Sin el quórum necesario para declarar su culpabilidad, ha concluido en Tucumán el juicio político al gobernador Antonio Domingo Bussi. Así entonces, el gobernador suspendido retornó nuevamente a sus funciones. De todos modos, restan completar aún juicios penales todavía en marcha.

 

Cabe mencionar que el juicio político ha sido correctamente realizado en términos procesales. Dada la envergadura de la cuestión y los numerosos intereses en juego, esto ha sido un logro para las instituciones de la provincia. Lo que no es poco decir en nuestra Argentina de hoy.

 

Sin duda, el fenómeno del gobernador tucumano Bussi puede alimentar distintos análisis. Algunos de coyuntura y otros de más largo alcance. Por ejemplo, ¿cómo llega una persona tan controvertida y de pasado tan discutido al gobierno de una provincia argentina? ¿Y por qué, según encuestas realizadas, el juicio no llegó a tener el apoyo popular que las fuerzas opositoras (provinciales y nacionales) desearon y hasta fomentaron? ¿Es que, acaso, los tucumanos son una sociedad de cultura autoritaria, que prefiere gobernantes con pasado de tal extracción? ¿O tiene esto algo que ver con otras circunstancias socio-políticas de nuestro paisaje nacional?

 

Relacionar el pasado político de Bussi y el voto popular consiguiente a la cultura de la sociedad tucumana parece poco inteligente. Es como achacar el sesgo discrecional del gobierno del presidente Menem a sus orígenes culturales, esto es, sus raíces árabes. Y a nosotros, los argentinos que lo hemos votado, y «re-votado», el mismo carácter discrecional que da lugar a su gobierno. Aunque algunos lo hayan intentado, resulta por lo menos un análisis simplista y grotesco.

 

Una indagación que promete mejores resultados es por qué los ciudadanos prefieren un gobernante con un pasado como el de Bussi a cualquier otro candidato. En otras palabras, ¿cuáles son las necesidades y urgencias que motivan a tales votantes a postergar las características que surgen de aquel pasado y preferir algún otro? ¿Qué es lo que recuerdan los tucumanos de Bussi (acaso seguridad física, eficiencia administrativa, orden burocrático) que les parezca preferible a los aspectos más discutidos de sus funciones como gobernador militar? ¿Y qué ofrecen los candidatos alternativos que de ninguna manera parecen equilibrar las promesas de un candidato como Bussi?

 

Para entender mejor el punto del análisis se puede continuar con la comparación anterior: ¿qué es lo que motivó a tantos argentinos a preferir a Menem sobre Bordón en las últimas elecciones presidenciales? ¿Acaso la certidumbre económica por sobre la incertidumbre respecto a tal cuestión? ¿Y esto, a su vez, a pesar del alto costo que tal decisión podía implicar en términos de performance institucional y comportamiento ético?

 

Contestar estas preguntas requieren mucho más que lo que permite este comentario. Pero nos deja entrever al menos uno de los aspectos del problema. Esto es, una preocupante falta de alternativas políticas que enfrenta Tucumán, como muchas otras zonas y regiones del país. En este sentido, parte de las decisiones electorales de los tucumanos está unida a una seria incredulidad ante una clase política que no ha dado respuesta a muchos de sus problemas a partir de 1983. Algunos miembros de la actual legislatura tucumana escapaban a las corridas por las calles cercanas a la Casa de Gobierno en los días previos a la intervención federal de 1989. Y muchos tucumanos están convencidos de que son muy pocos los acusadores de Bussi que podrían sostener firmemente los términos de sus propias declaraciones juradas de ingreso.

 

El problema no es pequeño. Toda decisión humana se relaciona con las alternativas que existen para la toma de tal decisión. El voto político es igual. Y la ausencia de opciones somete a cualquier sociedad a los avatares de luchas intestinas partidarias, de aventuras mesiánicas o de autoritarismos igualmente incompetentes. Luego de dos pobrísimas admininistraciones justicialistas (una inconclusa), Tucumán padeció una intervención federal, la gobernación de Ramón Ortega y luego la de Antonio Bussi.

 

La cuestión posiblemente no sea exclusiva de los tucumanos. ¿Cuántas de las aventuras reeleccionistas provinciales están también relacionadas con la falta de candidatos creíbles, capaces de generar opciones nuevas y distintas? Estas ausencias reflejan una seria debilidad de cualquier sociedad, grande o pequeña. En el largo plazo, el fortalecimiento democrático no sólo requiere que se cumplan los términos electorales o la presentación al día de la lista de candidatos. Sino que las alternativas abran efectivamente esperanzas de futuros mejores.

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