Desde siempre, hombres y mujeres dieron testimonio de una experiencia espiritual. Evocaban así una dimensión trascendente de su experiencia humana. Más allá de lo que podían vivir y sentir en su trabajo, sus relaciones, sus penas y sus alegrías, algo o alguien se les manifestaba. No sabían bien cómo designarlo, pero su presencia, su realidad, superaba para ellos en certeza cualquier otra evidencia.

 

Esta experiencia se enfrentó con la sospecha de ser ilusoria que hicieron pesar sobre ella las grandes ideologías de principios de siglo. Asimismo debió vérselas con el escepticismo y la indiferencia de todos aquellos para quienes no constituía un problema válido.

 

Durante un tiempo, se creyó que la indiferencia y la crítica terminarían por silenciar a estos buscadores de sentido que se obstinan en dar testimonio de un más allá de la experiencia inmediata. Pero siguen ahí. A menudo se los descubre donde ya no se los espera, en los contextos más afectados por la modernidad, surgiendo de un pensamiento secularizado, asombrados ellos mismos de lo que están viviendo.

 

¿Debemos pensar entonces que asistimos a un resurgimiento espiritual semejante al de los grandes conversos de principios del siglo XX: Charles de Foucauld, Claudel, Maritain…? No del todo, porque la experiencia vivida por aquellos hombres se ubicó espontáneamente dentro de una tradición espiritual: encontró su expresión por referencia a una tradición religiosa, habitualmente cristiana en el mundo occidental.

 

La perspectiva se invierte

 

Hoy no sucede lo mismo. Muchos de los que viven y dan testimonio de una experiencia espiritual no la relacionan espontáneamente con una tradición religiosa. Y esta es precisamente la novedad. Son místicos sin credo y sin Iglesia que plantean cuestiones nuevas a la pastoral cristiana.

 

Ricos en experiencias humanas, relacionales, profesionales, sentimentales, un buen día se sintieron anonadados por la insignificancia y la vacuidad de la vida que llevaban: vida aparentemente exitosa para los criterios vigentes, pero para ellos carente de sentido. Y tan fuerte era esta evidencia, que no pudieron soportar la idea de seguir transitando hasta su muerte un camino desprovisto de significación. Rompieron entonces con su pasado, a menudo de manera radical. Muchos se fueron a vivir otra cosa, en otra parte. Una vida más simple, más pobre, más silenciosa, a veces asociada con una tarea humilde: ayuda humanitaria in situ, vida semieremítica en un ambiente rural… En el corazón de esta “conversión”, dejaron que el silencio se instalara en ellos, rezaron, sin saber a quién se dirigían. Muchos, y en los contextos más diversos, realizaron entonces lo que en lenguaje cristiano puede denominarse una experiencia mística. Tal la que relata Pierrette Brès al evocar las semanas que revolucionaron su vida, cuando en pleno éxito huyó, literalmente, a Jerusalén sin saber muy bien qué es lo que buscaba allí, como no fuera otra vida. En sus paseos errantes llega al pie del Muro de los Lamentos, y anota:

 

Como atraída, apoyo mis manos sobre la piedra, sollozo, la frente contra el Muro; no puedo evitar llorar, esas lágrimas vienen desde lejos, desde lo más profundo de mi memoria, desde lo más íntimo de mi carne. Imploro “Su” perdón, le pido Su amor y Su ayuda. Siento que finalmente he encontrado los brazos de mi Padre, el único, el Padre creador. Rezo igualmente para que Él me dé la fuerza de perdonar a aquellos que me han hecho mal, y para que ellos me perdonen el mal que les he hecho. Sí, le suplico a Dios que me dé la Paz 1. 

 

Algunas páginas más adelante, tras confesar que necesitó dejar pasar diez años antes de poder referirlo, pues temía pasar por una “loca mística”, escribe:

 

Nadaba en “su” luz, penetrado súbitamente mi espíritu por esa luz extraordinaria que sólo Dios puede verter en nuestras almas cuando se dirige a nosotros. […] En un relámpago fulgurante, el conocimiento intuitivo me ha penetrado. Me encuentro en el corazón de la verdad, sé, aunque no pueda demostrarlo con palabras. Contemplo el misterio de la Creación y soy una de esas partículas de polvo de estrellas que la integran 2.

 

Un don que viene de otra parte

 

No creo que Pierrette Brès haya leído a muchos autores místicos, pero lo que describe en estos pasajes recuerda ciertas páginas del Relato de Ignacio de Loyola, y lo que los Ejercicios espirituales llaman “el consuelo sin causa”. Ese sentimiento de una presencia, de un encuentro que se renueva interiormente, en lo más íntimo de uno mismo, se percibe como un don, una gracia que viene de otra parte. Algo que no es el resultado de una sabiduría trabajosamente adquirida, sino el fruto de una experiencia que ha sido dada. En un contexto diferente, Philippe Labro contó en La travesía lo que vivió durante su paso por una sala de reanimación. Su relato evoca algunas de las experiencias descriptas por el doctor Moony en La vida después de la vida, pero aquí hay algo nuevo: no son solamente impresiones sobre un eventual más allá, sino una verdadera conversión. Por lo demás, el capítulo que la relata se titula Volver a nacer:

 

Todo lo que he dicho y hecho por orgullo, narcisismo, egoísmo, impaciencia, negatividad, tendré que deshacerlo y luego rehacerlo, expulsando todas las manifestaciones de mi ego. Y deberé substituir el orgullo por algo de modestia; el narcisismo por algo de generosidad; la impaciencia por algo de serenidad; la negatividad por algo de optimismo. Y creo que no será difícil. ¡Será incluso infantil! 3 

 

Nuevo nacimiento, espíritu infantil… Philippe Labro no hace ninguna alusión explícita al Evangelio, pero lo que describe evoca perfectamente el encuentro de Jesús con Nicodemo.

 

Pero ¿con quién compartir esta experiencia revolucionaria? ¿Con quién compartir esta iluminación? Porque el sujeto de esta vivencia siente que no puede guardarla para sí. No le ha sido concedida para alimentar un sueño interior, sino para iluminar a los hombres. Comienza entonces una larga y dolorosa búsqueda. El mundo de ayer no ha cambiado: indiferente, insignificante. Y sin embargo, todo es nuevo. ¿En qué se habría convertido Pablo, deslumbrado por su encuentro con Dios, si no lo hubieran recibido Ananías y la pequeña comunidad de Damasco?

 

¿Dónde encontrar a Ananías?

 

¿Dónde encontrar hoy a Ananías, para poder releer, expresar, afirmar y consolidar con él lo que uno ha vivido? La mayoría no buscará espontáneamente por el lado de las grandes Iglesias. Pierrette Brès lo pensó un instante cuando regresó a París, pero descartó rápidamente esa perspectiva. Uno puede deplorar esta decisión cuando lee las últimas páginas de su libro. Los eclesiásticos parecen demasiado ajenos a esta clase de experiencias: parecen ante todo preocupados por administrar una religión, con su doctrina, sus ritos, sus obras. Y varias personas que se les han acercado se han sentido tan incomprendidas por ellos como por el mundo en que vivían. Sólo los monasterios han sabido responder a sus expectativas. Pero, salvo para contados casos, los monasterios sólo pueden ser una etapa. ¿Y después? Quedan los gurúes, omnipresentes en nuestra sociedad, que se muestran receptivos a la experiencia interior y le proponen diversos caminos.

 

De allí el éxito de revistas y editoriales que se especializan hoy en la experiencia interior, arriesgándose a proponer itinerarios cuya seducción sólo iguala a las decepciones que pueden engendrar. Muchos lectores han sido sensibles a la búsqueda espiritual que Paulo Coelho expresa en su libro El alquimista 4; ¿qué harán si, para seguir avanzando, no encuentran otras perspectivas que los ejercicios esotéricos propuestos por El peregrino de Compostela 5? 

 

Lo mismo sucede con las promesas de los grupos sectarios, cuyo radicalismo parecería armonizar con la conversión deseada. Es muy triste ver cómo se extravían experiencias auténticas en callejones sin salida, donde sólo pueden perderse o terminar agotadas. ¡Como si hoy en día la obra del Espíritu no llegara nunca, o muy pocas veces, a encontrar los caminos de Cristo!

 

¿A qué se debe esta descalificación de las Iglesias cristianas, particularmente del catolicismo, en la búsqueda espiritual? Las razones son múltiples. Habría que culpar al racionalismo antisemita que marcó al catolicismo francés a partir de la famosa disputa entre Bossuet y Fénelon. Pero uno puede preguntarse también si el Dios de la Revelación cristiana no sufre el descrédito arrojado sobre la figura del Dios bueno y todopoderoso que calló ante Auschwitz. Mucho más que el de uno u otro de sus representantes, el silencio del Dios de la Biblia ante el exterminio de su pueblo ha planteado una cuestión temible para todos los creyentes. Ella ha sido vigorosamente expresada por escritores judíos: por Wiesel, por Jonas. Ella marca la obra de teólogos cristianos como Moltmann. Hoy está presente en el subconsciente de todos nosotros a través de numerosos testimonios literarios. Pero ¿hemos cobrado conciencia clara de la amplitud de su repercusión en el espíritu de nuestros contemporáneos? ¿Y de la urgencia que existe hoy en purificar nuestro concepto de Dios de todas las ambigüedades en que lo tenemos cautivo?

 

Espiritualidades laicas

 

Reflexionando sobre el anuncio del Evangelio en nuestras sociedades secularizadas de Occidente, la Congregación General de los Jesuitas confirmaba: “La vida espiritual de los hombres no ha muerto; simplemente, se desarrolla fuera de la Iglesia” 6. Incluso habría que decir, en algunos casos, fuera de la religión. Prueba de ello es el éxito del budismo, que en forma secularizada se desarrolla en Occidente. A muchos se les presenta como el intento más radical para proponer una espiritualidad en el retraimiento de lo religioso.

 

También puede pensarse en la tentativa de Luc Ferry por presentar una espiritualidad laica: “El hombre-Dios o el sentido de la vida” 7. Cualesquiera sean las limitaciones de este libro, su éxito es significativo: demuestra a las claras que existe una coincidencia entre su búsqueda y las aspiraciones de cierto número de nuestros contemporáneos. Agnóstico, formado en un cristianismo al que ha dejado atrás sin amargura ni resentimiento, Ferry presenta una visión de lo sagrado que pretende ser secularizada. La trascendencia ha bajado de los cielos, de la esfera teológicoética, para entregarse enteramente a las relaciones horizontales: a lo humanitario. Reconocer presente a Dios en el corazón de nuestra condición humana, investir la dimensión religiosa en las relaciones fraternas, ¿cómo no reconocer ahí un proyecto cristiano? ¿Cómo no preguntarse también si, privado de referencia a Cristo y a la Encarnación, conserva todavía un valor de trascendencia que pueda realmente darle sentido a la vida? Ferry no se hace estas preguntas, y nos deja ante la paradoja de un pensamiento que toma distancia frente al cristianismo para proponer las intuiciones más profundas de éste. También esto pertenece al clima espiritual de nuestro tiempo, y el libro de Ferry no es el único ejemplo.

 

Más cercanas al Evangelio y marcadas por el cuestionamiento nacido de la Shoa, se encuentra lo que podría llamarse las “teologías literarias del Bajísimo” —que se desarrollan de Christian Bobin a Sylvie Germain— y que también conforman teologías sin Iglesia ni Revelación 8. El Evangelio funciona en ellas de alguna manera como el mito en que cada uno encuentra la expresión de la propia experiencia espiritual. Se lo lee de manera personal y profunda, a veces selectiva; en todo caso, nada indica que llama a una participación comunitaria en la obra de Cristo. Tampoco aquí parecen encontrarse los caminos del Espíritu con los de Cristo ni con los de su Iglesia. ¿Qué hacer entonces?

 

Respuestas o caminos

 

Durante siglos, nuestra pedagogía espiritual se basó en una tradición, recibida y transmitida, que procuraba abrirse a la experiencia espiritual. ¿No es ése, por ejemplo, el esquema de los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, quien, a partir de Principio y fundamento y de los recordatorios doctrinales de la Primera Semana, trata de abrir al ejercitante a la experiencia de las mociones espirituales? Lo mismo podría decirse hasta hace poco de la catequesis y la formación moral. Partiendo de la tradición recibida se trataba de hacer vivir una experiencia.

 

Hoy, en cambio, nos encontramos desarmados cuando nos enfrentamos a una experiencia que tiene su valor, su dinamismo, pero que no ofrece ningún punto de referencia para ser comprendida y desarrollada. “¿Qué es lo que me pasa? ¿Soy el primero que vive estos estados? ¿No estaré en un camino que me margina cada vez más? ¿Hasta la soledad, la locura?” Preguntas angustiantes que pronto se formulan los nuevos buscadores de sentido, y que los conducen a llamar a todas las puertas salvo, precisamente, a las que son guardianas de una tradición espiritual susceptible de responder a sus expectativas. ¿Por qué sucede esto?

 

Porque muchas veces ofrecemos respuestas cuando nos están pidiendo caminos. Aquellos que, desde horizontes muy diversos, se ponen en marcha, alentados por el Espíritu, no esperan que les ofrezcamos la seguridad de un puerto bien resguardado. Justamente, han abandonado el puerto de las seguridades fácticas. Se han internado mar adentro por su cuenta y riesgo, y saben que la travesía será larga. No nos piden que les describamos el puerto, sino que los acompañemos en un camino cuyo término no conocen: saben que los espera un encuentro que les hará descubrir lo mejor de sí mismos y el sentido de la aventura humana. Lo que esperan es un compañerismo de búsqueda y disponibilidad, no un alarde complaciente de certezas. Ellos quisieran encontrarse con los Reyes Magos guiados por la estrella, y no con los sabios escribas de Jerusalén. Y muchas veces, las Iglesias de Occidente tienen para ellos el rostro de los escribas de Jerusalén.

 

Demasiado ocupados por las verdades que debemos transmitir, somos poco sensibles a las expectativas de quienes no nos están interrogando sobre lo que deben creer (eso vendrá después), sino sobre lo que significa creer. Estamos ocupados en transmitir una tradición, cuando debiéramos acompañar un nacimiento. Pero ¿quién de nosotros es lo suficientemente libre en su fe como para animarse a la novedad, en una fidelidad creadora al don que ha recibido?

 

Experiencias que deben ser vividas

 

No se trata de hacer tabla rasa de la tradición recibida para encontrar una fe pura, sino de volver a descubrir que las verdades cristianas son, ante todo, experiencias que deben ser vividas. Si nuestros contemporáneos se muestran alérgicos al esplendor de la verdad, no es por desprecio o desinterés de la verdad. A su manera, la están buscando. Lo que quieren es experimentarla, descubrir por sí mismos su poder de cura y de reconciliación. Recurren a las palabras, a los testimonios, a las ascesis que los ayudan a vivir, que los reconcilian consigo mismos, con el mundo y con los hombres. Deberíamos decir –si estas palabras no estuvieran tan desgastadas– que están buscando una buena nueva de salvación. Y esta buena nueva, ellos la evaluarán precisamente por sus efectos personales y colectivos.

 

¿Cómo extrañarnos entonces de ese fenómeno, tan frecuentemente señalado, de religiones a la carta? 9 Puede entreverse un reflejo de la sociedad de consumo; pero hay más que eso: la cuestión del sentido es eminentemente personal, y a cada uno le corresponde comprometerse enteramente. Es imposible confiar de entrada en una autoridad, sea cual fuere. Cada uno debe experimentar el camino por sí mismo, testear la propuesta según el patrón de su experiencia interior, por más tímida y vacilante que ésta sea. ¿Orgullo, dirán? Quizás, pero ¿no es acaso también, implícitamente, fidelidad al Espíritu, que “escribe derecho con líneas curvas” y conduce a cada uno por su camino personal? Antes de acusar a nuestros contemporáneos de sincretismo o de liberalismo espiritual, preguntémonos si no estamos prestando más atención a los colores ideológicos que al proceso interior.

 

Antes que verdades que deben ser creídas, los misterios cristianos son experiencias que deben ser vividas. El encontrar a Cristo, tanto para los discípulos como para cada uno de nosotros, es una experiencia de salvación: “Señor, ¿a quién iremos?; tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68). Al referirse a la Trinidad, la Iglesia no impuso un teorema dogmático que debe admitirse; intentó dar cuenta de lo que viven sus fieles. En la fidelidad al testimonio de las Escrituras, la fe, la esperanza, el amor de cada uno encuentran a Dios como Padre, Hijo y Espíritu, sin que puedan confundirse ni separarse estos tres rostros. Esto es lo que traduce la teología cuando habla de la comunión de tres personas unidas en la perfección del amor. Pero para aquel que no ha hecho esta experiencia, el dogma de la Trinidad será letra muerta, carente de significación espiritual.

 

Místicos solidarios

 

El testimonio espiritual más próximo a nuestros contemporáneos sigue siendo el de los místicos. Pero hay que tener en claro lo que distingue la mística cristiana de todas las místicas gnósticas que se proponen a nuestros contemporáneos. Los místicos cristianos son “místicos solidarios”, para quienes la búsqueda de Dios se vive en profunda solidaridad con los combates, los sufrimientos y las alegrías de sus hermanos. Si el martirio de los monjes de Tibhirine tuvo semejante impacto en la opinión, fue porque eran humildes buscadores de Dios que compartían los sufrimientos y los riesgos de los pueblos entre los que vivían. ¿Por qué la influencia de la comunidad de Taizé sigue manteniéndose después de casi cuarenta años? Porque ha permanecido fiel a la intuición originaria, profundizada con los acontecimientos, que quiso unir “Lucha y contemplación”, según el título de una de las obras de Roger Schutz 10.

 

Aceptemos que nos interrogue el encuentro de las espiritualidades más allá de las fronteras. Ante todo, para ampliar el espacio de nuestras tiendas. El Espíritu obra en este tiempo, y no sabemos dónde alienta. Aceptemos retomar el camino de la aventura espiritual, con sus riesgos y su incomparable novedad. Ella hará que nos encontremos con hombres y mujeres llegados de horizontes diversos por caminos inesperados. Para los peregrinos del sentido hay exigencias que respetar; no hay fronteras.

 

 


Texto de Etudes, nº 3862, febrero 1997.

Traducción: CETI – Bernardo Capdevielle.

  

1. Pierrette Brès, Les chevaux de Dieu (Los caballos de Dios), Michel Lafon, 1996, pág. 161.

2. Op.cit., págs. 193-195.

3. Philippe Labro, La traversée (La travesía), Gallimard, 1996, pág. 200.

4. Paulo Coelho, L’Alchimiste (El alquimista), Anne Carrière, 1994.

5. Paulo Coelho, Le pélerin de Compostelle (El peregrino de Compostela), Anne Carrière, 1996.

6. “Serviteurs de la mission du Christ”. (“Servidores de la misión de Cristo”.) Perspectiva de los jesuitas en la actualidad. Suplemento de Vie chrétienne, Nº 409, pág. 42.

7. Luc Ferry, L’homme-Dieu ou le sens de la vie (El hombre-Dios o el sentido de la vida), Grasset, 1996.

8. Christian Bobin, Le Très-bas (El Bajísimo), Gallimard, 1992.

  Sylvie Germain, Echos du silence (Ecos del silencio), DDB, 1996.

9. Jean-Louis Schlegel, Religions à la carte (Religiones a la carta), Hachette, 1995.

10. Roger Schutz, Lutte et contemplation (Lucha y contemplación), Presses de Taizé y Seuil, 1973.

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