Cuando el pediatra y psicoanalista inglés Donald Winnicott, con un sonoro golpe sobre la mesa dejó atónito a su auditorio con su exclamación de “los bebés no existen” (“there is no such thing as a baby!”), dejó sentado un concepto fundamental para entender el desarrollo humano. Siempre –agregó para alivio del público– “es un bebé con una madre”.

 

Podríamos continuar por esa línea que genialmente trazó y sostener que no hay tal cosa como una persona: siempre es una persona con una familia. Sin duda asentiría en esto con su experiencia de setenta mil casos de niños con sus familias que atendió en su larga y consagrada vida. Por algo uno de sus escritos se llama: “El hogar, el lugar de donde partimos” (“Home is where we start from”).

 

 

Un concepto similar aparece claramente sostenido en la encíclica Centessimus annus (CA 39) donde leemos: “La primera estructura fundamental, a favor de la ecología humana es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien”, donde “se aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente, qué quiere decir, en concreto, ser una persona”.

 

Bien asentado este pensamiento, podremos continuar en el camino para comprender la génesis –o, si se quiere, el auge inusitado– de la violencia en nuestras vidas cotidianas.

 

Familias violentas y familias violentadas

 

Si no se aprendió a amar y ser amado y a ser una persona, tampoco se podrá ver al otro como persona. Será un objeto más y se procederá a tratarlo como tal, sin amor y sin tener en cuenta su dignidad inherente como ser humano. Este es el primer hecho violento ya que invita a usar la fuerza (el “poder”, o sea aquello que hace que uno “pueda”) de una manera no ética. El resultado de esto se nota también en las pequeñas actitudes de educación que antes se observaban en la vida cotidiana, en especial en las ciudades, de donde su denominación genérica de urbanidad. La decadencia en el uso de modales de convivencia como el saludo o el agradecimiento, resulta importante porque es en esos mínimos gestos en que se nota la primera actitud hacia el otro como persona: a nadie se le ocurriría pedirle disculpas al poste que se ha llevado por delante en su caminata. El tratar al otro –persona– como un poste más, es ya una aproximación que genera violencia.

 

Volviendo a Winnicott, es útil recordar que éste sostiene que la conducta delictiva se instala como resultado de una falla ambiental y desarrolla la siguiente lógica: un psicópata (o personalidad anti-social) padece una afección adulta consistente en una delincuencia no curada; el delincuente es un niño o niña antisocial que no ha sido curado; un niño o niña antisocial es aquel que ha sufrido una privación; la criatura que sufre una privación es aquella que poseía algo bueno y que dejó de poseerlo, a la vez que en el momento de la privación había alcanzado un grado de crecimiento como para quedar traumatizado por ello. Dicho de otro modo –como textualmente añade– hay lógica en la actitud implícita de que “el medio ambiente me debe algo”, que adopta el psicópata, el delincuente y el niño antisocial. Las privaciones de las que habla, pertenecen al área de los afectos, de las emociones, de los cuidados. O sea, al campo mismo de la vida familiar más íntima. Desde luego que debemos tener en cuenta la complejidad de las circunstancias que originan la situación de falla. Un ejemplo de ello podría ser el de una madre que atraviesa una marcada depresión por una ruptura del hogar, ya sea por un marido que la abandonó o por una crisis económica que la sume en la ruina, o por ambas cosas consecutivas. En esas condiciones quizás pase por un periodo en que se encuentre absolutamente incapacitada para proveer la atención necesaria al niño: ¿se encontrará con el auxilio necesario en su grupo familiar extenso o en el comunitario para que su hijo no sufra tan agudamente la sensación de haber sido “deprivado” –esto es, despojado de algo que tenía y que perdió por una falla que detecta en el medio de protección con el que debiera contar y que le es esencial para el desarrollo normal de su vida? (“not prived”, o sea algo que nunca tuvo, “but deprived”, o sea de algo que tuvo y que luego se le quitó).

 

Podríamos visualizar una familia violenta, como una en la que las fallas en la capacidad de comunicarse los afectos y el recurrir preponderantemente a soluciones violentas y rápidas para las situaciones conflictivas naturales que genera normalmente el crecimiento, esto es, la vida misma; y que, además, no ha podido contar con los recursos necesarios que los agentes comunitarios debieran proveerle para modificar dicho sistema violento.

 

En estas familias, la violencia puede manifestarse a través de sus formas físicas incluyendo la muy extrema del abuso sexual (la gran mayoría de los abusos sexuales son cometidos en el seno familiar), o de las emocionales, incluyendo en éstas al abuso psicológico y al abandono o descuido. También como muy frecuentemente lo vemos, formas mixtas de todo ello.

 

Pero existen también las familias en las que los mecanismos sanos se han desarrollado suficientemente y la violencia está lejos de ser el recurso cotidiano para resolver los conflictos y las necesidades de sus integrantes. Sin embargo, ¿qué les podría suceder si uno de sus miembros, traspuesto el umbral hogareño, se encuentra agredido por la violencia que existe en el mundo exterior? (supongamos que es asaltado y golpeado sin miramientos por su bicicleta o sus zapatillas). Tan pronto retorne lastimado introducirá en su hogar la enorme violencia de la que ha sido objeto. Si no se encuentra una respuesta de la comunidad que contenga apropiadamente la situación, la tendencia natural será la de vengarse en un grado acorde al daño sufrido (recordemos el film La fuente de la doncella de Ingmar Bergman). Aparecerá la violencia de la familia violentada (desbordada en sus controles internos), especialmente si ella se encuentra luego del hecho violento con importantes fallas en los agentes comunitarios encargados de la custodia, la ineficiencia de los servicios sociales o la ausencia de modelos concretos que enseñen a contener y lidiar con las situaciones de este tipo (controles externos deficitarios), los que, a su vez, quedan también impregnados por el nuevo hecho traumático y se tornan más violentos en su falta de respuestas. Llegaremos así a lo que el psiquiatra británico Arnon Bentovim ha descripto lúcidamente como Sistemas Organizados por el Trauma (Trauma Organized Systems).

 

La idea de las interacciones permanentes que se dan entre las familias y las comunidades en las que éstas se desarrollan resulta clave para comprender todo el proceso. Si tomamos, por ejemplo, tan sólo un medio poderoso de comunicación de corta distancia (en el sentido de la comunidad inmediata) y larga (en el sentido de su globalidad) como es la televisión, tantas veces preñada de una gran violencia, podemos quedarnos muy preocupados con algunas estadísticas arrojadas por los estudios de Bandura en los EE.UU. y que seguramente, con ligeras variantes, serían aplicables a otros medios si fueran estudiados: las familias que “consumen” un elevado porcentaje de sus horas libres viendo televisión (arriba del 60% del tiempo), son mucho menos sensibles a los hechos de violencia que aquellas de bajo consumo (menos del 30% de dicho tiempo), y tienden a concebir al mundo como naturalmente más violento, son más escépticas sobre las posibles bondades inherentes al ser humano y por lo tanto, mucho menos solidarias en su actitud básica.

 

Diversas teorías sobre la génesis de las conductas violentas 

 

Abarcan la extensa gama que va desde las puramente psicológicas hasta las puramente biológicas. También los intentos de hacer confluir diversas teorías hasta llegar al concepto del ser humano como psico-biológico-social. Sin duda, los enormes e inigualados avances en el estudio del funcionamiento del cerebro que se han logrado en la última década, llevan a que no sea prudente desestimar el peso de lo genético, de los neurotransmisores cerebrales, de las hormonas y demás sobre el comportamiento humano y su relación con el monto de la agresividad. Pero resulta también que una mayor agresividad natural –por así llamarla– no necesariamente debe transformarse en una conducta criminal. Un adecuado encauzamiento de dichas fuerzas puede estar al servicio de nobles y elevados propósitos y rendir así los mejores frutos, dando respuesta positiva al origen etimológico de la palabra, proveniente de aggresio, que significa dirigirse hacia o contra, acometer, lo cual en la vida es por cierto bien necesario en múltiples situaciones.

 

De esta manera, frente al riquísimo caleidoscopio que conforman la investigación psicológica y psicoanalítica, la social y cultural, la genética, la bioquímica, las combinaciones de ellas y otras más, nos encontramos con imágenes atractivas que, según el gusto y la formación de cada uno, resultan más convincentes unas que otras. Sin embargo, una sensación de incompletud termina instalándose. Una sensación de algo fundamental –metafísico– se nos ha estado escapando entre los dedos: el ser humano es más que todo esto, por lo que con estas respuestas no podemos rendir cuenta cabal a la pregunta de por qué, hoy en día, la violencia en la vida cotidiana produce la temible impresión de ir en constante y espiralado aumento.

 

Volviendo a la noción de ecología humana  

 

Así como la ecología en general se ocupa de la preservación y justa administración de los bienes que la naturaleza dispensa al hombre, la ecología humana deberá ocuparse de los bienes humanos más preciados, a los que llamamos las virtudes y los valores morales. Y como ya citamos: “La primera estructura fundamental a favor de la ecología humana es la familia…”.

 

Como bien escribe Enrique Fabbri hablando sobre “Ecología humana y familia”, “se puede decir, interpretando Centessimus annus, que todo el sistema económico, sociocultural y político, si ignora la dimensión familiar, ética y religiosa del ser humano, se deforma, ‘pierde su necesaria relación con la persona humana y termina con alienarla y oprimirla’” (CA 39). Y así se le hace imposible a la familia “sobrevivir y participar activamente en el bien común de la humanidad” (CA 34). En efecto, no es fácil la promoción de este tipo de familias en ambientes donde hay una “excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios, al provocar de manera desenfrenada los instintos y las tendencias al goce inmediato, lo cual hace difícil el reconocimiento y el respeto de los verdaderos valores de la existencia humana” (CA 29).

 

¿Cuántos de estos productos que prometen el “goce inmediato” circulan hoy con toda la promoción que los “medios” ponen a sus servicio? Las drogas saltan pronto a las primeras filas. Los slogans tales como el de “vivir el momento”, “mi cuerpo es mío”, “mi vida es mía y hago de ella lo que a mí se me antoja”, o “total, todo es lo mismo, no hay por qué hacer diferencias” (Opportet distinguere recomendaba en cambio san Agustín) y tantos del mismo tenor de supuesta libertad, son terriblemente violentos en sus orígenes y resultados. Pero, las personas formadas en familias con estos no-valores serán también los integrantes de las instituciones que las comunidades y las familias necesitan para su funcionamiento. El espiral violento se retroalimenta y se incrementa.

 

Pronóstico “neo-darwiniano”

 

Los enfoques “neo-darwinianos” se han ocupado de incorporar los descubrimientos genéticos modernos con la teoría evolucionista. La selección natural actuaría sobre los códigos genéticos para transmitir ciertos rasgos más que para modificar los rasgos mismos (William D. Hamilton, 1963, fue el primero en hablar sobre este fenómeno). La conducta violenta sería el resultado de paulatinas adaptaciones a las condiciones sociales modernas. Si las sociedades tienden a ser más impersonales, como va sucediendo hoy en día, el grado de impunidad del “predador” con conductas criminales estará facilitado y el número de víctimas disponibles aumentará en la medida en que el violento pueda esconderse y acechar fácilmente, y con ello no necesitar la represión de sus impulsos más agresivos. La criminalidad aparecería entonces como un fenómeno de adaptación de las poblaciones urbanas gigantescas. Los individuos más brutales serán los que más probabilidades tendrán de sobrevivir y prosperar, y estas características tenderán a ser genéticamente transmitidas. A la vez, individuos más violentos tenderán a formar sociedades más violentas, ya que en ellas son los que mejores probabilidades tienen de éxito. De esta manera, en forma circular, la violencia tenderá a ser cada vez más intensa y preponderante, a costa de la extinción más o menos rápida de los menos influidos (no determinados, ¡atención!) por la violencia genética y ambientalmente transmitida, y del pulular en aumento de las personas más feroces. (En un muy visto programa televisivo sobre temas políticos, recientemente el conductor se preguntó sobre si un posible candidato a presidente podría llegar a serlo, ya que quizás se estimara que carece de las características necesarias para una política nacional que es feroz –“feroz”, propio de las fieras salvajes– quedando así planteada la necesidad de candidatos feroces para una sociedad también más y más feroz y menos altruista y compasiva).

 

Lugar y responsabilidad del terapeuta familiar

 

La mayor parte de las personas dedicadas al campo terapéutico individual y familiar coincidimos en que ha habido un cambio en el porcentaje de patologías atendida en los consultorios. Se nota un marcado aumento de las disfunciones de tipo “antisocial” o “psicopatías”. Estas personalidades de acción se comportan con un manifiesto desprecio por los derechos ajenos y las normas sociales; deshonestidad y propensión a la estafa material o moral del otro, a veces por el simple motivo de ejercer el placer de desprecio o la crueldad (se observa un considerable aumento de cuentas de honorarios que no se pagan jamás); incremento de la agresividad (si es necesario, con la ayuda de drogas en ese sentido muy eficaces como la cocaína); total irresponsabilidad por los actos con su consecuente pérdida del sentido de la culpa, la cual será sistemáticamente atribuida a otros. (Últimamente nos estamos familiarizando con funcionarios descubiertos en flagrantes delitos, que prorrumpen en las más lastimosas lágrimas de arrepentimiento mientras, mostrando lo contrario, amenazan con denunciar a otros mucho más malvados que ellos y que permanecen sin castigo, con lo que todos los oyentes se empiezan a sentir terriblemente culpables de estar acusando a un pobre individuo que tan sólo se ha equivocado un poquitico).

 

Bien entendido el lugar esencial que la familia ocupa en el desarrollo de la persona, quien se dedique a la especialidad de terapeuta familiar, a nuestro juicio, no debiera plantearse una posición “neutral” a la manera de la propuesta por la técnica psicoanalítica clásica. Esto no quiere decir que tomará partido por éste o aquél miembro del grupo. Más bien queremos significar que debe presentarse en sus actitudes bien definidas como alguien que cree genuinamente en el valor que significa la vida familiar y que está convencido, por ello mismo, de que en dicho grupo está todo el potencial de amor necesario, que por uno u otro motivo ha quedado lastimado, trabado o sin el necesario desarrollo. Como un viajero que visita a otro país, se acercará con respeto para tratar de conocer y comprender. De su actitud genuina, que será tan observada como lo hacen los nativos de un lugar con el visitante, se podrá tener una experiencia de la intención de comprenderse, reconocerse y amarse a través de un nuevo diálogo que permita construir una nueva historia, más rica, más plena para todos, incluyendo al terapeuta mismo. Esta actitud, resultado de su crecimiento interior como persona, debiera ser, a nuestro juicio, independiente de las preferencias del terapeuta por tal o cual método terapéutico como técnica.

 

Porque al fin y al cabo, la red familiar, en los momentos más extremos de la vida, suele ser el recurso último y más pleno con el que podemos contar. Y si no hay red familiar, hay que ayudar a crearla con las personas que estén en la historia de cada uno o de los próximos, a veces los grandes amigos o compañeros de la vida, aquellos a los que no en vano se les suele decir “para mí es como un hermano, o una madre o un padre”. Y el terapeuta –por un tiempo más o menos largo o aún quizás por todo el tiempo como marco de referencia o consulta– será uno de los puntos importantes en dicha red de sostén y acompañamiento, de lo cual hoy deberá tener conciencia para hacerse plenamente cargo del compromiso y de la responsabilidad que le es inherente.

 

Desafío y esperanza

 

La violencia contemporánea no podrá ser modificada sin una acción destinada al desarrollo y sostén de las familias y de las necesidades que éstas puedan tener a través de los distintos ciclos vitales por los que vayan atravesando. En todas esas circunstancias, las agencias comunitarias deberán estar atentas y a su servicio. De este cuidado o de su falta dependerá que la familia y los valores y virtudes que en su interior se cobijan, pasen a ser especies en eclosión o en extinción. Un difícil momento para los ecólogos humanos. Pero por ello mismo, un desafío riquísimo que nos convoca esperanzados a todos los que trabajamos en los varios campos de este empeño.

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