La obra del pintor valenciano Manolo Valdés, expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes, plantea un juego visual que induce al observador a indagar en su memoria cultural y reconocer iconogramas propios de la historia del arte.

 

Valdés experimenta con el sentimiento voyeurístico del espectador, y crea un sistema de relaciones a través de un idiolecto rico y particular. Evidencia así la condición de la práctica pictórica, y devela su componente ficcional. Rembrandt, Rubens y Matisse son constantemente citados, y esas apropiaciones explícitas son el inicio de una trama lúdica que desdramatiza la idea bajo la cual fueron concebidas. Estas pinturas-iconos se han vaciado del significado histórico, quizás como paradoja del conocimiento posmoderno donde la imagen suple al contenido, especialmente en los medios de comunicación. Sin embargo no coexiste ironía alguna, puesto que Valdés conforma una delicada polifonía, un tácito diálogo entre el primer artista y el último, el espectador mismo que apela a sus recuerdos y posibilita la reconstrucción plástica. Recrear una ficción a través de otra ficción, en un ejercicio metalingüístico ad infinitum donde la pintura “se desnuda a sí misma” –al decir de Yuyo Noé–, abre una estructura en abismo cuya narración original se ve resemantizada por un nuevo código. La materialidad y sustancialidad con que maneja el óleo sobre la tela equilibran criteriosamente esta práctica conceptual. Subyace un sentimiento de “tactilidad” en el tratamiento dado a los materiales, con una paleta pródiga, plena de corporalidad, de gestos amplios sustentados por grandes formatos, tanto en la pintura como en la escultura. La idea de libertad formal y temática, dado que en su repertorio se ven incluidos el ratón Mickey, una carta de póker y un desnudo inspirado en Matisse, está omnipresente en toda la muestra. Y se requiere una gran dosis de valentía para colocar en el lugar de los “pretextos” a clásicos consagrados como Velázquez o Rembrandt, esa suerte de “intocables” del mundo artístico. Desde la antigüedad griega, representada por las vasijas, hasta el propio Disney son elementos válidos para los malabares intelectuales de Valdés, un creador que habla a través de sus ancestros artísticos, y conduce la mirada de su público por los plácidos caminos de la historia.

 

Probablemente este pintor sea un buen exponente plástico de la actualidad en donde las ideas carecen de un sentido unívoco, y su apropiación es posible dada la excesiva cantidad de información que fluye por las redes informáticas en forma caótica e incontrolable. Tal vez, y como contracara del individualismo posmoderno, ya nadie es autor de nada, más que el momento histórico que posibilitó su génesis.

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