Ha sido una experiencia única participar en el acto de Pentecostés con más de 300.000 miembros de los movimientos eclesiales en la plaza de San Pedro con el Papa. Una experiencia que nos sobrepasaba, que a nosotros mismos nos ha dejado estupefactos.

 

Por primera vez estábamos reunidos en la “casa de Pedro” con fundadores y representantes de 56 movimientos en el mundo.

 

En esa manifestación de fe del pueblo de Dios se palpaba el alba festiva del 2000: la respuesta del Espíritu Santo al dramático desafío de la secularización.

 

Se ponía de manifiesto la coesencialidad de la dimensión institucional (jerárquica) y de la dimensión profética (carismas) que –como dijo el Papa– “concurren, aunque de modo diverso a su vida, a su renovación y a la santificación del pueblo de Dios”.

 

Será inolvidable la fiesta del 30 de mayo ’98, en la que hemos participado del estupor de los apóstoles en el Cenáculo.

 

Nos unía a todos el habernos encontrado con un carisma que nos ha cambiado la vida, y el deseo de llevar a todos a Jesús.

 

Era la fiesta de una muchedumbre ordenada, no por medidas externas sino por una medida interior, por el hecho de participar de una peregrinación sagrada pero moderna, donde esa muchedumbre libre, de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos (pero todos jóvenes de espíritu) rezaba, cantaba, bailaba. Habíamos ido de todo el mundo, llenando no sólo la enorme plaza de San Pedro, sino toda la vía de la Conciliación, hasta el fondo, hasta Castel Sant´Angelo.

 

Una muchedumbre que agitaba pañuelos de colores, que cantaba feliz y unida, que aplaudía el testimonio del fundador de otro movimiento con la misma intensidad que al propio.

 

Un escritor dijo que “desde hace años el árbol secular de la Iglesia, no se había rejuvenecido tanto…, manifestando una primavera imprevista… reunidos justo allí, bajo la imponente cúpula de San Pedro que simboliza el hombre que se eleva tendiendo hacia Dios, y al mismo tiempo al reparo de un rebaño, entre los brazos del grandioso columnado, que no tiene límites en su capacidad de acogida”.

 

Una realidad, la del sábado de Pentecostés, que gracias a los medios de comunicación se hizo visible en todo el mundo con la fuerza de un testimonio.

 

El aplauso se tornó más intenso cuando, una hora antes de la llegada del Papa, sobre las pantallas gigantes colocadas en varios lugares, aparecieran las figuras de Chiara Lubich, Kiko Argüello –que con su guitarra había cantado “Resucito”–, Mons. Giussani, Jean Vanier y otros.

 

A pesar de que estuve sentada en la misma silla desde la primera hora de la tarde, bajo el sol abrasador de una primavera romana adelantada, hasta el anochecer, la emoción era tan grande, tan grande la felicidad de sentirme a gusto entre toda esa gente por la que circulaba la misma sangre de la Iglesia hoy, que casi no advertí cansancio.

 

Entre esas 300.000 personas me parecía estar viviendo una gran Mariápolis, una anticipación de humanidad del tercer milenio.

 

Lía Brunet

 

 


El Santo Padre convocó a todos los movimientos laicos católicos pos-conciliares a reunirse en la plaza de San Pedro el día de Pentecostés, como cierre del Congreso Mundial de Movimientos Eclesiales, celebrado del 27 al 29 de mayo en Roma.

 

Tuve la suerte de poder participar de él como “voluntaria de María”, de Schoenstatt. Una experiencia que difícilmente se pueda expresar en palabras. Fue verdaderamente un Pentecostés, la reunión de los movimientos laicos del mundo convergiendo allí en respuesta al Santo Padre.

 

Al ingresar a la plaza se entregaban cuadernillos con canciones en distintos idiomas, la lista de los fundadores de los movimientos que harían uso de la palabra, el momento en que el Santo Padre hablaría y daría su bendición, y las oraciones que se rezarían durante la celebración. También se distribuían pañuelos de colores: amarillos, verdes, azules, rojos y blancos; un color por cada continente. El verde, color de la esperanza, correspondía a América.

 

La fachada de San Pedro estaba cubierta por los trabajos de reparación para el año 2000. En la explanada se había dispuesto el lugar para el Santo Padre. A mano izquierda, mirando de frente, fueron ubicados los cardenales, obispos, sacerdotes e invitados especiales; y a mano derecha, la tarima para los coros. Cerca de la fuente dos grandes pantallas de televisión, para que pudieran participar todos los concurrentes, ya que la plaza estaba totalmente colmada. Por cierto, todo perfectamente organizado: con los correspondientes puestos de socorro, la distribución gratuita de agua mineral; los servidores y voluntarios más el personal del Vaticano, correctísimos en su trato y siempre dispuestos a atender cualquier necesidad de los fieles.

 

Entre los movimientos presentes, se encontraban los Focolares, los Legionarios de Cristo, Schoenstatt, Vida Cristiana, Camino Neocatecumenal, Comunión y Liberación, Regnum Christi, Renovación Carismática, Comunidad de Emmanuel, Talleres de Oración y Vida, Legión de María, Comunidad del Arca… y muchos más, tantos que sería largo nombrarlos a todos.

 

El Santo Padre llegó a la plaza de San Pedro a las doce en punto, como estaba previsto. Ver esa plaza llena de pañuelos de colores, saludándolo, fue una emoción muy grande; muchos no podían contener las lágrimas, otros coreaban cantos y otros lo vivaban. Los diarios hablaron de una concurrencia de 300.000 personas. Al llegar a la explanada, el guía dio la bienvenida y presentó a la primera oradora que fue Chiara Lubich, fundadora de los Focolares; luego hablaron Luigi Giussani (Comunión y Liberación), Kiko Argüello (Camino Neocatecumenal) y, por último, Jean Vanier (Comunidad del Arca, dedicada al amor y cuidado de los minusválidos y a sus familiares). Realmente conmovedor. Entre un orador y otro se entonaban las canciones de cada movimiento. El Santo Padre dijo unas palabras y luego dio su bendición tras saludar a los fieles en distintos idiomas.

 

Fue una experiencia maravillosa de una Iglesia viva y fuerte, con la presencia del Espíritu Santo en medio de nosotros, uniéndonos en la diversidad de cada movimiento, pero siguiendo todos el camino que Jesús le señaló a Pedro.

 

Creo que es posible hablar de un “antes” y un “después” del Pentecostés de 1998. Dios quiera que todos los cristianos puedan alguna vez tener esta experiencia religiosa de un Dios Padre, de un Dios Hijo y de un Dios Espíritu Santo vivo que los acompañe en su caminar durante toda su vida.

 

Teresita A. de Achával

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