Como ya se sabe, el cine siempre ronda sobre Henry James, acaso el más inglés de los escritores norteamericanos. Los papeles de Aspern y Otra vuelta de tuerca son de recurrida inspiración incluso para ciertas producciones de clase B que intentan ampararse en el prestigio literario. Retrato de una dama, en cambio, es una auténtica clase A, aunque un poco desvaída. Más interesantes resultan las finas, risueñas y cuidadosas versiones de J. Ivory Los europeos y Amarás a un extraño (The Bostonians). O esa intensa elaboración del duelo que es La chambre verte, de y con François Truffaut, inspirada en The Altar of Dead. Antes, aún, la dulce Daisy Miller, de P. Bogdanovich, cada tanto recuperada por el cable. Y, antes todavía, La heredera (Washington Square), del maestro de melodrama W. Wyler, con Olivia de Havilland, que ahora tiene una nueva versión, buena pero algo tiesa, de Agnieska Holland.

 

También ahora surge esta producción británica, Las alas de la paloma, lujo visual lateralmente cercano a otro libro de Henry James, el temprano Daisy Miller, inspirado en la trágica muerte de su amada prima Minny Temple. Fue pensando en ella que creó la imagen de la americana decidida, ingenua y natural, involuntariamente escandalosa para su entorno, que apenas comprende cómo es ella, tan entusiasta enamorada de la cultura europea, y de una vida que, sin embargo, de pronto se le niega. Sólo que en Las alas…, ése y los demás personajes resultan menos ingenuos, al punto que hasta parecen anticipar algunos arquetipos de novela negra, lo que esta versión cinematográfica acentúa, al centrarse en su oponente inglesa.

 

Aquí el argumento: una joven de muy buen ver y reciente buen vivir, ama a un novio secreto, modesto periodista, pero también ama el dinero y la vida social de la que disfruta al amparo de su tía materna. Acaso la solución para el muchacho venga mediante otra joven de mejor vivir, y todavía de buen ver, pero ya desahuciada por los médicos. No habría un crimen, pero sí un amor engañoso, del que quizá todos pudieran beneficiarse…

 

Al adaptador Hossein Amini y al director Iain Softley (el origen de sus nombres ya evidencia que James no es sólo para los ingleses) les bastan unos pocos planos, breves y bien trabajados, para exponer las razones, financieras y/o sentimentales, de cada personaje, incluso de dos borrachos que dictan pautas bien claras de conducta en favor de sus bolsillos. Uno es el padre, y otro el odioso pretendiente de la protagonista, pero por algo ella también, en determinado momento, simpatiza con la idea de emborracharse. Los autores tardan un poco más, es lógico, en desarrollar unas relaciones triangulares afectadas por la sutileza y la discreción de un doble discurso, pero también por la confusión natural de los sentimientos. Nadie finge amor impunemente. Cuando todo parece haber concluido, surge el mayor imprevisto… Hay quien puede amar a dos personas a la vez, sin mayor problema. Pero más difícil es amar a una, y al recuerdo de otra, que, ausente, se ha vuelto perfecta.

 

La ropa es de un azul intenso, cuando la principal criatura vive su pasión, un azul que en cierta escena se extiende hasta las paredes, pero en otras se mezcla con el negro, o es reemplazada por el negro, mientras su antagonista aparece de blanco, o coincide con su objeto de deseo en algún otro color, más apacible aunque un poco ridículo. Los lugares (Londres, la campiña, Venecia) también van comentando cada estado de ánimo. Martyn John, director de arte, Sandy Powell, vestuarista, y Eduardo Serra, fotógrafo, son nombres a tener tan en cuenta como los de Helena Bonham Carter, Linus Roache, y Alison Elliot, intérpretes.

 

Una observación. Procurando acercar los personajes a nuestro tiempo, cada tanto los autores les imponen actitudes y gestos extemporáneos, más propios de los años 20 que del entresiglo en que transcurre la historia. Por ejemplo, la familiaridad con que se tratan en una exposición pública de cuadros de Klimt. Esto a James Ivory quizá no le hubiera pasado.

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