Conocíamos Madrid de un modo subterráneo, vale decir, habíamos hecho el recorrido en metro, como allá le dicen, desde la estación terminal de ómnibus (veníamos del País Vasco) hasta el aeropuerto de Barajas, algo así como si acá uno fuera en subte desde Ezeiza hasta Retiro, lo que sería muy práctico, pero poco turístico. Ahora podemos decir que conocemos Madrid también en la superficie, dicho esto en sentido literal y también figurado, ya que estuvimos caminándola durante una intensa semana.

 

El Incaa, que nos había invitado al festival de San Sebastián, nos invitó también a quedarnos para una muestra de cine argentino en Madrid, Argencine, que ha de repetirse, si Dios quiere, todos los años impares, en tanto los años pares gozaremos en Buenos Aires de Madridcine, en ambos casos con preestrenos, homenajes, presentaciones y renovación de vínculos. Agradecemos la idea (y en nuestro caso la consiguiente invitación) a Jorge Coscia y Carlos Morelli, dos personas que en vez de ponerle a uno el pie para que caiga, le ponen escaleritas para que suba, y además saben ser anfitriones hasta en tierra ajena.

 

Al respecto, con los colegas españoles fue difícil sentirse en tierra ajena. “Ahora allá es primavera y aquí otoño, porque de otro modo no sabríamos en qué orilla del mar estamos”, exageró don Jaime de Armiñan, el director de El nido durante un doble homenaje (la Comunidad de Madrid a siete de nuestros artistas afincados allá, empezando por Analía Gadé, y el Incaa a los productores y realizadores españoles que hicieron lucir a los nuestros en la madre patria), homenaje cumplido en el imponente Archivo y Biblioteca Regional, un edificio que otrora fuera primera fábrica de la Cervecería El Águila. En cuanto a los preestrenos, se dieron en el enorme Palafox y otras salas, destacando el interés por Iluminados por el fuego, que acababa de recibir el premio especial del jurado en San Sebastián y ha de estrenarse en España el próximo 2 de diciembre. Dato interesante, la mayoría del público era español. La verdad, éramos desconfiados, pero comprobamos que allá de veras aprecian especialmente a nuestros artistas y nuestro cine.

 

Las actividades oficiales incluyeron también una extensa conferencia de prensa, una nutrida recepción en la embajada argentina (que bien podría lucir mejor iluminada), y la presentación del libro de Coscia Del estallido a la esperanza en la mítica librería de cine Ocho y medio. Buena lectura, para que allá también conozcan, aunque sea de modo indirecto, a Discépolo, Scalabrini Ortiz y Martínez Estrada, entre otros polemistas que el hoy diputado levanta orgulloso como sus modelos.

 

Caminando. Aprovechamos los ratos libres caminando lo más que pudimos, a veces mediante el efectivo método de no saber ya ni dónde quedaba el hotel, que dicho sea de paso estaba muy bien ubicado a una cuadra del Teatro Real y a tres de la Plaza de Oriente y el Palacio Real. Por ahí empezamos la recorrida, y éstos son algunos de los apuntes tomados sobre la marcha.

 

Lindo hotel. Cerca están las oficinas de Alex de la Iglesia, Gerardo Herrero y otros cineastas. Al lado, la casa de Agustín Mahieu, recordado crítico del viejo diario La Opinión. Vive allí desde mediados de los ‘70. Quisimos visitarlo, pero estaba convaleciente de un golpe. También queríamos visitar al gran Fernando Fernán Gómez, que según nos dicen sigue siempre muy lúcido y divertido, pero ahora con la salud ya demasiado delicada (tiene más de 90 años). Lo hubiéramos molestado.

 

Placas y monumentos por todas partes. “Aquí vivió, en un reposo de su cantar y correr por los mundos, el gran poeta Amado Nervo”. Cerca, una placa de 1965 subraya “el vil asesinato en 1935” de José García Vara, fundador de la Central Obrera Nacional Sindicalista. A pocas cuadras de la CNT, Central Nacional de Trabajadores, “En esta plaza dio comienzo el motín de Esquilache el 23 de mayo de 1766, Domingo de Ramos”. En una esquina del Palacio Real, un monumento “a los héroes populares del 2 de mayo de 1808”. Justo a la vuelta de su casa, una pequeña cruz de hierro sobre una columna evoca a Diego de Velásquez con esta frase: “su gloria no fue sepultada con él”. “Aquí comienza Max Estrella, protagonista de Luces de bohemia, su trágico peregrinaje nocturno (…) y en este ámbito quiso que tuviese lugar el prendimiento del anarquista Mateo”, dice una placa del Círculo de las Bellas Artes, justo en la esquina de Calle Mayor y Calle del Factor, frente a la pequeña iglesia catedral castrense y al monumento en memoria de las víctimas del atentado contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia, el 31 de mayo de 1906. Todo resuma historia. Y un pequeño busto dice simplemente “Larra 1809-1837”. ¡Tan pocos años necesitó para escribir como escribía, y tan pocas letras bastan para traernos de golpe a la memoria sus páginas tan llenas de hispánico sarcasmo!

 

Calles y recovecos encontrados al azar. Calle del Amor de Dios, Plaza de las Descalzas Reales, el Carmen Calzado, Bordadores, Tres Peces, Dos Hermanas, Mira El Río Baja, Mira El Río Alta, Cabestreros, Sombrerete y Tribulete, y de pronto Calle del Bastero, 13: un conventillo casi en ruinas, pero todavía con gente adentro, y en la puerta, de hierro forjado, la fecha, nada menos que 1862. Después sabremos que a ese tipo de conventillo les decían corralas, que ahí se afirmó “el Madrid castizo”, el de las clases populares y la zarzuela, contrapuesto al de la burguesía afrancesada.

 

Qué buena era la secundaria de antes. Capiteles, remates, barroco madrileño y barroco clasicista, neoclásico, churrigueresco, soportales, impostes, embocaduras, soleras, modelo carmelitano, jaspería, sillares, pilastras, todo eso aprendimos en sus manuales, y qué bien nos vendría recordarlo ahora claramente. Lo único que tenemos realmente claro es eso de jónico, dórico y corintio (ah, qué importante es la primera clase de cualquier materia).

 

De la Puerta del Sol (donde comen las uvas, y donde nos detuvimos a ver un lindo conjunto de músicos bolivianos tocando y bailando) se baja por la Calle de las Carretas hasta la de Atocha, cerca del barrio de Lavapiés. Allí, en Santa Isabel, entre negocios que venden pollos, pescados, pelucas, kebab, pizza turca, y un minitelevisor chino de plasma, está el precioso Salón Doré, donde da sus ciclos la Filmoteca Española, cuya sede queda a pocas cuadras, en Magdalena. Un edificio moderno por dentro e imponente por fuera, ya que ha sido en sus orígenes palacio del Marqués de Perales, y aún conserva la puerta y la fachada, bien del siglo XVII.

 

Adentro nos reciben María, de catalogación, y nuestro compañero del Museo Municipal del Cine de Buenos Aires Hayrabeth Alakahan, muy contento de pasante por unos meses. Ojalá pueda luego aplicar entre nosotros lo que está aprendiendo, pero eso ya es otra cuestión, y no queremos amargarnos pensando en los políticos argentinos que administran los fondos públicos. Preferimos reírnos ante el delicioso afiche de Faldere de una película muda, Los arlequines de seda y oro. Allí un joven torero se arrodilla a besar la mano de una monja, rodeados ambos de niñitos cabezones, de guardapolvo gris, inexpresivos, o acaso con una especie de odio larvado tras su mirada absorta. Son “los hospicianos”, porque viven en un hospicio, pero más bien parecen los zombies de Los usurpadores de cuerpos. Que nos disculpen, ¡pero es tan español este Faldere!

 

Otro afiche suyo promociona (es un decir) La gitana blanca: una mujer enteramente de negro y dos hombres, todos con gesto amargo, rodean a un pobre torero agonizante, echado en la cama al pie del crucifijo. Con la cabeza baja, los tres miran hacia el ángulo inferior izquierdo del afiche. Ideal para poner, justo ahí, una silla. De contrapunto, hay uno de Palau para la misma película, con el mismo torero, pero todo luminoso, con una mujer hermosa, claridad, ramos y canteros de flores, muchachas sonriendo en un auto descapotado. ¡Y es la misma película!

 

Viendo un mapa de la ciudad, comprobamos la existencia del Parque Eva Perón y la Avenida Juan Perón. Aun sabiendo que ya demolieron la casa del general, surge espontáneamente la pregunta “¿cómo podemos llegar a Puerta de Hierro?”. El conserje responde, también espontáneamente: “¿Es que habéis venido a visitar los lugares sagrados?”.

 

Un atardecer, caminata por Plaza España, con su monumento a Cervantes flanqueado por rascacielos de 1900 y 1950, y por el Parque del Oeste, lleno de monumentos (incluso uno al general San Martín), y en lo más alto, de pronto, un templo egipcio hermosamente iluminado y bordeado de palmeras. Es el Templo de Debod, hace 2200 años dedicado al culto de Amon, y en 1968 donado por el gobierno egipcio en agradecimiento a la ayuda española cuando aquello de los templos de Abu Simbel, en Nubia. Uno entonces recuerda cómo los europeos conocieron la cultura egipcia gracias a los científicos del ejército napoleónico, y de pronto descubre que justo al pie de ese templo, testimonio de antiguas culturas, está la colina donde ese mismo ejército fusiló, un día después, a los héroes populares del 2 de mayo. Paradojas de la historia: trayendo los ideales de la Revolución Francesa, José Bonaparte había proclamado que venía a romper las cadenas de la monarquía. Y esos infelices prefirieron morir gritando “¡Vivan las cadenas!”. Ese es precisamente el momento que pinta Goya en una de sus obras más famosas. De casualidad, casi al otro día, en una escapada a Segovia, vimos cómo otro de sus cuadros, “La carga de los mamelucos”, justamente referido al día 2, cobraba vida durante el rodaje de una nueva película de Milos Forman, esta vez centrada en los tiempos de Goya (los hechos transcurrieron en Madrid, ya se sabe, pero el cine es el cine, y dicen que la parte histórica de Segovia es la que mejor se parece a la Madrid de comienzos del siglo XIX).

 

Volvemos a Madrid. La Gran Vía, empezada en 1910, el primer rascacielos de la ciudad, de 1929, el Edificio Metrópolis, de 1905 (y su Victoria Alada de 1975, justo el año que murió el generalísimo), la Calle y la Puerta de Alcalá, la Fuente de la Cibeles, el jardín tropical de la estación de trenes de Puerta de Atocha, todo tan lindamente cuidado y transitado. España venía de perder sus colonias y una guerra con Norteamérica, ya no era un imperio, pero el modernismo le devolvía el orgullo.

 

La Plaza Mayor, con su aire medio centroeuropeo. Donde hoy comen los turistas, bajo los soportales o directamente en la plaza, y canjean estampillas los domingos, durante el siglo XVI y el XVII los Austria contemplaron e hicieron contemplar imponentes autos de fe, que duraban todo un día hasta que al anochecer empezaba la quema de los condenados a la hoguera. Toda la noche duraban los fuegos. Pero uno se distrae con la siguiente publicidad, puesta ahí desde comienzos del siglo XX: “Para el joven y el mayor este yogourth es el mejor. Solicítelo a toda hora en este colmadito”. Cerca hay un restaurantito de comida rápida iraquí. Hemos visto también, a lo largo de estas andanzas, un Restaurante Chino Villanueva, un Restaurante Árabe Al Hambre, y un Restaurante Coreano La Barbakoa en su Mesa (y lo confesamos: la primera noche terminamos comiendo en un restaurante mexicano, atendido por una chica de Guadalajara).

 

Anuncio de un banco: da créditos a 40 años, pagaderos en cuotas de 18 euros mensuales cada 6000, siempre que uno sea joven y tenga un trabajo estable. Dicen que hubo gran aumento de la construcción respecto del año pasado. También en ese mismo lapso aumentó casi un 10% el número de accidentes laborales. Muchos albañiles son negros y latinos sin papeles ni cobertura social, ni posibilidad de conseguir el menor crédito. Precisamente en la semana que estuvimos, fue cuando 500 negros que venían de cruzar el Sahara intentaron la epopeya de cruzar la valla de tres metros de alto de Ceuta, pasar su corona de alambre de púas y saltar (algunas mujeres con sus niños a la espalda), con la esperanza de ser detenidos, ya en tierra española, e iniciar así un proceso legal que les permitiera algún día quedarse a ser explotados en Europa. Mejor eso que el hambre en el pueblo. Sólo 163, bastante lastimados, pudieron quedarse al menos por unos días.

 

Charla con Francine Gálvez, madrileña, hija de un andaluz y una camerunense. Locutora televisiva, directora de la revista Emisiones, programa propio. “Toda mi vida fui la única negra que había en Madrid. Recién cuando estaba en cuarto año de la Universidad Complutense apareció una marroquí. Bienvenida, le dije, al fin alguien más de color oscuro. En 1997 fui a estudiar a Norteamérica. Cuando volví en el 99 me llamó la atención una familia de chinos en el bus. En apenas dos años, la ciudad se había llenado de inmigrantes de todos los colores”. Y no sólo la ciudad. En una escapada que hicimos a Toledo, nos llamó la atención el suave hablar de una vendedora. ¿De dónde sos? De Toledo, responde casi ofendida. Pero pronunciás las eres de un modo tan suavecito. Es que soy rumana, nos confiesa. También rumano, el guía de la Iglesia de los Jesuitas, donde vemos al Santísimo Cristo Crucificado entre San Juan y la Virgen, ella con una espada clavada en el pecho. “Me parece que un profeta anunció que una espada iba a atravesar su corazón”, nos dice el guía. Cerca está San Francisco de Borja con una calavera que parece un mazapán. ¿O será que ya tenemos hambre? Judías verdes, solomillo de cerdo, gazpacho andaluz, sopa castellana, jamón crudo de bellota al desayuno, tempranillos y riojanos, es una suerte que hayamos traído el mate, y que nuestro médico haya quedado en Buenos Aires.

 

Nos quedó mucho por ver, y por volver a ver, sobre todo de lugares donde apenas estuvimos unas pocas horas, como La Granja, El Escorial, las antedichas Segovia y Toledo (quedamos con ganas de entrar a la casa del Greco, y al Alcázar, que está siendo reconstruido para Museo del Ejército Español), y, particularmente, volver a Alcalá de Henares, con su excelente museo arqueológico, la casa natal (reconstruida, pero muy bien) de Cervantes, los nidos de cigüeñas en cualquier techo, y la Universidad, en cuyo paraninfo se entrega anualmente el premio Cervantes a las letras castellanas. Ahí estábamos, tras haber cruzado la puerta hacia el primer patio (una de esas puertas de antes, que hay que levantar la pierna para entrar), respetuosamente quietos ante la quietud del lugar, cuando detrás nuestro irrumpieron dos turistas andaluzas. “¿Entramo? ¿Cómo nos vamo a quedá sin cultura y sin sabé? Entramo, nos tomamo una foto y salimo”. Qué maravilla.

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