Haciendo un juego de palabras, Ernst Jünger llamó “fuerza plutónica” a la energía nuclear. El juego no era inocuo: vinculaba al plutonio con Plutón, el señor del Averno.

 

Las armas nucleares enfrentaron a la humanidad con la posibilidad del suicidio. Todas las crueldades de la historia empalidecían, ahora que la locura podía disponer de las fuerzas constitutivas de la materia.

 

El “resplandor de mil soles” que arrasó Hiroshima nos interrogó. ¿Estaría nuestra ética a la altura de la ciencia que habíamos alcanzado?

 

Durante medio siglo, vivimos con esa espada de Damocles suspendida sobre las cabezas. Las armas atómicas estaban en pocas manos, y durante mucho tiempo el “teléfono rojo” logró evitar que estallara la locura. Pero poco a poco el exclusivo “club” de las potencias nucleares se fue ampliando.

 

Los tremendos gastos de la investigación bélica, que postergaron la solución de otros problemas, fueron apenas compensados por algunos subproductos de uso pacífico. La política de “destrucción mutua asegurada” (cuya sigla era MAD, “loco”) llegó a acumular un arsenal nuclear suficiente para destruir unas catorce veces el planeta.

 

Después de 1989, la distensión y el colapso del bloque soviético trajeron alivio a esta tensión. Aunque, de hecho, los arsenales nucleares siguen casi intactos, cuando no deteriorados hasta volverse peligrosos como los de la ex URSS. Parte de ellos ha comenzado a circular en los mercados clandestinos.

 

En estos días, la proliferación ha dado un nuevo y peligroso paso.

 

Para desmentir a todos aquellos “acuarianos” que desde hace un siglo nos vienen diciendo que la intolerancia es patrimonio de Occidente, la nueva amenaza se inició en la India, hoy gobernada por un agresivo nacionalismo que nada tiene que envidiar a los fascismos europeos. En cuanto a Pakistán, está en manos del partido al cual pertenecía el asesino de Gandhi.

 

Todo esto en una región donde la principal potencia nuclear es China, que comenzó a armarse bajo Mao. Hace pocos días, India detonó bajo tierra varios artefactos tácticos, incluyendo uno termonuclear. Pakistán, a su vez, le respondió con otros tantos ensayos, de menor potencia. China y Pakistán disponen de misiles, capaces de llevar algún tipo de ojiva nuclear: un arsenal más que suficiente para sembrar la muerte en el subcontinente indio, en una de las regiones de mayor densidad poblacional.

 

Basta reparar en el absurdo de que Pakistán, con un 70% de analfabetismo y más de la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza, destine la mayor parte de su presupuesto al armamentismo. La India, por su parte, aunque exhiba enclaves sofisticados del más puro Primer Mundo, sigue siendo un país pobre, cuyo estigma son ciudades como Calcuta.

 

Una vez más, tal como deberíamos haber aprendido después del nazismo, los altos niveles tecnológicos pueden coincidir con la más ciega barbarie. El nuevo escenario puede poner en peligro no sólo la paz sino la supervivencia del planeta, si a algún demente se le ocurre iniciar una guerra nuclear o simplemente transferir esta tecnología a otros irresponsables.

 

Es un tema que en definitiva preocupa mucho más que los (ahora limitados) desmanes de Saddam Hussein. Es sabido que todos estos desarrollos se hacen con insumos procedentes del exterior, con la complicidad de poderosos intereses que son capaces de venderles sogas a sus verdugos. Es preciso tomar conciencia del peligro y no escatimar esfuerzos para desalentar y aislar a los belicistas de la comunidad mundial.

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