Sorprendente y reconfortante suceso ha tenido el estreno de este documental, que puede verse en una única sala de un cine-arte (parece que la gente de los cines comerciales no creían en su poder de convocatoria), y que dentro de poco habrá de editarse en video.

 

Se trata de algo inesperado y sin embargo deseado, que permite al espectador entrometerse en las actividades del museo fuera del horario de visita, algo ideal para los que siempre se preguntan qué hay en los lugares donde el público no tiene acceso, para los que se detienen a mirar cómo trabajan los obreros de una obra en construcción, y, sobre todo, para los amantes de los museos, en especial del Museo del Louvre. Nicolas Philibert, que alguna vez fue ayudante del gran documentalista Joris Ivens, dedicó casi un año a registrar las actividades del lugar, cuando la renovación de salas de 1989, y la instalación de la ya famosa pirámide de vidrio. Dicho registro siguió, por ejemplo, el esfuerzo conjunto de casi veinte hombres para trasladar una pintura de 86 metros cuadrados, que se conservaba enrollada, desplegarla con todo cuidado, estudiar sus señales de humedad, etc., etc., enmarcarla y colgarla. Dato llamativo: dentro del mismo edificio el personal tiene un gimnasio bastante completo, y viendo ese trabajo se entiende la razón…

 

También puede verse un mensajero en patines por las galerías subterráneas. La restauradora de un cuadro de Vermeer, bajo una luz similar a la del cuadro. El ordenanza que se prueba un nuevo uniforme, diseñado por Saint-Laurent (“parezco Napoleón”, dice el hombre, ajeno al prestigio de la firma). La empleada que baja interminables escalones hacia uno de los depósitos. El experto con las manos en los bolsillos, estudiando la disposición de cuadros en una pieza. Las mujeres de maestranza aprendiendo el empleo de extinguidores o el método de respiración artificial. Los empleados que llevan una estatua por la calle, como si fuera un negro atado. El que maneja una vieja aspiradora, tipo nave espacial de los años 50. El que pone clavos en la pared, ajeno a la novedad de las tanzas. El jefe de la sección esculturas, descubriendo que se le traspapeló un busto, o tiene uno de más. El que silba un viejo tema de Edith Piaf, colgado del techo. El cocinero (habrá champiñones, por supuesto), y los que juegan a las bochas en el patio de descanso. Los que hacen pruebas de sonido, disparando –esto nadie lo esperaba– una pistola. Y hay más, y más, como el jefe que explica a sus empleados algunos criterios de la institución. ¿Exponer todo, facilitando al estudioso un conocimiento completo? ¿O, por el contrario, armar una rápida visita turística? Quizá lo último, “pero al mismo tiempo debemos mostrar que somos ricos”.

 

El registro de Philibert prescinde de mayores explicaciones, elude la guía y elige las viñetas, expuestas en aparente desorden, alternando actividades y breves contemplaciones, espacios de silencio y momentos de sonido ambiente, gente que ignora la cámara y alguno que aprovecha a pasar delante de ella, todo en un estilo fresco, parisinamente tranquilo, respetuoso del lugar que transita. Y termina mostrando que la riqueza de ese lugar también está en su gente. Así es como, al final, su cámara compone los cuadros más interesantes, los retratos de la gente que limpia la Gioconda, o la Venus de Milo… La visita fuera de horario ha terminado. Comienzan a oírse las voces del público que entra a recorrer las galerías.

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