El escenario europeo ha recuperado interés. Los acontecimientos electorales en Alemania y en Italia siguen –relativamente– el rumbo que no hace mucho tiempo abrieron los comicios franceses e ingleses. “Las izquierdas ‘plurales’ se instalan en Europa” se dice en Francia según el lenguaje político al uso, aunque las diferencias nacionales dan el tono a cada uno de los protagonismos.

 

La promoción de Kohl como ciudadano de honor europeo no fue una simple politesse. Saluda la partida de un hombre del que los europeos son deudores, en buena medida, de perspectivas abiertas en medio de la crisis mundial. Y apenas hubo silencios mezquinos. Su sucesor reconoció el papel de un líder insospechado como tal cuando irrumpió hace lustros al frente de la potencia alemana. Hoy, la necesidad de una real organización política europea aparece como prioridad para una clase política renovada en los dirigentes y que pugna por manifestarse renovada en las ideas y, sobre todo, en las acciones, lo que no es fácil. El predominio actual de gobiernos socialdemócratas está marcando evoluciones. Nada indica que serán simples, pero las reuniones que se suceden atienden al progreso social, a la coordinación de las políticas económicas, a la urgencia en la reorganización de las instituciones regionales. Aun los británicos se incorporan al proceso. La Unión Europea encara, pues, un rumbo decisivo a partir de un retorno fuerte de la política. ¿Se trata de una “tercera vía”? La expresión no es precisamente nueva. Más bien parece una vía distinta de lo que suele llamarse, con tono español, “las derechas”, tan proclives a la persistencia dominante de la economía. Tal vez en eso consiste la primera diferencia, y puede no ser poca, pero requiere en ese caso que, si la política retorna, el tipo de políticos que el proceso genere sea de nuevo cuño.

 

No será fácil para Schroder reemplazar a un Kohl reconocido como el canciller de la reunificación alemana y de la integración europea. Fue ejemplar la naturalidad, por decirlo así, con la que actuó ese gran canciller, sometiéndose al veredicto de las urnas sin drama, dando una prueba políticamente significativa de la madurez de la democracia en Alemania, y entregando el poder a su sucesor en buena forma, con la calidad de los grandes políticos y a la par de un Adenauer, por ejemplo. Cara lección para muchos, y entre esos muchos para nosotros.

 

Schroder llega con una aureola de novedad, haciendo por primera vez la experiencia de una coalición entre los socialdemócratas y los Verdes con quienes ha pactado la reforma del código de la nacionalidad, nada menos. Prudente en los dominios económico y social, audaz en lo político, el cambio es saludado como un salto en la modernidad, aunque, en verdad, recién comienza.

 

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La experiencia política de Italia es el otro caso en examen. Un ex comunista, Massimo D’Alema, con quien nos tocó compartir un panel en su visita a la Argentina en setiembre pasado sobre la “política de los consensos” y nos llamó la atención por su ductilidad, sus diagnósticos y las terapéuticas que propuso, fue designado por el presidente Scalfaro para formar el 56º gobierno de la península desde la Segunda Guerra Mundial. “No vengo de la luna, soy líder del primer partido de izquierda italiano (ésa fue la posición ganada en 1996) y tengo derecho e gobernar”, diría frente a fuertes críticas de una oposición reunida por el mediático Berlusconi. Tiene una biografía política especial. Heredero del carismático Berlinguer, secretario general del PCI en 1972 e instigador del compromiso histórico entre ese partido y la DC de Aldo Moro, participa del cambio operado en el PCI luego de 1989, cuando se propone “una nueva fase de la izquierda para un nuevo partido”, comienzo de la desaparición del PCI. Tres años más tarde nace el PDS, Partido Democrático de Izquierda, mientras los “hombres de Moscú” crean Refondazione Comunista. D’Alema toma el control del PDS en 1994 y sus banderas serán “la patria, la unidad nacional, la estabilidad”. Banderas sugestivas para antiguos comunistas que apenas habían leído la carta del PCI y que aspiraban, en términos de D’Alema, a un “país normal”, a la necesidad de la modernización de Italia y a su franca inserción en Europa. Ese es el discurso de D’Alema, líder natural de la izquierda italiana que ahora llegó a la cabeza del gobierno por el desplazamiento de Prodi, pero sacando provecho de sus logros. Entre ellos, no fue el menor el llevar a Italia al espacio monetario del euro. Prodi contó para eso con el consenso tácito de la mayoría durante dos años, con el auxilio de D’Alema y los suyos, y con el apoyo de empresarios y sindicatos.

 

Los italianos han ganado la fama de ser artífices de las más diversas fórmulas políticas, para lo mejor y para lo peor, como se ha observado desde Le Monde hasta La Reppublica. En este siglo lanzaron líneas insólitas. Inventaron la recuperación parlamentaria del reformismo socialista desde 1912, el “transformismo”, el fascismo diez años antes que Hitler, el antifascismo de Gramsci diez años antes que los frentes populares, la democracia cristiana cinco años antes que Adenauer, la apertura al centro-izquierda del neocapitalismo europeo de fines de los ’50, el comunismo reformado, la corrupción de izquierda a derecha, las “manos limpias” de jueces que la condenaron y según se mire una izquierda del Olivo que Prodi, a quien los franceses llaman el Delors italiano, expuso como mezcla del pragmatismo a lo Blair con el rostro moral de Jospin. La cuestión ahora abierta es si Italia persistirá en la dirección de la reforma de un sistema político que necesita de estabilidad razonable, o volverá a sus contradicciones tradicionales. Una coalición extensa que va de la izquierda extrema al centro derecha necesita de éste, que evoca la democracia cristiana allí situada –UDR– con sus propias ambiciones. La experiencia es interesante, pero el “transformismo” –como llaman los italianos a las prácticas de un parlamentarismo desenfrenado que Giovanni Sartori denuncia como acechanza en reciente entrevista con Leonardo Morlino– es una tentación presente.

 

Que un ex comunista llegue a la cabeza del gobierno de Italia es un signo realmente novedoso, viable no sólo por los cambios del mundo sino porque el presidente es el antiguo demócrata cristiano Luigi Scalfaro. Pero se trata también de una tarea para la cual se necesita la estatura de un hombre de Estado, y éste es el desafío tanto para D’Alema como para la llamada coalición del Olivo. Si fracasan, Italia puede volver a las combinaciones de la 1ª República. Y entonces no será la irrupción de una nueva política, sino el retorno de la vieja, que la Europa de las izquierdas “plurales” sabe inútil.

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