Como seres que vivimos en sociedad fundamos nuestras relaciones en lo que recibimos a lo largo de nuestra historia personal, rara vez podemos escapar de la lógica constructiva (o destructiva, según el caso) de nuestros preconceptos. De acuerdo a nuestras creencias y a nuestra exposición al medio que nos rodea y abarca, decidimos y actuamos siempre con nuestros prejuicios a cuestas. Nuestro “natural”, dirán algunos. A veces somos conscientes de estos prejuicios, los vemos claramente expresados en actitudes y en palabras. Son obvias las alusiones a posibles subjetividades y animosidades que se manifiestan hoy en día en cualquier aproximación que se haga sobre los años 70 en la Argentina (la cual no gira en torno a los Beatles, por cierto); o el debate sobre el cambio de nombre de la avenida Cantilo por el de Ernesto Guevara, o Ernesto “Che” Guevara, o Dr. Guevara, o “Che” a secas, dependiendo de la carga que nuestros prejuicios, aún más que nuestra posición al respecto, aporten a nuestro discurso (¿alguien pensará también en la posibilidad de Comandante Guevara?). Lo cierto es que actuamos siempre acompañados de un conjunto de prejuicios de los cuales somos parcialmente conscientes y que asumimos como parte de nuestro modelo de relación con el mundo. Podría decirse que están a “nivel de piel” y se evidencian en formas de tomar decisiones que preferiríamos ocultar, y no podemos.

 

El mundo de lo implícito

 

Más profundo aún opera en nosotros un tipo de asociaciones inconscientes o implícitas que juegan un rol fundamental en nuestras preferencias y decisiones constantemente. Los doctores Anthony G. Grenwald, Mahzarin Banaji y Brian Nosek, de la Universidad de Harvard, han trabajado en el tema evaluando en qué medida las asociaciones implícitas impactan en nuestras elecciones. Han desarrollado una sencilla pero notable herramienta llamada IAT (siglas en inglés del Test de Asociaciones Implícitas, a la cual se puede acceder en https://implicit.harvard.edu/implicit/demo/). El concepto central de este test es que nuestras conexiones mentales son mucho más rápidas entre pares de ideas cercanas que entre pares de ideas sin relación de familiaridad.

 

Imagine el lector que estamos investigando la asociación entre sexo y carrera profesional. Le propongo hacer un ejercicio con papel y lápiz por ahora. Tome una hoja y dibuje tres columnas, en la de la izquierda escriba “mujer”, en la de la derecha “varón” y en la del medio “concepto”. Escriba bajo “concepto” cinco nombres de mujer y cinco de varón, uno por renglón, en cualquier orden. Ya tiene preparado el primer ejercicio, ahora simplemente marque con una “X” debajo de “mujer” o debajo de “varón” según corresponda. No importan los errores que cometa en la asignación, hágalo lo más rápido posible. Es sencillo en esta primera etapa.

 

Como paso siguiente compliquemos un poco el ejercicio. Intercale entre los nombres cinco palabras asociadas al hogar o a la familia (por ejemplo: cocina, chicos, barrer, etc.) y cinco palabras asociadas al mundo del trabajo de carreras profesionales (por ejemplo: abogado, escritorio, oficina, etc.). En las columnas de los costados escriba “mujer o carrera” a la izquierda y “varón o familia” a la derecha. Repita asignando “x” según corresponda, lo más rápido posible. Luego manteniendo los mismos conceptos cambie las parejas de asociaciones: ahora serán “varón o carrera” y “mujer o familia”. Complete nuevamente, y rápido, con “x” de acuerdo a cada concepto. Nuevamente lo más importante es hacerlo con la mayor celeridad posible.

 

Así es como funciona, sencillamente, el test. No importa la cantidad de respuestas correctas, sino el tiempo que tardamos en hacer la correspondencia entre cada concepto y cada par de “asociaciones”. Si prefiere evitar dibujar tantas columnas y renglones puede contestar este test (y varios más, catorce en total) ingresando en la página web indicada más arriba. El ejercicio no lleva más de cinco minutos y la más feminista seguramente se sorprenderá de los resultados que a ella misma le arroje el test, que se dan también on-line y al instante.

 

La discriminación implícita

 

Un caso llamativo de resultados de este test lo relata el periodista neoyorkino Malcolm Gladwell en su libro Blink. Hijo de madre jamaiquina y con sangre negra en sus venas completó, más de una vez, el IAT sobre racismo. En todos los casos sus propios resultados le arrojaron que él tenía “una moderada preferencia automática por los blancos”. Al momento de hacer este tipo de asociaciones rápidas empleó menos tiempo en asociar “blanco y bueno” que “negro y bueno”, en un test que asocia fotos y conceptos. También yo completé la prueba y debo consignar dos cosas: el test no era en absoluto tendencioso ya que las fotos de gente negra eran tan agradables como las de gente blanca; y mis resultados no fueron mejores que los obtenidos por él, para mi sorpresa. Gladwell, intrigado por esta preferencia que iba contra su misma cuna, consultó a los investigadores, quienes le confirmaron que de los más de 50.000 “African American” que contestaron este test, cerca del 50 % tuvieron “más fuertes asociaciones con blancos que con negros”. Le observaron también el caso de un alumno de Harvard que completaba este mismo test todos los días y sólo en una ocasión sus resultados habían indicado una mejor asociación con los negros, con la acotación de que ese día, antes de completar el test, había programado ver discursos de Mandela y Luther King. Tantos son los mensajes que recibimos a diario provenientes de los medios, el bombardeo mediático intencionado o sin intención, que vivimos soportando una “sobrecarga” de estas asociaciones espontáneas, que operan luego en un sentido determinado y no ingenuo.

 

Tuve oportunidad de hacer una prueba de uno de estos test con mi hijo de trece años. Elegí el de asociación de nombres (no rostros) musulmanes y no musulmanes con el concepto “bueno” o “malo”. Pese a su corta edad y, por lo tanto de la poca contaminación a que ha sido objeto hasta ahora, no pudo escapar a parte de la catarata de mensajes de todo tipo post ataque a las torres gemelas y más recientemente de los atentados en Madrid y Londres. También, y acaso en mayor medida, habrá sufrido la influencia de una serie de relativo éxito televisivo donde los “malos” (muy malos) han pasado a tener nombres musulmanes. Lo cierto es que con la rapidez propia de los chicos de hoy, frente al teclado y un fluido manejo del inglés no pudo obtener un resultado distinto de “una mejor asociación entre nombres no musulmanes y el concepto de bueno”.

 

Seguramente un mecanismo inconsciente de este tipo operó en las mentes de la Autoridad de Transportes Metropolitana (MTA por su sigla en inglés) de la ciudad de Nueva York cuando ordenó a los conductores sikhs de subtes y colectivos llevar sobre el turbante el logo de la empresa. Más allá del error de confundir sikhs con musulmanes, disponer la colocación de un sello comercial en un símbolo religioso constituye una norma aberrante condenable en cualquier cultura. Como bien observó un integrante de esa comunidad: “sería como pedirle a un cristiano que se pusiera el logo de la MTA en su cruz”. Todo en nombre de que los pasajeros tengan menos temor al tomar un subte debido a las asociaciones implícitas, adicionalmente equivocadas en este caso. Todo vale. ¿Todo vale?

 

El verano londinense

 

Regresemos ahora a la agradable tarde soleada en el verano de Londres, pero llevando el eje del tiempo al año 2005. Veamos a nuestro personaje caminando despreocupadamente con una campera (¿tendrá frío? ¿estará enfermo? ¿será un excéntrico más en una ciudad donde un excéntrico no era considerado un extraño “antes”?). Repentinamente oye gritos y ve gente corriendo (¿habrá oído los gritos? ¿habrá visto a las personas corriendo?), y acaso porque llegaba tarde a tomar el subte o simplemente por torpeza, tropieza y cae al suelo (¿llegaba tarde a una reunión? ¿Fue tan torpe como para tropezar justo en ese momento?).

 

¿Cuánto tardó el agente de civil en descerrajar cinco o más balazos en la cabeza del “sospechoso” (de origen no británico, por cierto), abrigado con una “sospechosa” campera en un día de sol y que respondió (¿respondió?) con una “sospechosa” caída al suelo a su voz de alto?

 

Descuento que el agente en cuestión no tuvo ni tiene ningún prejuicio consciente contra los sudamericanos. Lejos de un reminiscencia del KKK. Ni siquiera una animosidad hacia personas de apariencia distinta de la británica. Pero sin lugar a dudas, otros elementos o asociaciones operaron rápidamente para que en pocos segundos tomara tan extrema decisión. Veintisiete años de vida y muchos más de futuro se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué resultados le habría dado en ese día un hipotético IAT? ¿Cuánta carga de tensión externa, alimentando sus asociaciones implícitas para ni siquiera tener un segundo adicional para cuestionar una acción con consecuencias tan tremendas? El caso de Jean Charles de Menezes es conocido aunque rápidamente será sepultado por los acontecimientos posteriores. También muchos debemos reconocer que aún tendemos a asociar “policía británico- sajón” con “bueno-acciones correctas”. Por eso el silencio y la aceptación por omisión de una acción que no se presenta como un error, desde el momento en que se anticipa su reiteración en similares condiciones. ¿Por eso también el brutal silencio de la gran mayoría de las asociaciones de derechos humanos que se hacen oír en otras circunstancias, cuando otros son los protagonistas en ambos extremos del conflicto?

 

Pocos se acordaran del pobre joven de Gonzaga, un caluroso pueblo de Minas Gerais, quien como todos sus coterráneos tuvo frío un día de verano en Londres. Pero como diría John Donne, en este caso tal vez no importe tanto su nombre ni su origen o condición ya que “las campanas no tocan (sólo) por él, (también) tocan por ti”.

 

El tiempo dirá si el escenario de control creciente que se avecina, y las asociaciones implícitas que se derivarán de él, es más cercano al infierno de Orwell o a un ameno e ingenuo show televisivo donde todos debamos sonreír frente a la cámara de televisión instalada en la esquina de nuestras propias casas para no ser “nominados”.

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