Hablar acerca de la cultura es siempre tarea difícil. En principio porque lo hacemos desde una cultura y, luego, porque ella se nos presenta con un dinamismo que la sustrae de toda definición última y cerrada, y quiebra permanentemente los límites dentro de los cuales intentamos decirla.

 

 De aquí la necesidad de aprehender la multiplicidad de elementos que la componen: normativos (valores, pautas de comportamiento admitidas, prohibiciones), ideológicos (ideas acerca de lo femenino, lo masculino, la vida, la muerte, el bien, el mal), simbólicos (imágenes orientadoras, formas religiosas, tiempos y espacios sacralizados), el lenguaje, las instituciones y los bienes creados.

Otro camino busca dar con el elemento fundante desde donde se articula todo lo demás y por el cual la cultura adquiere su razón de ser.

 

Otro registro de su significación subraya el entramado de los distintos ámbitos de la creación humana: arte, religión, filosofía, ciencia, ética, literatura; entonces la mirada se dirige al cine, al teatro, a la producción artística y a todo el movimiento creador que un grupo humano genera desde estos espacios.

 

También hablamos de cultura cuando nos referimos a la apropiación de estos saberes por parte de los individuos, desde donde ellos forman su sensibilidad, su pensamiento y construyen su personalidad.

 

Todas estas perspectivas son válidas y nos muestran la complejidad del fenómeno que queremos abordar. Ninguna anula a la otra, sino que sus significados se entretejen y nos permiten acercarnos comprensivamente al ser humano que está en su base y es su razón de ser.

 

Si ponemos ahora el tema en relación al tiempo que nos toca vivir, vemos que uno de los interrogantes se plantea en torno a la relación entre las culturas y la globalización. En este contexto aparecen fenómenos que son producto de cruces culturales entre elementos nuevos y otros ya conocidos, como por ejemplo, el comprar productos a través de una red virtual, el leer información directamente en la pantalla de la computadora en lugar del papel como soporte, el ya tan hablado fenómeno del shopping.

 

Al preguntarnos por el impacto de la globalización en las culturas, entendidas como universos particulares, nos ponemos frente al problema de la homogeneización y la fragmentación, no pocas veces con acento en la integración global. Pero también comienza a hacerse el planteo inverso, y se pone la atención en el modo cómo las culturas cuestionan este proceso universalizador desde sus propias determinaciones.

 

Las diferencias interculturales dentro del proceso mundial de globalización exigen volver a pensar el concepto de identidad, del mismo modo que replantear también los conceptos de soberanía y de Estado, no para eliminarlos sino para encontrar con ellos respuestas a las nuevas demandas de nuestro tiempo. La identidad se advierte hoy como un proceso constructivo, el cual requiere contar con la diferencia que cada particularidad cultural significa en sí misma, a la vez que se buscan los caminos que posibiliten un encuentro. Porque de lo que se trata es de nuestro modo de habitar el mundo en tanto seres humanos que somos todos. Hacer de la diferencia una oportunidad, en lugar de pensar la identidad endogámicamente como la reunión de los iguales, es nuestra tarea.

 

Las diferencias internas

 

Por eso también se nos hace necesario hoy pensar tanto desde este escenario mundial, como desde las culturas atendiendo a sus diferencias internas.

 

Porque a veces se tiende a creer que una cultura es un mapa uniforme donde los elementos que la componen son compartidos por todos de la misma manera. Y la realidad nos muestra que así como hay elementos compartidos por todos los individuos, hay otros que son propios de algunos grupos, los cuales comparten ciertos rasgos que los diferencian dentro de una cultura general. Unos y otros hablan el lenguaje de la misma cultura, pero, como sabemos, ningún lenguaje hablado es homogéneo, sino que adquiere la forma que le van dando los hablantes; y éstos, a su vez, se van modelando desde ese lenguaje. Podemos decir que todos hablan la misma lengua pero no todos lo hacen de la misma manera, ni los significados son los mismos para todos.

 

Esas distintas formas de apropiación generan entornos diferentes dentro de una misma cultura, los cuales requieren ser articulados en un proyecto común que no privilegie a algunos en detrimento de otros, que no valorice desde un único lugar las diferentes formas de vida. Volver, por ejemplo, a Buenos Aires desde el noroeste argentino equivale a experimentar que se regresa desde otro mundo, desde “otra Argentina” dicen algunos, admirable por el empeño con el que resguardan sus símbolos, su espiritualidad, sus creencias y, también, doloroso por la marginalidad y el olvido en el que viven.

 

Desde estas disparidades se generan procesos de resistencia cultural a las propuestas que vienen desde una cultura que podríamos llamar legitimada. Resistencia que se traduce en la imposibilidad de comprender otros mensajes, de incorporarlos a la dinámica de la vida cotidiana. Es el problema de la diferencia entre adaptación e integración. Es importante reconocer esta distinción en las apreciaciones que hacemos acerca de los otros, especialmente cuando señalamos como ignorancia lo que en realidad es dificultad para asimilar una propuesta desde una determinada visión del mundo y de la vida. En este horizonte se inscriben las tareas de promoción cultural, que implican en principio saber claramente qué aspectos necesitan promoción y hacia dónde se los promueve, para que no sea una violencia. Porque si bien hay muchas comunidades que se experimentan interpeladas e implicadas en el proceso mundial de globalización, hay muchas otras que permanecen desde sus matrices culturales ajenas a esta racionalidad. Lo cual pone el problema en términos de legitimidad, es decir, de derecho.

 

Memoria y proyecto

 

La cultura es un poder de creación que nos es dado a todos los individuos, y es la única manera en que los seres humanos podemos existir. Memoria y proyecto se entretejen en el seno de las culturas constituyendo su pulso interior, el ritmo de su propio crecimiento interno.

 

En la interpretación de este pulso nos encontramos con posiciones extremas. Los que por un culto a lo tradicional tienden a la preservación del pasado y de sus obras, ahogando todo intento renovador, y los que postulan un abandono del pasado proponiendo un proceso creador sin memoria. Por esto, a veces ese poder creador de una cultura puede llegar a agonizar bajo las formas sublimes que adquirió en el pasado. Porque en esta actitud más que recuperar el impulso que diera origen a esas obras magníficas de la creatividad humana, se busca retenerlo cristalizado en las obras. Otras veces, en cambio, desde intereses particulares o supuestamente progresistas se destruyen obras culturales que hacen a la historia vivida de una comunidad, desde el engaño de creer que es posible crear sin memoria. Tanto la repetición compulsiva del pasado como el proyecto que reniega de sus orígenes son signos de decadencia. Memoria y proyecto se articulan en el destino de cada cultura.

 

Consideramos que en esta tensión temporal se inscribe la cultura como dinamismo creador, y como tal nos exige recuperar la capacidad de asombro, la capacidad de gozar y el sentido del esfuerzo.

 

En tanto capacidad de asombro, se trata de construir una mirada nueva que nos libere de la tiranía de lo que es obvio. Es preciso despertar la curiosidad para que se abra a nuevos significados ahí donde creíamos que estaba todo dicho o todo hecho. Este es el primer paso del movimiento de creación que, como tal, quiebra los límites de todo lo que se nos presente como fijo, inamovible o incuestionable.

 

La capacidad de goce tiene que ver con la posibilidad de experimentar la vida como un don gratuito y de celebrar la existencia en todas sus expresiones desde el misterio que la constituye. El goce se desvirtúa cuando se lo interpreta como el ‘me gusta’ o ‘no me gusta’ resultado de una evaluación inmediata. Una cultura que vive desde la tiranía del gusto solo puede generar debilidad y sometimiento. Porque el goce va necesariamente unido al esfuerzo.

 

El sentido del esfuerzo se encuentra en la valoración del trabajo humano como formador de la persona y constructor de cultura.

 

Consideramos que la cultura es de todos y para todos, aunque no exista uniformidad de criterios, de tendencias o de propuestas. Pero sí es necesario permitir que ella produzca una articulación que haga posible el libre juego de las partes en un todo común de pertenencia. Hablar de la cultura en términos de movimiento dinámico implica aceptar el desafío de una identidad que es en su interior plural. Desde aquí vamos viendo que el mismo dinamismo cultural va superando antagonismos, a la vez que en él envejecen ciertas categorías y amanecen otras. Superación que permite ir construyendo un entramado cultural complejo en el cual pueden coexistir los distintos sujetos sin apreciaciones excluyentes.

 

Creadores o administradores de cultura

 

Por todo lo dicho es importante saber cómo evaluar los emprendimientos culturales actuales. Es necesario analizar qué es lo que estamos privilegiando: si la creatividad, o su administración en manos de intereses políticos o económicos. Porque pareciera que hoy el acento está puesto en esto último, donde la cultura puede volverse un medio de propaganda política por su carácter movilizador, carácter que de suyo ha perdido la política en estos tiempos.

 

Expresiones como “productos culturales” o “productores de cultura”, dentro de un sistema social altamente economicista, envía señales de alerta respecto del riesgo de absorción de lo cultural en términos sólo económicos, regidos por criterios de producción. De hecho no se nos escapa que en la decisión acerca de cuáles proyectos se financian y cuáles no, la variable del consumo es decisiva. Producir cultura resulta para algunos un negocio rentable.

 

 No se trata de administrar la cultura poniéndola al servicios de intereses ajenos a ella misma. Pero sí se trata de financiar los proyectos culturales en los cuales el acento esté puesto en las obras y en la gente. En este sentido vemos como auspicioso el promover una variedad de propuestas en las cuales se pueda disfrutar como espectadores o como participantes activos, y también una variedad de opciones que resulten convocantes para las distintas edades y los diferentes tipos de públicos. Pero no es cuestión de hacer el show de la cultura sino, más bien, de realizar un verdadero trabajo formativo que alimente su llama creadora, abriendo el juego a la espontaneidad y la participación, que le permita a una comunidad saber ver, saber disfrutar y saber hacer, manteniendo viva su capacidad de asombro, su capacidad de goce y el sentido de su esfuerzo. Por eso creemos que la cultura requiere de nosotros cuidado y estímulo.

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