y otra, muy diferente, es la censura previa, generalmente implícita, a la ciencia. Es, en efecto, muy improbable que un predicador haga un elogio de la ciencia, sin dedicar una atención particular a sus eventuales consecuencias malignas. La libertad siempre es riesgosa, pero es un don de Dios; también la ciencia es libertad y riesgo.

 

Todo sería más calmo y ordenado si nuestra libertad espiritual fuese la de un mono inteligente y si la ciencia fuera infusa. Pero como dice el libro de los Proverbios, la inteligencia se adquiere con el mayor esfuerzo. Es más, se trata de una dura competencia. “¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen” (1 Cor 10, 24). Nadie adquiere ciencia sin un esfuerzo mayúsculo. No existe un sabio light ni basta una prueba de multiple choice para tener brevet de inteligente. La ciencia enaltece al hombre que la practica pues es un reflejo de la ciencia divina. En esto estriba su dignidad absoluta: la ciencia, la más modesta, también puede ser un don del Espíritu. Los animales no hacen ciencia ni son inteligentes ni libres, viven en sus nichos ecológicos, físicos y comportamentales. Los humanos, en cambio, tenemos la capacidad ilimitada de trascender nuestra condición natural pues hemos sido hechos a la imagen de Dios. “Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua” (Gen 11,6). Claro está que si atentamos contra nuestra solidaridad fraterna convertiremos a nuestra sociedad humana en una nueva Babel y nos desviaremos del recto camino. Muchas veces nos hemos perdido por nefastas decisiones individuales y colectivas. Los ejemplos abundan a cada esquina de la historia. Pero también sabemos cómo rectificar el rumbo a tiempo. Los ejemplos positivos abundan, aunque no tengan tanta prensa como las catástrofes. Hace más ruido un Titanic que se hunde que el descubrimiento del código genético. Y sin embargo el segundo ha cambiado para siempre el destino del hombre, al rectificar las ilusiones y maldiciones de un lamarckismo implícito en nuestra sociedad, donde se heredarían fatalmente los caracteres adquiridos, buenos y malos. Ahora conocemos mejor cómo se transmiten los genes –y las responsabilidades– de generación en generación. Ya no nos preguntaremos “¿quién ha pecado, él o sus padres?” (Mt 9,2).

 

Y comenzamos lentamente a valorar más la educación que nos ayuda a mejorar y salir de la miseria, del cuerpo y del alma. El magisterio es también un don divino. Y no sólo el magisterio de la Iglesia sino el del más modesto docente en el lugar más perdido del planeta tanto como en la cátedra más encumbrada. Habrá grados y estilos de ciencia y de sabiduría, nadie lo niega, pero siempre una única fuente. “El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar, a otro la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu” (1Cor 1,8). Es más, estamos en los umbrales de dar un salto gigantesco en la inteligencia humana hacia una transformación nunca vista que ya se vislumbra, proféticamente. “Yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos e hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones” (Jl 3,1). Hoy las profecías han tomado una amplitud insospechada a la luz de la ciencia y de la tecnología, que han cambiado la vida humana. Ya no son unos pocos sabios e investigadores iluminados quienes forman “la sociedad de las luces” como en el siglo XVIII sino una enorme comunidad intelectual en acelerada globalización que no tiene fronteras en el planeta y que ha lanzado al espacio nuevas semillas de inteligencia con sus naves y robots. Y en esta comunidad verdaderamente profética hay varones y mujeres, jóvenes y ancianos de todas las naciones. ¡Joel nos adelanta que algún día todos los hombres seremos profetas! Pero en el año dos mil ya somos millones.

 

“Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago y aún mayores” (Jn 14,12). Estas obras “aún mayores” se interpretan generalmente como los milagros de Jesús de hace dos mil años que algunos santos han tenido la gracia excepcional de continuar renovando. Pero siguiendo en el cauce generoso y sin límites de los dones del Espíritu no parece arriesgado postular que los “milagros” de la ciencia actual sean una prolongación genuina, ya no excepcional sino habitual, de una obra humana que cada día se supera a sí misma hasta alcanzar niveles inimaginables. En estos tiempos litúrgicos hemos escuchado la parábola conmovedora del ciego. ¿Acaso, si lo pensamos objetivamente, devolver la vista al ciego de nacimiento, no es lo que se hace a diario en oftalmología al eliminar una catarata congénita? ¿O somos tan necios para preguntar: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?” (Jn 9,30) y no osamos rendirnos a la evidencia del progreso de la ciencia humana?

 

Veremos obras “aún mayores”, nos anunció Jesús, y las de la medicina moderna no son de las menores; es más, las ciencias médicas están fundadas en un profundísimo acto de solidaridad y de compasión que da sentido pleno al prodigio tecnológico que nos cura y sana. ¿Y esto no es un triunfo del Espíritu en la ciencia de los hombres que se abre a la humanidad como una fuente inagotable de inteligencia? Los nuevos prodigios científicos crecen sin cesar en torno de nosotros en este fin de milenio y no podemos ponerles límite. La Alianza con nuestro Creador nos asegura que esa fuente no se agotará jamás. “La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante” (Jn 15,8). Frutos de verdad. Y lo que es esencial: la verdad nos hará libres. Hacia esa libertad camina, dificultosamente pero sin detenerse, toda la humanidad. “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo” (Rom 8, 22-23).

 

El templo del saber

 

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en ustedes?

(1Cor 3,16)

 

Nuestro cuerpo es también templo de la ciencia. “Yo voy a hacer que un espíritu habite en ustedes y vivirán. Pondré nervios en ustedes, haré crecer carne sobre ustedes, los recubriré de piel, les infundiré el espíritu y vivirán” (Ez 37,6). Esta impresionante profecía no se refiere únicamente a la resurrección de la carne en términos escatológicos sino a la vida cotidiana de un organismo complejísimo que se despliega en una red prodigiosa de comunicaciones que superan nuestro entendimiento. “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6,21). Y todo lo que apreciamos, todo lo que valoramos, nuestra memoria, nuestros amores y nuestros descubrimientos constituyen el tesoro de nuestro cerebro. Somos esa “caña pensante” que pensaba Pascal, tan extremadamente frágil que basta una burbuja en la sangre para que se destruya. Y sin embargo sabemos que el Señor no quebrará la caña doblada aunque muchas veces nuestro cerebro se convierta en una caverna donde el temor y el odio, la venganza y la avaricia, la lujuria y la codicia se acumulan como un detritus mental difícil de eliminar. Pero también allí llegará la luz de la ciencia.

 

En efecto, asistimos hoy deslumbrados a esta revalorización del organismo en lo que tiene de más humano, en la exploración minuciosa de esa corteza cerebral ¡qué tiene más componentes que estrellas posee nuestra galaxia! La ciencia se genera en el cerebro individual, no reside en los libros ni en las cátedras, tampoco en los bits que corren a la velocidad de la luz en internet sino en las neuronas materiales, en sus moléculas transmisoras y estructurales, en las ubicuas redes neurales. La pregunta es “cómo se corporiza la mente”, cómo se producen en nuestro cerebro las ideas y las imágenes, las deducciones y las inferencias que son esenciales no sólo para sobrevivir sino para pensar, para probar un teorema, para crear una sinfonía, para dialogar con un amigo: ¡Qué desafío maravilloso para el espíritu es este mundo del intelecto en su intimidad material! “Yo dije: ustedes son dioses” (Jn 10,34)… pero morirán como cualquier hombre” (Salmo 82,6). Es esta la paradoja constante que nos confunde y nos estimula, que nos hunde y nos eleva: un alma inmortal en un cuerpo mortal destinado a resucitar para siempre. Pero no temamos, se nos ha dicho claramente “todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1 Cor 1, 23).

 

El gozo del Espíritu

 

El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.

(Jn 14,26)

 

Celebramos al Paráclito, que aboga por nosotros ante el Padre y que ilumina la Iglesia de Cristo en el misterio magno de la Trinidad Santísima. Él nos enseñará todo, pero nosotros seguimos comprendiendo muy poco, tan poco como los apóstoles antes de la Resurrección del Señor. Estamos en buena compañía, podríamos decir para justificarnos. Si ellos, que compartieron la última cena del Maestro no entendían, ¿qué podremos nosotros aprender a dos mil años de su Pasión y Muerte? La Fe nos asegura la presencia entre nosotros del Espíritu Consolador que nos enseñará todo lo que precisamos saber. “El fruto del espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (2 Cor 5,22). Y esta sobreabundancia permanente nos garantiza la búsqueda serena de la verdad. El sabio hace acopio de inteligencia pues se le brinda a raudales. Nunca quedará defraudado pues la naturaleza es inagotable y el conocimiento crece de generación en generación.

 

Una generación pasa su testimonio a la siguiente, la ciencia se perfecciona sin cesar, como que está alimentada por el Espíritu. Los mayores sabios se sienten pequeños ante sus propios descubrimientos, tan enorme es la conquista, tan exquisita es la recompensa de conocer la verdad. Pocas cosas son comparables en esta tierra al gozo que procura la ciencia, es como el rocío matutino que hace brillar la mínima hierba, que cubre todo con un manto real y da relieve hasta a las cosas más insignificantes para el ojo fatigado o distraído. El Espíritu también puede inspirar nuestras ciencias. Ante él nos inclinamos y agradecemos al Creador por habernos dado vida y vida inteligente. Misteriosa y sublime inteligencia.

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