En este fin de siglo, es mucho lo que se escribe, estudia y reflexiona sobre la familia, cuya misma noción y existencia parecen estar en crisis.

 

Mientras el debate continúa, la realidad de hoy, al igual que la del pasado y seguramente del mañana, es que los seres humanos necesitan nacer en una comunidad de amor, de compromiso y de solidaridad, basada en el matrimonio, unión permanente del hombre y la mujer. Lo necesitan, más allá de constatar que es creciente el número de «familias monoparentales», la inestabilidad de los vínculos, tanto del conyugal como de otros derivados del parentesco, y que la «familia grande» de antes es reemplazada por familias celulares, sin raíces y sin ramas.

 

Pero sería injusto, e impropio de la esperanza cristiana, quedarse en el lamento y la denuncia y no discernir signos positivos. En el matrimonio ha crecido una relación de igualdad entre los integrantes, reflejada en las formas de encarar el trabajo, el cuidado de la casa y de los hijos, e incluso la misma vida sexual. Desaparece un doble patrón de moral, que admitía para los hombres lo que censuraba para las mujeres, que hoy, además, están menos dispuestas a aceptar, como un mal necesario, la violencia doméstica. La autoridad de los padres, para ser creíble, exige un ejercicio desde el diálogo y el respeto hacia el hijo. Escuela, confesiones religiosas, instituciones y jueces, intentan dar respuestas creativas a las demandas de atención de los matrimonios y las familias, especialmente cuando son azotadas por las plagas de la discordia, la droga, la depresión y la desocupación.

 

Lo mismo cabe decir de la reflexión teológica y de la acción pastoral. El Concilio Vaticano II y el magisterio de Pablo VI y Juan Pablo II han profundizado su mirada sobre el matrimonio y la familia en todas sus dimensiones. El sínodo de la familia, dos encuentros mundiales del Santo Padre con familias, infinidad de congresos, cursos de formación de ministros para el servicio de las familias, preparación mediata e inmediata de los novios y acompañamiento de los matrimonios, en los buenos momentos como en los de crisis, son dimensiones de una conciencia del valor de la familia, «iglesia doméstica», «santuario de la vida». No cabe duda que así y todo es mucho lo que queda por hacer, en especial para alentar a los matrimonios que, en medio de las dificultades, perseveran en la fidelidad, ahondando en la dimensión sacramental y en la escucha atenta y abierta de sus preocupaciones y anhelos mediante formas activas de diálogo y participación en la vida eclesial.

 

En las páginas de este número de CRITERIO podremos encontrar pistas para profundizar algunos aspectos de la familia, como lugar por excelencia de la transmisión de valores, pese a que limitaciones de espacio obligan a postergar el enfoque de otros, conscientes de que la temática ni es nueva para nuestra revista ni se agota en esta oportunidad.

 

En la familia comienza la tarea de «hacerse hombre», aprendiendo a amar, a compartir, a dialogar, tarea a la que la escuela hace su aporte, propio y recíprocamente complementario. La violencia de las personas y de la sociedad, el consumismo, la importación de modelos y costumbres presentan nuevos problemas y desafíos.

 

 La solidaridad y el amor pueden fortalecerse en las horas de prueba, hasta convertirse en camino de comunión, como ocurre cuando en la enfermedad o la discapacidad de uno de sus miembros se sabe descubrir una presencia privilegiada de Cristo. Matrimonios y familias dan testimonio de vocaciones de servicio ayudando al crecimiento de otras familias.

 

Nuestra mirada se dirige a lo alto, hacia los lazos misteriosos que unen a la Santísima Trinidad, de la que la familia es «icono». Nos admiramos del Señor, «revestido de la humildad de la carne», y lo vemos nacer y crecer en el seno de una «familia pobre y divina, pobre mesa, pobre casa, mucha unión, ninguna espina y el ejemplo que culmina en un amor que no pasa», como canta un himno de Laudes. La Iglesia, pueblo y familia de Dios, sigue aprendiendo de «las sencillas lecciones de Nazareth», quiere, como María, mostrarse como Madre y Esposa mientras lleva a todos los confines de la tierra la buena noticia de que, con la fuerza del Espíritu Santo, el ser humano puede llamar a Dios con el tierno y familiar nombre de Abba, Padre.  

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?