Abordar el tema de la globalización es muy riesgoso. En efecto, es un proceso que todos reconocen como el más determinante de la década del noventa, pero que suscita opiniones muy encontradas. Algunos lo ven con optimismo, otros con pesimismo, pero sólo los que no están atentos a lo que pasa en el mundo pueden permanecer indiferentes a él.

 

La globalización es un proceso multidimensional, aunque hay razones para pensar que es ante todo un proceso económico hecho posible por cambios provenientes de la ciencia y la tecnología, es decir del mundo de la cultura. La digitalización de las comunicaciones humanas –palabras, números, imágenes–, y aun de las operaciones mentales, ha revolucionado la producción, el almacenamiento, la búsqueda, el transporte y el acceso a la información. Se dice que hoy las transacciones se hacen en tiempo real, pero en realidad se efectúan a una velocidad infinitamente superior a la que podría realizarlas el cerebro humano. Si la revolución industrial multiplicó la fuerza del hombre, la revolución informática multiplica la capacidad del cerebro humano. Un símbolo de esta revolución ha sido la partida de ajedrez entre Kasparov y Deep Blue.

 

Desde el punto de vista cultural hay un segundo hecho tremendamente significativo. La miniaturización de las computadoras y la replicabilidad del software hacen posible el fenómeno de la “computadora personal”. Cuando en los primeros tiempos la computación exigía máquinas que sólo las grandes empresas e instituciones podían tener, el poder de la información estaba en manos de quienes las poseían. Hoy la información se ha democratizado, y está al alcance de quien posea una computadora y un módem para acceder a internet.

 

Comunicarse en red es un tercer hecho significativo. El crecimiento explosivo de la red es un signo elocuente de la sed de comunicación libre que anida en el corazón de todos los hombres de la tierra. En el pasado la información era dependiente de un proceso vertical y descendente: los consumidores de información no podían generarla. Hoy la tecnología nos permite ingresar en un proceso horizontal de diálogo donde el intercambio es recíproco, y donde su carácter interactivo quedará más plenamente en evidencia. ¡Piénsese en las posibilidades de intercambio de una máquina que transforme mi discurso oral en texto escrito en la lengua de mi destinatario! Del mismo modo que la globalización económica tiende a instituir mercados sin fronteras, la revolución informática hace posible –y lo hará cada vez más– la destrucción de las barreras idiomáticas y el aislamiento recíproco.

 

Una visión teológica

 

Un mundo globalizado evoca para mí un mundo sin fronteras, donde la centralidad del Estado nación es reemplazada por la centralidad de la persona humana. Esa persona es vista hoy a través de una serie de determinaciones que la incluyen en una categoría: étnica, de género sexual, de clase social, de nacionalidad, de religión. Determinaciones que de múltiples modos contribuyen a la fragmentación de la humanidad. No porque la diversidad sea un mal, sino porque se ha perdido de vista lo esencial de lo que constituye nuestra humanidad. Por eso quiero proyectar ante todo la luz de la fe cristiana sobre este proceso.

 

Afirma el Concilio Vaticano II que “la igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino” (G.S. 29). Pocos años antes, Juan XXIII decía en su última encíclica, Pacem in terris: “En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto. Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna” (P.T. 9-10).

 

Textos semejantes a los citados pueden encontrarse en la enseñanza de la Iglesia en cualquier época. La comunidad de origen y de destino de todos los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios, es el fundamento sobre el que se construye la antropología cristiana. Cuando se compara este fundamento con el enunciado del art. 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”, comprobamos que el enunciado católico no distingue entre nacidos y no nacidos, y proclama claramente a Dios como origen y fin del hombre.

 

A este fundamento, que podríamos llamar natural, se añade el sobrenatural de la salvación universal de todos los hombres en Jesucristo. Este enunciado es al mismo tiempo una enseñanza y un programa de acción. La comunidad de los creyentes en Cristo formamos una Iglesia, cuyas notas distintivas son la unidad, la catolicidad, la santidad y la apostolicidad, lo cual significa que tiene vocación misionera para que la universalidad de los hombres se congreguen en la unidad del amor santo de Dios. A ese título, la Iglesia puede ser considerada la primera agente del proceso de globalización, porque ha procurado llevar el mensaje de la salvación a todos los hombres. Al hacerlo no ha eludido la tentación de confundir unidad con uniformidad y homogeneización. Al respecto basta con recordar la malograda experiencia del P. Ricci en China. Pero también es justo reconocer que las reformas introducidas en la vida de la Iglesia por el Vaticano II han modificado en treinta años una tradición más que milenaria, promoviendo una inculturación de la fe en una escala que no reconoce precedentes. Hoy la Iglesia es no sólo teológicamente “católica” sino sociológicamente universal, porque se encuentra implantada en los cinco continentes. Cómo resolverá en su seno el encuentro de una misma fe y de una pluralidad de culturas será un signo valioso para la sociedad global que se está constituyendo.

 

¿Qué relación tiene ese hombre creado y redimido por Dios con la naturaleza? “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad” (G.S. 69). El principio del destino universal de los bienes, siempre utilizado en conexión con la función social de la propiedad privada, adquiere un nuevo relieve cuando se lo invoca en el contexto de la globalización, ya que muchas veces se pasa por alto que la división del mundo en comunidades políticas es una forma de apropiación “privada” por parte de los pueblos. Cuando la propiedad de la tierra y del subsuelo eran la fuente de la riqueza, el dominio imperial del territorio tenía sentido. Hoy, que la fuente de la riqueza es el conocimiento, se procura atraer a los mejores talentos y asegurarse un dominio imperial de los descubrimientos mediante las patentes. ¿Debe reconocérsele a los conocimientos de la investigación humana un destino universal, y por lo tanto a su propiedad una función social?

 

El hombre, protagonista de la globalización

 

Los análisis precedentes han colocado al hombre en el centro del proceso de globalización. Esto nos obliga a una nueva mirada sobre el mundo. Estamos demasiado acostumbrados a que nuestros análisis partan de una visión de mapas dibujados dando preeminencia a la configuración política. ¿Qué pasa si miramos el mundo desde los hombres en vez de hacerlo desde el Estado? Tendríamos una visión demográfica del mundo, por cantidad y distribución de edades. Podemos cotejar Argentina, Brasil y China, comparando sus superficies, su producto bruto y su producto per capita, sus sistemas políticos y su poderío militar. Pero también podemos comparar su población: 34 millones, 153 millones, 1200 millones de personas que producen y consumen, que hablan diferentes idiomas, que viven en climas diferentes, que tienen diversos orígenes étnicos, que “pesan” de modo diferente que en el pasado.

 

Los chinos no son simplemente los habitantes de China. Forman parte de una cultura ancestral presente en muchos países asiáticos. Lo que han protagonizado en los últimos veinte años ha sido el fenómeno más significativo del proceso de globalización si se mira al ser humano desde la perspectiva de la igualdad. Que Argentina crezca al 5 o 6% anual es irrelevante para el mundo, porque ello afecta sólo al 0,6% de la población. Que China haya crecido al 8 o 10% anual en los últimos veinte años afecta a más del 20% de la población mundial.

 

¿Cómo ha sido esto posible? Porque lo que antes se consideraba una desventaja comparativa se transformó en una ventaja competitiva. Michael Novak repite a menudo una conversación mantenida con un economista en Bolivia, para el cual, de acuerdo con los principios de su ciencia, cada vez que nacía un cerdo aumentaba el producto per capita, mientras que cada vez que nacía un ser humano ese mismo índice disminuía. La solución obvia para elevar el nivel de vida era que nacieran más cerdos y menos hombres. Novak subrayaba el absurdo de considerar al hombre como un factor de pobreza, ya que es capaz de crear mucha más riqueza que un cerdo.

 

Hoy, cuando se sabe que la riqueza depende tanto del conocimiento de las personas como del “capital social” acumulado a lo largo de décadas, sino siglos, de cultura, la atención se centra cada vez más en las características de cada cultura particular, pues se ha transformado en una de las variables más relevantes como predictora del futuro de una sociedad determinada.

 

¿Debe verse a la globalización como un proceso autónomo que impacta en culturas que pasivamente reciben sus consecuencias? A mi juicio, semejante visión corre el riesgo de seguir pensando al mundo como si los procesos que lo afectan estuvieran determinados desde un presunto centro ubicado en el Atlántico norte. Aunque no siempre se lo reconozca, a veces se piensa que la globalización es el nuevo nombre del imperialismo.

 

Sería ingenuo ignorar el peso relativo que en estos momentos tienen los viejos países industrializados. Pero hay razones para pensar que dicho peso relativo está cambiando aceleradamente, y que así como hemos titulado estas reflexiones “Las consecuencias de la globalización en las diferentes culturas”, podríamos haberlas titulado también “El impacto de las diferentes culturas en el proceso de globalización”. En efecto, el sujeto de este proceso –a diferencia del imperialismo– no es un súper Estado que impone determinadas estrategias elaboradas secretamente por un conjunto de personas. Es, por el contrario, un conjunto de agentes físicos y morales, públicos y privados, que generan un conjunto de conductas de intercambio en diferentes sectores de la vida social que en medida creciente escapan al control de la vieja estructura estatal. En realidad, su aspecto más preocupante es que, al no existir una autoridad mundial con capacidad de establecer reglas de juego acatadas por todos los participantes, el hombre –su indudable protagonista– quede a la intemperie sin protección alguna, recreándose en el nivel mundial el tan temido estado de naturaleza.

 

Personalmente veo a la globalización no como un proceso de homogeneización desde el centro a la periferia, sino como una red constituida por una infinidad de avenidas de doble mano. La globalización de los intercambios culturales no se realiza del mismo modo que los intercambios comerciales. Que una cadena de comidas rápidas extienda su presencia al mundo entero mediante el sistema de franquicias, no significa que los hábitos alimentarios del planeta serán homogeneizados. Basta comprobar la presencia de la comida china o india, y antes de la comida francesa o italiana, en el mundo entero, para advertir que la cultura tiene canales de difusión infinitamente más sutiles y libres que los comerciales. Lo mismo podría decirse de la ropa o de la música. Lo que antes quedaba reservado a los pocos que podían viajar, ahora está a disposición de todos. ¿Alguien se ha detenido a pensar cuál es el origen cultural de la ropa que usa hoy en día?

 

El caso del cine, la televisión y la literatura, es más revelador aún de esta avenida de doble mano. Hace cincuenta años, el cine que veíamos provenía sólo del mundo “occidental”, y su visión estaba reservada a quienes podían concurrir a una sala cinematográfica con acceso a los distribuidores. Hoy podemos admirar el cine producido por diferentes culturas –recordemos las admirables obras del cine japonés, chino e indio– en nuestras casas, sea por televisión, sea por video, previéndose para dentro de poco tiempo sistemas interactivos que pondrán en nuestras manos un amplio poder de elección. El criterio para la circulación de los productos culturales será el de su calidad.

 

Antes de la globalización, estábamos condenados a elegir entre algunos pocos canales abiertos de televisión, que actuaban como las viejas salas de cine. La televisión por cable ha permitido que cada uno de nosotros pueda elegir y ver desde su casa no sólo el programa que desea, sino la cultura que genera dicho programa. La consecuencia más visible de este cambio en la Argentina es que la presencia dominante de las series norteamericanas al estilo Dallas, tan típicas de la década del ochenta, ha desaparecido.

 

La comunicación escrita, tanto literaria como científica, se ha facilitado enormemente gracias a la computación. Las revistas ya no necesitan el soporte del papel y el envío oneroso a través de largas distancias, sino que los resultados científicos se pueden publicar y leer en tiempo real. Las consultas bibliográficas que requerían pacientes esfuerzos de investigación y viajes a las principales bibliotecas se pueden hacer hoy desde la propia casa, poniendo a disposición de todos los hombres –por pobres que fueran sus comunidades– posibilidades de desarrollo personal que antes estaban reservadas a los habitantes de los países más desarrollados. En el campo literario los autores más célebres –como Borges y García Márquez– tienen difusión universal en diferentes lenguas, y los que se inician tienen la posibilidad de dar a conocer sus creaciones en versión digital prácticamente sin costo a través de la red. Al derribarse las barreras físicas de comunicación, el creador actual de obras culturales tiene como destinatarios reales a los hombres de todo el planeta capaces de entrar en el circuito ampliado de intercambio.

 

Oportunidades y riesgos de la globalización

 

Cuando discierno el proceso de globalización desde el punto de vista cultural veo más oportunidades que peligros, porque se ensancha la libertad del hombre para conocer distintas religiones, diferentes obras de arte, diferentes costumbres. La globalización otorga al hombre más posibilidades de conocer la verdad y de acceder a la belleza. ¿Por qué, entonces, despierta tantas prevenciones? ¿Por qué resurge con fuerza el fundamentalismo religioso, el nacionalismo a la defensiva, el ideal de la homogeneidad étnica?

 

Las respuestas a estos interrogantes son sin duda múltiples, según el ángulo desde el cual se los enfoque. Desde una perspectiva, pienso que el hombre, colocado en el centro de este proceso, siente que ha perdido la protección de las diferentes instancias que antes lo contenían. Su vieja cultura de trabajo ha quedado destrozada por el proceso de “creación destructiva” inherente al capitalismo, tan bien descrito por Schumpeter. Las comunidades homogéneas en lo religioso, en lo cultural, en lo político, descubren que son permeables a influencias dominantes sobre sus élites, que poco a poco van transfiriendo su lealtad del viejo código de creencias que las vinculaba a sus subordinados, a las nuevas reglas del juego del ámbito internacional, reglas que han aprendido en centros académicos de prestigio mundial. La vieja segmentación entre países tiende a ser superada por una nueva segmentación en el interior de éstos, entre, por una parte, los grupos culturales que poseen los conocimientos necesarios para generar riqueza y comunicarse con el resto del mundo; y, por el otro, los nuevos pobres, excluidos del banquete de las nuevas oportunidades por carecer de las habilidades necesarias para entrar en el mercado de trabajo y comunicación, dondequiera estos pobres se encuentren.

 

No debe extrañar, pues, que las reacciones más airadas contra el proceso de globalización provengan de sectores “antiguos” de la sociedad, que ven evaporarse la relativa seguridad social que el viejo Estado nacional les brindaba. El desocupado estructural ha perdido la esperanza de poder acceder a un empleo asalariado, y se siente solo y abandonado en medio de esta libertad. Con el riesgo que toda analogía comporta, pienso en la situación de los esclavos en Estados Unidos antes y después de la abolición. Los dueños de los esclavos tenían un interés en cuidarlos en cuanto constituían un “activo” realizable; los esclavos tenían aseguraba la subsistencia. Aunque cueste admitirlo, existía un interés recíproco entre las partes de este sistema abominable. Cuando los esclavos fueron liberados, se transformaron en proletarios sin trabajo, sin medios de subsistencia y sin comunidad de pertenencia. Sus viejos dueños se desinteresaron de su suerte.

 

La crisis del sistema de asalariado está rompiendo el vínculo entre el trabajador y la empresa. El empresario “libera” a los trabajadores redundantes, y éstos, sin ninguna preparación previa y sin entender las causas profundas de la situación, se ven de la noche a la mañana obligados a recapacitarse y transformarse en empresarios de sí mismos. La globalización ha roto el vínculo de lealtad recíproca entre empresarios y trabajadores. El capitalismo se va haciendo cada vez más anónimo, más carente de un rostro humano responsable de la comunidad de personas que debería ser una empresa, para pasar a ser conducido por administradores de inmensos capitales sin nombre y sin dueño. Ya no se sabe para quien uno trabaja.

 

Esta experiencia de soledad es en muchos casos similar a la que experimentaron en el siglo pasado las comunidades locales que vieron roto su tejido social por la presencia de los ferrocarriles y el telégrafo, y luego en éste por los automotores y los aviones. Cuando un entramado social se desgarra, hay que reconfigurarlo, no volviendo al pasado, sino comprendiendo la naturaleza de los nuevos desafíos. La solidaridad efectiva no se construye mirando al pasado sino poniendo la vista en el futuro.

 

Hacia un nuevo paradigma

 

Estamos necesitando un nuevo paradigma de pensamiento, de acción, afectivo y espiritual. De pensamiento, porque pensar en términos “nacionales” en un mundo globalizado es un anacronismo, como lo era pensar en las categorías de la polis griega en la época del imperio romano. Ubicar al hombre en el centro del análisis significa repensar las instituciones de manera de ir construyendo paso a paso una autoridad mundial capaz de establecer reglas de convivencia y redes de protección, cuya prefiguración quizás son instituciones como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Si el hombre de la era globalizada no sale del estado de naturaleza en que de hecho viven entre sí los Estados nacionales, experimentará crecientemente las consecuencias del mal organizado a escala global. Percibir las oportunidades no nos tiene que hacer ciegos a los peligros.

 

Nuevo paradigma de acción, porque el desafío de las clases dirigentes es trascender el contacto entre sus pares para aportar a los sectores menos favorecidos sus conocimientos y su capacidad de gestión, a fin de restablecer la solidaridad entre los nuevos ricos y los nuevos pobres. El papel de las asociaciones voluntarias será cada vez más relevante, no sólo porque el Estado restringirá su campo de acción, sino porque en aplicación del principio de subsidiariedad, las personas debemos asumir no sólo los derechos de la libertad sino también los deberes anejos a su ejercicio responsable.

 

Nuevo paradigma afectivo, porque deberemos aprender a sentir como nuestro hermano a personas de otras creencias, de otras culturas, de otras costumbres, de otras etnias. Es fácil a la distancia proclamar que todos los hombres son iguales, pero más difícil aceptar que la propia hija se case con un “extraño”. Luego de siglos de dominación del mundo, no le será sencillo a los miembros blancos de la civilización “occidental y cristiana” resignarse a no ser en el futuro el centro del globo, sino una minoría en el mundo y en la misma Iglesia, y desde esa posición amar al prójimo desde abajo y no desde arriba, o al menos desde la igualdad.

 

Por fin, nuevo paradigma espiritual. Quizás el encuentro interreligioso de oración por la paz que presidió el papa Juan Pablo II en Asís en 1986 sea un signo profético de los tiempos por venir. A la luz del humanismo secularista que pugna por excluir a la religión de toda presencia en la esfera de lo público, y del desafío presentado por los miles de millones que viven al margen de todo conocimiento del cristianismo, la misión de la Iglesia católica y de las demás Iglesias y confesiones cristianas deberá adquirir una renovada dimensión ecuménica y misionera, para testimoniar de ese modo que están llamadas a ser el corazón amoroso –es decir el fermento en la masa– de este proceso de globalización, tan frío y racional.

 

 

 


*Título original: “Las consecuencias de la globalización en las diferentes culturas”, Empresa, octubre-noviembre 1997.

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