En los últimos tiempos de su vida prematuramente interrumpida por la trágica muerte, Pasolini meditaba retirarse a vivir en una torre salvajemente solitaria en la campiña romana, escribía una novela (Petróleo) de la que luego se publicaron apuntes-fragmentos, declaraba no tener ya alguna esperanza, seguía denunciando la irrupción de una amenazadora “post-historia burguesa” y de una “nueva prehistoria” dominada por un poder sin rostro ni nombre, sin analogías con ninguna otra etapa conocida. El título de su último y fragmentario trabajo hace referencia a las potencias económicas transnacionales, carentes de toda ética (las guerras del petróleo y las guerras neocoloniales siguieron con el tema, después de Pasolini).

 

Cuando se cumplieron 20 años de su muerte, los homenajes en Italia fueron desde evocaciones genéricas sobre aspectos de su personalidad hasta recuerdos escandalosos o triunfalistas: ignorancia y olvido se iban acumulando con los años. Habría que resistir tanto la tentación del monumento póstumo como la de la absoluta exclusión. En todo caso, cabría estudiar seriamente a quien fue una de las figuras más complejas de la cultura italiana de este siglo.

 

La tarea supera las posibilidades de estas líneas, pero sí podemos esbozar algunas sugerencias para la reflexión histórica y crítica del poeta, del director cinematográfico y del escritor “moralista” de gran nivel europeo (de su talla, Italia tuvo muy pocos).

 

Pasolini hizo su brillante aparición pública como poeta dialectal friulano (Poesías en Casarsa) en una expresión que reivindicaba ese lenguaje como lengua. Textos poéticos límpidos, de gran belleza, capaces de recoger en su ambiente nativo y en su propia personalidad dos verdades en estado embrionario, que luego la sucesión de los acontecimientos habrían transformado y exasperado.

 

Por una parte, el “misterio campesino” de una edad aún no signada por la historia de la burguesía. Y, por otra, su propia emergente homosexualidad, todavía velada por una suerte de narcisismo y aún no exhibida desesperadamente como sucedería años más tarde.

 

En Roma, en el anonimato pobre y tumultuoso de la posguerra, Pasolini buscó una vez más el encanto pre-burgués, ahora en el proletariado de las periferias, movido al mismo tiempo por la amistad ambigua con los Ragazzi di vita (para los cuales era a veces un maestro que los ayudaba e instruía, y otras un amante insaciable) y por un profundo interés ideológico y literario. El suyo fue un marxismo por cierto no ortodoxo. De aquí nacieron algunas de sus prosas y poesías mejores.

 

Pero la ideología entraba en conflicto con ese amor visceral y cultural por un mundo que declinaba, tanto en su región natal del norte como luego en Roma. Y el conflicto provocaba un “oscuro escándalo de la conciencia”, como escribió en Las cenizas de Gramsci. La contradicción entre la ideología progresista y las “oscuras vísceras” de esta “desesperada pasión de ser en el mundo”. Contradicción también entre razón política y pertenencia a una “religión” de la tierra y de la vida, que la modernización tecnológica destruía irrespetuosamente.

 

Nadie como Pasolini supo advertir, describir y traducir en desgarradora poesía, y luego el lúcido análisis sociopolítico y psicológico, la “mutación antropológica” de su país y su “genocidio cultural”.

 

***

 

¿Exageraba? Quizás. De alguna manera y en cierto sentido, sí. ¿Pero quién podría, con buena fe, negarle hoy que supo dar en el centro de la cuestión? Pasolini vio la verdad escondida en la enorme transformación de la sociedad y de la cultura popular. Una verdad nefasta.

 

Marxista por autodefensa antiburguesa, mucho más que por correcta adhesión ideológica (en efecto, siempre fue rechazado por el partido y, sólo después de muerto, incómodamente recuperado), Pasolini comprendía con la intuición del poeta y la inteligencia del agudo observador lo que ya había sido denunciado en otro ambiente y en otro tiempo por un grande, para él extraño y casi desconocido. También Charles Péguy, poeta de la civilización campesina y agudo lector de los tiempos, en la vigilia de ese brutal cambio europeo que significó la Primera Guerra Mundial, había denunciado el final del mundo popular de la pobreza seria y religiosa (Pasolini hubiera dicho “la era de la pietas”) y el triunfo burgués del dinero, de la “prostitución universal” del mundo moderno (la era del edoné, del placer consumista, para volver a los términos de Pasolini).

 

Ese amor visceral y desesperado, un amor de perdedor, alimentó en el escritor su sed homosexual desenfrenada, llevándolo a un destino de horror. Y, paradójicamente, lo hizo protagonista de innumerables iniciativas culturales de todo tipo, lo llevó al compromiso en el ensayo y a una producción originalísima en poesía.

 

Había en él una autoglorificación en clave de martirio cultural y de desafío absoluto que terminaba oscureciendo casi por completo la sustancial verdad de su espíritu.

 

Testigo, en última instancia, sólo de sí mismo. Los jóvenes cambiaban, el mundo cambiaba y todo le parecía perdido. No le quedaba otra alternativa (a la vez consciente e inconsciente) que construir su propia muerte. Como pasó después en la realidad.

 

***

 

Su opción por el cine fue también fruto de un gesto desesperado. Un cine-poesía que pretendía crear en imágenes la vida que se negaba en otros sitios. Ese sentimiento no podía abrir caminos nuevos, pero inspiró grandes obras épico-religiosas: Mamma Roma y El evangelio según San Mateo (único ejemplo popular de sacra representación en el cine italiano).

 

Si bien ateo, Pasolini no podía dejar de ser “religioso”. Una religiosidad atrozmente atenta al significado materno de las cosas.

 

Llegó así a su última estación, la de un compromiso público declamado y amplificado por la necesidad de luchar, acusando a todo y a todos. La falta de precisión en los nombres y en los hechos se convertía, curiosamente, en aguda y profunda percepción a la hora de juzgar la “dinámica histórica”, el “proceso político”, la crítica de las falsas libertades, de la homologación de los jóvenes por parte del mercado, de la televisión corruptora.

 

Se convirtió en una persona insoportable para todos. Y, en ese sentido, su muerte fue aceptada, si no esperada, por casi todos.

 

Habría que tener el sobrio coraje de saber separar lo caduco de lo esencial en su obra, aunque quizá todavía sea demasiado pronto para hacerlo.

 

Una línea de interpretación para una obra tan compleja, bien podría tomarse de sus palabras escritas a un sacerdote amigo, tan laicamente religiosas y tan religiosamente laicas: “¿Qué importa si aquella era o no superstición? No era superstición, era religión, ¿qué importa? Hoy las dos han perdido su significado”.

 

 

 


 

  

Muchacho del pueblo que cantas aquí,

en Rebbibia, en la mísera orilla

del Aniene, una nueva canción;

en verdad, cantando, alabas la festiva

ligereza de los sencillos. Pero,

¿qué certeza elevas –como total

e inminente resurrección,

en medio de los ignotos tugurios

y de rascacielos, semilla alegre–

en el corazón del triste mundo popular?

 

En tu inconsciencia está la consciencia

que de ti la Historia desea, esta Historia

en la que el Hombre no tiene más violencia

que la de la memoria, no de la memoria libre…

Y quizá ya no existe otra salida

que la de dar a su ansia de justicia

la fuerza de tu felicidad,

y a la luz de un tiempo que comienza

la luz de quien es lo que no sabe.

 

de Las Cenizas de Gramsci, de Pier Paolo Pasolini. Trad. de Antonio Colinas.

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