Alguna vez escribimos, aquí mismo, sobre aquellos queridos arquetipos de la familia en el cine argentino: la madre lavando ropa en la pileta, por ejemplo. Si la memoria no nos falla, la última fue María Vaner en el thriller político En retirada. Pero el hijo había desaparecido. Junto a ella aparecieron otras madres, y otros padres, preguntando por sus hijos, de una u otra forma, desde una u otra parte. Un ejemplo resurge en estos días, el industrial alemán que recuerda su infancia bajo el nazismo, al ver a su propio nieto secuestrado y adoptado por un oficial de la marina, en el vibrante Ojos azules. Había pasado el Proceso, y ya nadie podía pintar una familia argentina con total inocencia.

 

Con el tiempo, fueron surgiendo películas más gratificantes. Hace poco, El dedo en la llaga, Despabílate, amor y Sol de otoño, alentaban a rehacer la vida. Pero las cicatrices quedan. Por ejemplo, para la misma época el documental Tierra de Avellaneda mostraba cómo una joven recuperaba de la fosa común y enterraba cristianamente los restos de sus padres y su hermanito asesinados ante ella dieciséis años atrás. Luego, Buenos Aires viceversa golpeó fuerte, con sus historias fragmentadas de familias fragmentadas. Los abuelos que se niegan a ver la fealdad del mundo exterior, el grupo que parece normal y tiene un tío perverso, los dos huérfanos que apenas mencionan a sus padres perdidos, pero los llevan presentes, formando una hermandad…

 

Y luego, Bajo bandera, donde dos oficiales confrontan sus conceptos de lealtad a la familia militar (uno siguiendo a los padres de la Patria, el otro abogando por su derecho al pecoreo, los abusos y la impunidad), mientras un padre y una hermana reclaman por un soldadito, en un episodio que remite al desgraciado “caso Carrasco”. La película misma remite a otra anterior, El caso María Soledad, ya que ambas sirven a la memoria de dos hechos que simbolizan como pocos la angustia de las familias argentinas frente a las injusticias del Estado. Mejor dicho, de quienes manejan las instituciones del Estado.

 

Al respecto, la figura tan desvalorizada de los jueces, aparece en nuestro cine reciente mucho más apreciada, pero también con su propia integridad familiar amenazada cuando tratan de cumplir su trabajo, tanto en La furia, eficaz cinta de acción, como en Cenizas del paraíso, tragedia casi televisiva de potente contenido, que realza dolorosamente el sentido de fraternidad, y cuya frase clave, la que se fija en la memoria del espectador, es la de una jueza de instrucción: “Haga lo que haga, no será justicia”. 

 

En ésta y muchas otras películas actuales, suele faltar alguna de las figuras parentales. La madre, muchas veces por lejano fallecimiento, o el padre, casi siempre por abandono. Así, tras negativas experiencias con sus maridos, las mujeres de La vida según Muriel deciden luchar solas con sus criaturas, y terminan bien (incluso con algún nuevo marido). Otra cuestión es cuando el hijo siente que ya no tiene espacio en la nueva familia que ha formado la madre, ni recepción en la casa paterna, como el personaje de Martín (hache), donde se plantea el miedo de amar y la insatisfacción ante el chico que no responde ni se molesta en responder a las expectativas. De un modo pasteurizado, la comedia Un argentino en Nueva York dice la otra parte: el fastidio de una hija por un padre que parece desatender sus requerimientos. La eterna incomunicación, ya se sabe.

 

Con más agudeza, Pizza, birra, faso y Fuga de cerebros señalan la desvalorización o el terminante control que sufre una hija por el padre, y el consiguiente intento de independizarse formando una familia propia, no importa si la cabeza de la misma es un delincuente (al fin y al cabo, la madre cariñosa y atenta de Fuga… ejerce de punguista). Señalable, también en Fuga…, la afirmación mítica del padre ausente.

 

La emotiva Plaza de almas, volcada a los sentimientos de la gente común, muestra los esfuerzos cotidianos de vivir y afianzar una pareja, para colmo con una crisis incomprendida en la familia original. “De esas cosas no se hablan”, pensaban sus mayores. Cuando pueden hablarlas, comienza un mejor entendimiento, aunque los esfuerzos sigan siendo cansadores.

 

Hay variantes:

 

En el documental Quereme así (piantao), Astor Piazzolla agradece de corazón los palos que le daba su padre para que saliera bueno.

 

Flores amarillas en la ventana asimila el Ejército y la madrastra en la represión del amor, tarea que cumplen la sociedad provinciana y las autoridades educativas en La maestra normal.

 

La joven con inquietudes espirituales de Pequeños milagros, en cambio, soporta cariñosamente el desdén materno, y reconforta al padre, egoísta y fracasado.

 

Picado fino pinta la incomunicación de los padres con el hijo, que, por supuesto, rehúye la idea de ser padre. Un crisantemo estalla en Cincoesquinas es la fábula del hombre que busca ajustar cuentas con sus primeros años turbados por la violencia (hablando de estas películas, hemos sido algo duros con ellas, lo cual también es una pequeña muestra de incomprensión generacional. La verdad, tienen más méritos de los que uno reconoce en primera instancia).

 

Sus ojos se cerraron revisa los años 30, con la formación de una familia artística alrededor de una mujer que proyecta en un hombre concreto su amor por otro inalcanzable, y termina resignándose a formar una familia concreta con otro.

 

Menos amable, Secretos compartidos incorpora a una mujer que soporta a un necio con tal de darle un hogar a sus hijas, pero la paciencia de las mujeres, ya se sabe, tiene un límite marcado por el amor, o el fin del amor.

 

Basada en un clásico del escritor Rómulo Gallegos, Doña Bárbara pinta una madre que repelió a su propia hija (nacida apenas como un medio para alcanzar el poder), y que luego debe resignarse a ver esa hija en brazos del hombre que ella ama (y deja el poder). Detrás, está la reflexión sobre alguien que llegó acompañando un sueño de progreso, lo vio frustrarse, sufrió y asumió vengativamente la barbarie, y luego debió volver sobre sus pasos, para que, traído por otra gente, aquel sueño tuviera lugar.

 

Al revés, El faro hace la biografía de dos hermanitas huérfanas, sucesivamente ayudadas por una tía postiza mejor que las de sangre, y por amigos protectores. La mayor de las chicas también tendrá la protección como una de sus mejores virtudes, ejercida aun a costa de su propia salud. Y la menor, con su sola buena disposición, iluminará el camino de la hermana.

 

Todos esos títulos, ya lo señalamos, describen familias incompletas. La de Secretos… parece completa, pero es evidente que el padre está ausente de los suyos, al menos en espíritu. Ahora, si hablamos de familias prácticamente completas, caemos en dos comedias: Mar de amores, donde se juntan hasta los ex maridos y los futuros o posibles maridos, amén de abuelas, cuñadas, y agregadas, para presenciar el casamiento de la nena, y Cohen vs Rossi, sobre el choque entre un político corrupto y un periodista sensacionalista, cada uno con sus respectivos parientes, que –basta con ver la propaganda– ya se sabe cómo son.

 

Eso sí, en ninguna de todas estas películas hemos visto una pileta de lavar, ni siquiera un lavarropas automático. Y, sin embargo, todavía pueden verse madres lavando en la pileta. El videofilme documental Dársena Sur las presenta, porque todavía existen. Son la esposa de un ciruja, y la mujer de un obrero, que de paso muestran a la cámara sus manos carcomidas por el agua contaminada que les llega de las fábricas cercanas. El retrato de ambas familias, tan unidas, tan sufridas, en sus pocas risas y sus tantas luchas sin mayor futuro, es uno de los mejores y más honestos trabajos que hayamos visto en nuestra pantalla sobre esos asuntos (como para confirmar una tendencia, el cuadro se cierra con otro retrato, de una familia sin madre, donde el hijo, un chico barra brava, ayuda muy responsablemente a su padre alcohólico. Nada es simple en la vida).

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