Más de doscientas cincuenta personas muertas y cerca de cinco mil heridos constituyen el resultado de la operación terrorista dirigida a comienzos de agosto contra las embajadas norteamericanas en Nairobi (Kenya) y Dar es Salaam (Tanzania).

 

Una entidad, hasta ahora desconocida, originaria del Medio Oriente, se atribuyó la autoría. En todo caso, los responsables del comunicado quisieron subrayar su filiación islámica. Por su parte, varios países árabes o musulmanes, entre ellos Irán y la Autoridad Nacional Palestina, se apresuraron a condenar el atentado a fin de aventar toda sospecha. Las motivaciones aducidas por los terroristas guardan vinculación con la política exterior de los Estados Unidos en la región, la proximidad de las tropas norteamericanas con los lugares santos islámicos en Arabia Saudita y el apoyo brindado por aquel país a Israel. Una semana después de producidas las explosiones, nuevas amenazas, tomadas muy en serio por Washington, determinaban la evacuación temporaria de representaciones diplomáticas o consulares en Berna y Río de Janeiro, y el cierre de otras tantas en Albania, Ghana y otros países. Se han ofrecido dos millones de dólares como recompensa a quien aporte datos que lleven a los investigadores a identificar y capturar a los autores de los atentados.

 

Ni Kenya, ni Tanzania, ni las víctimas mismas, por otra parte –había ocho ciudadanos norteamericanos entre los muertos–, tenían vinculación personal alguna con las regiones o las políticas que preocupaban a los criminales.

 

El doble atentado se caracterizó en su ejecución por lo sorpresivo, lo eficaz y lo brutal. Los explosivos especiales que habrían sido empleados no son de fácil adquisición en el mercado, aun cuando no parecen existir mecanismos o instituciones que impidan su obtención por parte de quienes cuenten con dinero, influencias o una adecuada cobertura. Todo ello da la pauta de que se está ante una organización dotada de un considerable grado de sofisticación. Se habla de que existen cerca de tres mil grupos terroristas, aun cuando no todos ellos estarían en condiciones de perpetrar actos de una envergadura semejante.

 

Si se lo considera desde otras perspectivas, como la política, la ética o la histórica, el análisis –recién comenzado– llevará todavía mucho tiempo antes de agotarse. En lo inmediato, es claro que hay quienes tienen algo que perder si la paz se instala y saben que el recurso al terrorismo constituye un detonante conducente para el logro de sus fines.

 

Los conflictos se presentan hoy en las relaciones internacionales contemporáneas con características novedosas: el teatro de conflicto se amplía hasta donde sea necesario según los designios de los terroristas. Ahora es técnicamente posible la globalización geográfica de las amenazas terroristas. Existe una cierta dosis de indefensión e imprevisibilidad ante las cuales la posesión de armas nucleares no resulta un disuasivo eficaz. Por otra parte, ya no es la ideología la que determina aliados y enemigos sino contenidos aglutinantes (tribales, étnicos, pretendidamente religiosos) con una carga altamente emocional, donde la venganza es vista como la única forma de justicia a la que se tiene acceso. Junto con estas conflictos de nuevo cuño, subsisten otros que ahora se dirimen con métodos novedosos. De allí resulta una proliferación de fuentes de amenazas que plantea desafíos para los responsables de la seguridad. ¿Cuáles son las vinculaciones que existen entre las organizaciones delictivas transnacionales y la gran cantidad de dinero que necesariamente manejan utilizando las instituciones financieras existentes (narcotráfico, mercaderes de armamentos, comercio migratorio, etc.) y el terrorismo internacional? ¿Cuál es la dosis correcta entre los componentes políticos y los componentes policiales de una solución? Se ha acudido a la imagen del pantano, que debe ser secado para que los mosquitos no tengan donde desarrollarse.

 

Pero también saltan a la vista los frutos amargos de la práctica de aquellos Estados, que de manera encubierta o través de sus agencias de inteligencia, en las épocas de la guerra fría o en la actualidad, creyeron justificable alentar el crecimiento o apoyar a grupos irregulares que terminaron no pudiendo controlar.

 

En este contexto resulta insoslayable el recuerdo de los atentados, con características análogas a estos últimos, que destruyeron en Buenos Aires la Embajada de Israel y la sede de la AMIA. Está en el interés de todos, que la impunidad que siguió a los crímenes en 1992 y 1994 no se extienda también a los responsables de los atentados terroristas en África.

 

En este caso, el destinatario de las bombas fueron los Estados Unidos. Pero los amenazados somos todos. Con razón se piensa en convocar conferencias internacionales donde los gobiernos puedan intercambiar experiencias e informaciones. Es además preciso ensayar la adopción de medidas comunes de alcance preventivo o represivo. El ordenamiento internacional necesita dotarse de medios para combatir a quienes atentan contra los intereses de paz y seguridad que son comunes a todos sus miembros. La reciente Conferencia de Roma por la que se acordó la creación de un Tribunal Penal Internacional representa un importante avance en este sentido. Paradójicamente, los mismos Estados Unidos mantienen reservas sobre los alcances de estas medidas. Lentamente y de una manera aun muy insuficiente, la globalización vigente nos va haciendo sentir la necesidad de responder con medidas comunes a las amenazas que todos padecemos.

 

Nota. Pocos días después, una bomba de alto poder explotaba en las calles de Omagh, a 112 km de Belfast. Otras muertes y mutilaciones. Otras pretendidas justificaciones.

 

Muchas de las consideraciones de este comentario son aplicables. También en Irlanda y el Reino Unido actúan los enemigos de la paz.

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