El año 1905 pudo haber sido fatal para el vasto Imperio Ruso que se debatía en problemas internos y externos agravados por las intrigas y la subversión de los partidos políticos, la incompetencia de funcionarios imperiales más las vacilaciones del zar Nicolás II. La maraña de dificultades parecía irresoluble.

 

La primera calamidad fue la desastrosa guerra con Japón. La flota rusa de Port Artur en el mar Amarillo había sido hundida por los japoneses en abril de 1904 para reconquistar ese puerto, a su vez arrebatado por ellos a los chinos. Las tropas rusas lucharon heroicamente pero finalmente fueron vencidas. Luego de tremendas pérdidas de vidas, pertrechos y bienes, el ministro ruso Sergei Witte logró salvar lo salvable en el tratado de paz, pero semejante catástrofe dejó un sentimiento general de amargura y frustración.

 

Luego sobrevino el “domingo sangriento” del 9 de enero. Ese día el sacerdote ortodoxo Georgy Gapon encabezó una multitudinaria manifestación de obreros en San Petersburgo hacia el palacio de invierno para pedir al zar ciertas mejoras sociales y políticas. Si bien los manifestantes portaban iconos y emblemas imperiales en absoluta calma, las autoridades metropolitanas no hallaron nada mejor que dispersarlos a tiros y sablazos con un escuadrón de cosacos. Según el informe oficial, en la nieve quedaron 135 muertos y unos 500 heridos pero los cálculos extraoficiales dan cuenta de más de un millar de muertos e innumerables heridos. Por la ambigüedad de su conducta en éste y en otros casos, Nicolás II se ganó el título de “sangriento”. G. Gapón huyó y escribió al zar una amarga misiva. Poco después en Finlandia fue asesinado por sus colaboradores en circunstancias extrañas.

 

Si bien estos acontecimientos agravaron el contexto general, la situación del Imperio Ruso no era tan desastrosa, como pretende la historiografía soviética. El zar Alejandro II (1855-1881) había inaugurado su período de reformas, tiempo en que floreció la cultura clásica rusa que conocemos en la literatura, el arte y las ciencias. El Zar libertador (suprimió la servidumbre de la gleba), sin embargo, murió asesinado. Su hijo Alejandro III (1881-1896) gobernó bajo un régimen autocrático. Lo sucedió Nicolás II (1896-1917), el último zar, quien pretendió, o al menos prometió, seguir los pasos de su padre pero, superado por los acontecimientos, abdicó al trono en marzo de 1917 y murió mártir con toda su familia al año siguiente.

 

La Iglesia Ortodoxa Rusa, que Dostoievski y el filósofo Vladimir Soloviev definían en parálisis, tenía en ese tiempo un buen número de clérigos y laicos muy bien formados por sus cuatro Academias (facultad de Teología), quienes ya no se contentaban con su situación de la clásica Synfonía bizantina de Iglesia-Imperio. Desde la imposición en 1717 del “reglamento eclesiástico” del zar Pedro I la dirección suprema era ejercida por el Sínodo de Obispos controlado por el Procurador, un laico impuesto por el Zar: el Patriarcado había sido suprimido. Desde 1880 ocupaba ese cargo Konstantin Pobedonostsev, ex preceptor de los dos últimos zares, persona erudita pero rancio conservador, y como tal defensor acérrimo del statu quo, no de la tradición remota. En Cuaresma el ilustre y tan querido metropolita de San Petersburgo Antoni Vadkovski pidió en un informe la reforma de la Iglesia. Poco después el premier Sergio Witte presentó su propio informe, preparado “con la colaboración de un eclesiástico”, en el que pedía el restablecimiento del orden canónico con el Patriarcado y la convocatoria del concilio panruso. Ambos informes fueron archivados por el procurador del sínodo, pero el episcopado insistió en el concilio. El zar aprobó la preparación de esta asamblea el 17 de marzo pero a convocarse en el momento conveniente, que no llegó hasta su abdicación al trono en 1917… Al mismo tiempo abundaron en la literatura eclesiástica periódica los escritos reformistas y críticos, desde los más serios y profundos hasta los más arrebatados. Los obispos redactaron sus propuestas para el concilio que fueron pronto publicadas en voluminosos tomos. Entre estas propuestas se distinguieron la del mismo metropolita Antonio y la del arzobispo de Finlandia Sergio Stragrodski, reformistas. Años más tarde este último encabezó la Iglesia de la emigración. El tema conciliar se reavivó en 1912, año de la muerte de su principal promotor el metropolita Antonio, pero fue acallado otra vez “hasta tiempos convenientes…”. El 17 de abril el zar expidió la ley de libertad religiosa”, recibida con beneplácito por los reformistas y con disgusto por los partidarios de la clásica “synfonía”.

 

En general, los partidos políticos rusos de entonces apelaban a medios poco democráticos para la conquista de sus objetivos. Primeramente estaban los anarquistas inspirados por Kropotkin y Bakunin: se oponían a toda autoridad, no descartaban el asesinato y trataban de tomar el poder. Entre estos partidos de “izquierda” el más poderoso era el social-revolucionario, de inspiración marxista; se propagaron principalmente entre los campesinos, desde 1900 formaron piquetes en las aldeas; asesinaban sistemáticamente a funcionarios de todo nivel. Los socialdemócratas, desde 1903 divididos en bolcheviques con Lenin y mencheviques con Martov, por aquel tiempo eran poco numerosos e insignificantes en la lucha política. Como agrupación partidaria de centro estaban los constitucional-democráticos, con muchos intelectuales importantes, partidarios mayormente de una monarquía constitucional, aunque demasiado teorizantes. La derecha estaba formada por los moderados de la “Alianza 17 de octubre” y luego varias agrupaciones extremas nostálgicas de la autocracia de los siglos pasados y la rusificación absoluta; extremos que no trepidaban en asesinar a quienes se considerara enemigos, mientras el zar era engañado con informes fantasiosos.

 

El “domingo sangriento” fue solamente uno de los hechos graves de 1905. Los desórdenes se siguieron con asesinatos, asaltos e incendios de establecimientos agrícolas de la nobleza e incluso de campesinos bienestantes, con ataques criminales a los barrios judíos en el sudoeste –en lo cual se notaba la ausencia de las autoridades, con huelgas en las fábricas, rebeliones en la flota marina reprimidas con extrema brutalidad, rebeliones también en los países no-rusos del Imperio, como en las regiones anexadas de Polonia, los Bálticos, el Cáucaso e incluso en Siberia. A las molestas huelgas frecuentes en los ferrocarriles en octubre hubo incluso una huelga general.

 

Desde ya que con tanto descontento el Zar autócrata debió aprobar diversas leyes democratizantes. La más revolucionaria fue el establecimiento el 6 de agosto de la Duma, especie de parlamento puramente consultivo, aunque con delegados elegidos por la población. En la primera composición obtuvieron mayoría los partidos de izquierda, así que las sesiones resultaron verdaderas batallas verbales, que a veces pasaban a violencias físicas, con arrestos subsecuentes, con absoluta oposición al Gobierno. Antes de un año la Duma fue disuelta. Otras dos siguieron el mismo derrotero. Finalmente la cuarta en 1912, para la cual con el cambio de condiciones lograron la mayoría centro-derecha y ya con mayores facultades, se mantuvo hasta la revolución bolchevique. Con todo, la subversión continuaba paralizando la ya poderosa industria y el transporte y sembraba la confusión en la masa rural que componía el 85% de la población en general pobre y atrasada.

 

En ese mundo de problemas reales y promovidos, de delitos y de represiones violentas, llamó la atención el gobernador de la ciudad de Samara, sobre el río Volga, Pedro A. Stolypin, quien lograba dominar el desorden en su territorio sin las brutalidades tan comunes. En octubre fue llamado a San Petersburgo donde fue nombrado ministro del Interior. Muy pronto se hizo sentir su presencia tan eficiente.

 

De origen noble, el nuevo ministro del Interior había nacido en 1862, instruido, terrateniente y óptimo conocedor de la situación rural, cristiano convencido, patriota y monárquico aunque constitucional, sin pertenencia partidaria, primero gobernador de Grodno y luego en Samara; en sus funciones mostró eficiencia, valor y rapidez en las reformas necesarias. Consciente de las dificultades que lo esperaban, ya que dos predecesores suyos fueron asesinados, expuso con claridad sus ideas: “no nos asustarán… quien argumenta con balas y bombas no merece sino la ejecución… Algunas ejecuciones de delincuentes evitarán ríos de sangre en Rusia…”. Ahora su acción decidida se extendía a todo el imperio. No satisfecho con los tribunales ordinarios, lentos y complicados para esa situación de peligro y emergencia, instaló tribunales militares que en casos de homicidios o incendios, desde ya evidentes, dictaban sentencias sumarias que eran ejecutadas de inmediato… Por cierto hubo errores fatales y abusos, pero no hubo anonimato, ni desaparecidos, ni irresponsabilidades; el Ministro asumía la responsabilidad por las vidas humanas legal y públicamente. Hasta la pacificación de 1907 se contaron 4126 personas asesinadas por subversivos y 4552 heridos, entre estos, dos hijos de Stolypin; 3825 criminales fueron juzgados y algo menos de 3300 ejecutados. Con sarcasmo el lazo de la horca era llamado “corbata a la Stolypin”. En dos años la subversión fue vencida. Muchos subversivos huyeron a tiempo al extranjero. Ya en abril de 1906 Stolypin fue ascendido a premier, mientras su ilustre y meritorio antecesor Sergio Ju. Witte había sido destituido por intrigas de la zarina presumiblemente; en plena lucha antisubversiva el nuevo premier se reservó el cargo del Interior.

 

Todavía en plena lucha Stolypin comenzó a trabajar en su idea por tanto tiempo acariciada: la reforma agraria. El 85% de la población del Imperio era rural, pero debido al molesto sistema agrario colectivo “mir”, la mala distribución de las tierras fértiles, el trabajo primitivo, el rendimiento de los campos era magro; en muchas regiones los campesinos literalmente sufrían hambre. Viendo las posibilidades de las extensas llanuras el premier no quería confiscar tierras salvo que fueran abandonadas; combatía el sistema colectivo promoviendo la propiedad privada; instituyó el banco rural para créditos a los campesinos emprendedores, se facilitaba maquinaria agrícola, semillas y animales de cría. La superpoblación rural de algunas regiones tenía su salida en la colonización del sudeste de Rusia y de Siberia. En pocos años el Imperio pasó a ser potencia agrícola de primer orden al duplicarse e incluso triplicarse su producción agrícola. El deseo y plan agrícola de Stolypin era que los campesinos fueran propietarios bienestantes y rendidores en su trabajo, lo cual redundaba en el bienestar general y facilitaba las demás mejoras; él era represor de la subversión orquestada, pero reprimía en vista a las reformas. Su personalidad dominadora y su acción tan decidida encontraron una gran oposición, primero sorda y finalmente trágicamente manifiesta: los de izquierda lo odiaban por represor; los del centro se le oponían por autoritario, los derechistas no soportaban sus reformas, la aristocracia capitalina lo tenía por advenedizo, en la corte era mal visto por su oposición a Rasputin; con el correr del tiempo iba quedándose solo. El 1º de septiembre de 1911 durante la función de gala en el teatro de Kiev, Mordekhai Bogrov, joven abogado anarquista y agente de la Policía imperial asesinó al Premier. La apresurada ejecución del asesino remitió al misterio a los organizadores de ese delito…

 

La acción enérgica de Stolypin pacificó al Imperio ruso y prologó su existencia hasta el desastre de la guerra 1914-1918 inoportunamente emprendida por el Zar; sus reformas inauguraron algunos años de progreso también frustrado por las absurdas actividades bélicas. Si hubiese perdurado la paz y se hubiesen seguido las reformas, amén del control necesario, la revolución de 1917 podía haber sido perfectamente evitada. Parece que ni el Zar zozobrante, ni la aristocracia comprendían en qué peligro se internaban, la Policía actuó con ambigüedad, los partidos políticos seguían sus propios fines y el pueblo quedó desorganizado y a merced de los agitadores. Pasado ya un siglo, la historia nos dice que las brutalidades, las intrigas, las contradicciones e indecisiones, la falta de reformas necesarias y la guerra absurda se pagaron muy caras.

 

 

 


Bibliografía

 

– Renovación y cisma en la Iglesia Ortodoxa Rusa. Revista Teología, N. 28-30, Buenos Aires, 1976.

 

– Nikita Struve, Christians in Contemporary Russia, New York, 1967.

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