Aunque nacido en Santa Fe, la producción de Carlos Pais tiene una impronta netamente porteña quizás porque –como él dice– su mirada de hombre del interior le permite descubrir “más cosas de los porteños” que ellos mismos. Es así como sus textos –El hombrecito (1992), Extrañas figuras (1993), Maderas de Oriente (1999), entre otros– a menudo nos enfrentan, a partir de una anécdota mínima, a personajes entrañables que van desnudando sus mundos interiores a partir de sus conductas.

 

Tal es el caso de esta obra donde una circunstancia fortuita –y en términos realistas algo inverosímil– determina el encuentro de Poyo, un analfabeto desocupado y sin techo, y Patricia, una joven escritora. Desde presentes tan distintos ambos irán descubriendo una raíz común –padres desconocidos– aunque las causas sean diferentes, a medida que van recuperando el pasado de cada uno mediante el diálogo que los acerca. La identidad fracturada que cada uno de ellos padece remite a cuestiones candentes de nuestra realidad social a la que Pais se acerca “con elementos del absurdo y el esperpento” –como él mismo declara– pero descartando el hermetismo. El tema de los desaparecidos, que también es el detonante del conflicto en Extrañas figuras, funciona en Guachos con el mismo valor a través de la figura de la protagonista pero desde otra perspectiva y actitud: la de una hija de desaparecidos, ya no una madre, que intenta exorcizar sus fantasmas, no evadiéndolos sino enfrentándolos en la escritura de su propia historia ficcionalizada.

 

La puesta de Manuel Iedvabni cuenta con el sustancial aporte de Manuel Callau en el rol protagónico masculino, el más exigido de los dos personajes en un texto de actores como es éste, cuyo humor y tensión dramática están sostenidos básicamente por las interpretaciones. Con fuerza y gran ductilidad expresiva Callau recrea a ese hombre que desde su sencillez e ingenuidad logra ir calando en la conflictuada intimidad de Patricia, correctamente encarnada por Magela Zanotta. El reducido escenario de la sala Cunill Cabanellas está inteligentemente aprovechado para representar en forma simultánea los tres ámbitos escénicos que requiere la acción, cuyo desarrollo van pautando sugestivamente la música y el sonido.

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