Cuando se estrenó aquí el documental Flamenco expusimos con mucha ilusión la esperanza de algo similar entre nosotros. En cierta forma, la ilusión se concretó. Sólo que en vez de un sencillo documental, el propio Carlos Saura hizo una superproducción, la película más cara y bien cuidada de todo el cine argentino. Quizás hubiera logrado más, con menos. Además no estuvo tan inspirado como guionista. De todos modos, la obra causa admiración, es un innegable deleite visual y auditivo, provoca orgullo, es incluso un documento formidable de algunos aspectos de nuestro arte popular, y más de una vez alcanza la emoción.

 

Como en otros musicales, el argumento aquí es apenas una excusa para hilvanar números instrumentales o danzados, que a veces surgen realmente sin mayor excusa, y a veces también, en vez de hacer avanzar la historia, la detienen. Pero Saura se da el gusto de completar, con un comentario, su trilogía de Bodas de sangre, Carmen y La danza del fuego. Al comienzo, muestra, en fraseos y taconeos, algo de lo hispánico que tiene el tango. A todo lo largo, maneja sus atractivas correspondencias del cine dentro del cine, y el espectáculo dentro del espectáculo. Y, tras hacernos temer otro final trágico de cuchilladas, termina con un chiste, que desinfla todo, pero se agradece.

 

Eso, en cuanto al guión. Lo otro, es esa maravilla de la unión Carlos Saura-Vittorio Storaro, que consigue unas puestas admirables, con una fotografía única, un verdadero arte, de una exquisitez, una perfección, y una sensibilidad realmente superiores. El cuadro final, donde se escenifican oleadas de inmigrantes llegando con el día naciente y la música evoluciona desde el Va pensiero hasta La Yumba, es sencillamente antológico. Se agradece de corazón.

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