Con la puesta en escena de la adaptación de Tío Vania (1897) de Chéjov a cargo de Het Toneelhuis, la compañía de teatro belga más grande de Flandes, se clausuró brillantemente esta nueva edición del Festival Internacional. La mirada de Luk Perceval, director artístico y corresponsable de esta versión, se singulariza por desacartonar los textos tradicionales a través de propuestas innovadoras, cuando no drásticas, en las que, sin embargo, establece mediante la escenografía un vínculo sutil con el período histórico en que se desarrolla la acción. Perceval es además un gran conocedor del universo chejoviano al que se acerca por cuarta vez. Precisamente, buscando focalizar la atención del público en los personajes y su monótono vivir es que el director plantea todo el movimiento escénico desde la inmovilidad de una fila de sillas, que los actores sólo abandonan para adelantarse y bailar o para desplazamientos mínimos. El decorado de los laterales y el fondo de la escena sugieren un suntuoso salón de baile burgués de fines del diecinueve que, junto con la música de arias de ópera, contrasta con la fealdad y el prosaísmo de las vidas de los personajes. Este particular manejo del espacio escénico, fruto del trabajo conjunto de Perceval y su escenógrafa habitual –Annette Kurz–, se completa con un piso ondulante que dificulta cualquier movimiento, metaforizando así las limitaciones que recortan cualquier trayectoria humana y, en especial, la de las criaturas de Chejov detenidas como están en el sinsentido y la frustración de sus vidas. Por último, la elección de actores mayores para casi todos los papeles contribuye a generar la atmósfera de declinación vital y decadencia en la que se asfixian los jóvenes como Sonia y Astrov.

 

Revalorizando la visión del propio autor, que considera sus textos comedias, y contrariando la manera ortodoxa de representar Chéjov, Perceval se anima a una puesta que potencia los rasgos de humor y los trazos caricaturescos de los personajes y contrasta silencios muy extensos –como el que da comienzo a la obra– con verdades vociferadas en un registro llano y vulgar, expresadas gestualmente, a veces con cierto innecesario regodeo en lo escatológico, o traducidas en acciones. Para ello cuenta con un notable conjunto de actores que, encadenados a una silla, y desafiando hasta una lluvia torrencial en escena, construyen de manera impecable la totalidad de su expresión dramática. Sobresalientes resultaron las interpretaciones de los personajes de Sonia y el doctor Astrov, que en esta versión recupera algo del protagonismo que tenía en la obra original –El espíritu de los bosques– que Chéjov reescribe diez años más tarde y que hoy conocemos como Tío Vania.

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