Charles nace en 1858 en el seno de una familia cristiana de Estrasburgo (nordeste de Francia). Huérfano a los 6 años, junto con su hermana menor, fue educado por su abuelo materno, oficial del ejército jubilado, que lo quería mucho. Adolescente, a los 15 años, pierde la fe de su infancia por el influjo del ambiente cultural de su época, marcada por el escepticismo y el relativismo. Él mismo habla en sus cartas de esta profunda “crisis de fe” que lo apartó de la religión durante 12 años. Sin embargo, al leer con atención lo que cuenta de esas dudas, se advierte que se trataba más de una “crisis intelectual” que repercutió sobre su fe. Frente a los interrogantes naturales de un adolescente de su tiempo y ambiente social, no encontraba respuestas satisfactorias. Con esta “crisis intelectual” latente, mantiene sin embargo respeto y estima por la religión. En esa época siente un vacío existencial.

 

A los 18 años, Charles entra a la escuela de oficiales para realizar sus estudios superiores. A los 20, muere su abuelo y pierde el vínculo afectivo que lo había sostenido en la vida. Sin haber solucionado todavía la “crisis intelectual” de adolescencia, trata de llenar ese vacío profundo que lo habita en fiestas sociales. Sin embargo, una profunda tristeza habita en él.

 

Joven militar en Argelia

 

Recién graduado teniente, su regimiento de Charles fue enviado a Argelia. La vida rutinaria del cuartel lo aburre. Transcurrido un año, sus aventuras con una amante francesa crean escándalo y su coronel le pide romper con ella o abandonar el regimiento. Opta por lo último y vuelve a Francia, pero al año siguiente se entera de que su regimiento está llamado a reprimir una rebelión en la zona sur de Argelia. Se presenta como voluntario y consigue volver con sus compañeros.

 

Terminada la campaña y aplastada la rebelión, no puede imaginar sin hastío su regreso a la vida de cuartel. Había entrado en contacto con un mundo nuevo para él. Era importante conocer mejor ese mundo de tribus nómadas que andaban por el desierto y sus raíces en el vecino país, Marruecos, cuya entrada estaba severamente prohibida a todo extranjero. Al negarle el ejército francés el permiso solicitado para visitar Marruecos, renuncia al uniforme y, desde Argel, empieza a prepararse para una peligrosa y apasionante expedición.

 

Exploración de Marruecos

 

Veinticinco años tenía Charles de Foucauld cuando realizó el viaje presentándose como un judío sirio-libanés en busca de su familia, acompañado por un rabino que había conocido en Argelia. No era precisamente un viaje turístico, sino de largas caminatas a pie o a lomo de mula tras las huellas dejadas por otros viajeros. La expedición tenía por finalidad realizar un estudio científico de la geografía terrestre y de los astros, del clima, de las costumbres sociales, políticas y culturales de la región. Debía usar unos pocos instrumentos de medición o tomar notas con la mayor prudencia y discreción, para no llamar la atención. Esta experiencia de once meses lo marcó de por vida.

 

Durante esos años en África del Norte lo interpeló muy fuertemente su encuentro con el Islam. Para esta religión Dios no sólo existe, sino también es grande: “Allah akbar”. Terminado su viaje por Marruecos, Charles vuelve primero a Argelia y al año siguiente, a París.

 

Encuentro cara a cara

 

Con sus cuestionamientos profundos, este joven de 27 años –que regresa a París para ordenar los apuntes de su viaje a fin de publicarlos– marcado hondamente por el Islam, siente varias veces la necesidad de entrar en una iglesia silenciosa, quedarse allí un largo rato murmurando esta extraña oración que le nace del corazón: “Dios mío, si de veras existes, házmelo saber”. Por casualidad, un día su prima le presenta al padre Huvelin. En su búsqueda de la verdad, una mañana de fines de octubre, toma la iniciativa de ir a ver a Huvelin en su parroquia. Lo encuentra en el confesionario, se acerca y le dice: “Padre, no tengo fe, vengo a pedirle que me instruya”. Huvelin, con audacia y acierto, le contesta: “Póngase de rodillas, confiésese a Dios y usted creerá”. Hecho eso, lo manda a comulgar. De este modo, Charles, con sus dudas intelectuales, se encuentra cara a cara con Jesús resucitado, el Hijo de Dios, que lo perdona y se ofrece como pan de vida. Charles, el científico intelectual, se somete a la realidad concreta y encuentra, en la fe, la verdad que tanto buscaba.

 

“Cuando creí en Dios, entendí que no podía hacer otra cosa sino vivir sólo para él”, dirá después. ¿Cómo realizarlo? Charles entiende perfectamente que se trata de amar con todas las fibras de su ser.

 

En esos días, terminaba la preparación de su libro sobre Marruecos, que manda a la imprenta a principios de 1887. Se publicará un año después y tendrá mucha repercusión en los ámbitos científicos. Durante esos dos años, tiene oportunidad de conocer institutos de vida religiosa y acaba inclinándose por los trapenses. Al advertir la necesidad que tiene Charles de conocer concretamente a Jesús, el padre Huvelin le aconseja un viaje a Tierra Santa. A los 30 años se plantea un propósito claro: conocer mejor a Jesús a través de los lugares donde vivió y según sus costumbres.

 

El último lugar

 

En Jerusalén visita iglesias y lugares sagrados: el calvario y el santo sepulcro, por ejemplo. Pasa la Navidad en Belén; luego va a Galilea y llega a Nazaret. Allí intuye lo que fue la vida cotidiana de Jesús durante treinta años: una existencia diaria sin relieve, como la de tantos millones de pobres del mundo a lo largo de la historia. Esa experiencia lo impacta profundamente. Dios está allí, no hace falta buscarlo en templos venerados o en museos excepcionales. Recuerda la frase escuchada en una prédica de Huvelin: “Nuestro Señor se afirmó de tal modo en el último lugar que nadie ha podido arrebatárselo”. Intuye que si Jesús vivió de esta manera fue para revelarnos el amor del Padre. Percibe que eso ha de ser vivido hoy en la Iglesia libremente, memoria actualizadora de ese gesto del Cristo, dando testimonio con la vida de cómo Dios ama a los hombres: haciéndose compañero de ruta.

 

Vuelve a París a principios de marzo. Para vivir la vida de Jesús en Nazaret, entrará en La Trapa a principios de 1890. A través de una maduración lenta, de una entrega filial sin reservas al Padre, en una obediencia religiosa irrestricta, consigue el reconocimiento de su vocación original por parte de sus hermanos y sus superiores de La Trapa. Esa vida nazarena que trata de vivir, siempre la percibió como misión de Iglesia.

 

Nazaret 

 

Siete años más tarde Charles deja La Trapa y llega a Nazaret en busca de un trabajo humilde, “a imitación, tan perfecta como fuera posible, de lo que fue la vida de nuestro Señor Jesucristo en este mismo Nazaret”, como escribe a su primo en esos días. En efecto, es contratado como “sirviente” de las Hermanas Clarisas del lugar, alojándose en una cabaña del jardín. Pasará tres años allí con largas horas de meditación y de oración; una vida bastante ermitaña que busca imitar la del “obrero divino”.

 

En el año 1900 vuelve a Francia y se encuentra con su “director espiritual”, el padre Huvelin, con quien acuerda pedir la ordenación sacerdotal. La recibe el 9 de junio de 1901 en Viviers. Lenta pero claramente madura en él su orientación futura, la que confía a un amigo años después: “Este divino banquete del cual me volvía ministro, tenía que ofrecerlo no a los parientes o a los vecinos ricos, sino a los cojos, los ciegos, los pobres, es decir, a la gente a quien más faltan sacerdotes”. Es así como piensa espontáneamente en Marruecos. Dada la imposibilidad de ingresar en ese país, decide ir al sur de Argelia, a una zona limítrofe.

 

El Marabút cristiano

 

Para expresar esa actitud fraternal, inspirándose en su experiencia marroquí, Charles construye una pequeña zaouia. Nombre que describe una hermandad musulmana de oración ritual y hospitalidad, que a menudo se volvía centro de la vida religiosa y socio-política de la zona. Su zaouia, sin embargo, es cristiana: se encuentra dentro de la capilla. Pronto, los habitantes del lugar lo llaman el “marabút cristiano”. Marabút es el término árabe para un jefe de zaouia y Charles lo aprueba.

 

A comienzos de 1905 le llegan solicitudes de ir más al sur. A principio de mayo deja BeniAbbés y parte. Tiene la oportunidad de encontrarse con el amenokal (jefe) de las tribus nómadas del Hoggar, Moussa ag Amastan. Éste lo invita a establecerse en Tamanrasset, aldea de 20 hogares de familias nómadas, que pastorean cabras y camellos en el desierto donde hay algo de hierba. En el oasis del lugar cultivan algunas verduras para comer. Vive en medio de tribus bereberes del Hoggar. Allí construye una simple choza donde vivir como vecino y amigo.

 

Se propone aprender el idioma y va a dedicar sus últimos años a traducir los Evangelios al berebere, porque “tengo que ofrecer a mis amigos mi más preciado tesoro”, como dirá él mismo, teniendo claro que el “ofrecimiento” tiene que hacerse con discreción y sin forzar al otro. Después de un tiempo, Charles ya no estudia la lengua y la cultura sólo como un medio para comunicarse, sino como un fin en sí mismo. Hay que volverse capaz de apreciar y recibir los tesoros del otro y no sólo compartir los propios. Por eso será capaz de pasar meses escuchando a la gente, tanto en la vida cotidiana como en las veladas donde cuentan sus historias y sus poesías.

 

Dos años después, 1907, cayó muy poca lluvia y hubo hambruna en el país. Las pocas reservas que Charles podía tener, por medio del obispado, ya habían sido regaladas. Además cae enfermo. Por añadidura, en este tiempo no recibe ninguna visita europea, incluso el correo es muy escaso. Charles se siente morir de a poco, completamente abandonado y fracasado. Está enteramente entregado a los tuaregs y dependiente de ellos. De a poco la gente se da cuenta de su estado e intenta, a su manera, socorrerlo lo mejor que puede. Unas mujeres juntan algo de leche de cabra para alimentarlo. Los vecinos se han hecho cargo de él y lo han salvado: ahora les pertenece. A principios de 1908 se recupera y acepta plenamente esta reciprocidad.

 

Seis años más tarde empieza la primera guerra mundial con el conflicto entre Alemania y Francia. Esta guerra entre los poderes europeos coloniales, pronto tendrá repercusiones profundas en el Sahara. Para algunos era la oportunidad de una “lucha justa” para echar los “extranjeros infieles” y restaurar la verdadera religión islámica, empresa que incluía conflictos e inestabilidad entre las tribus. Charles elige permanecer con sus vecinos y amigos tuaregs a pesar del peligro evidente. Es así como el 1º de diciembre de 1916, cumplidos los 58 años, es muerto de un balazo en un momento de pánico por un joven de una banda que trataba, probablemente, de llevárselo como rehén. Había expresado desde hacía mucho tiempo el deseo de “morir mártir”.

 

La suya fue considerada por Moussa ag Amastan como “la muerte de nuestro amigo”, tal como lo escribió a la hermana. “Cuando escuché sobre la muerte de nuestro amigo, su hermano Charles, mis ojos se cerraron. Todo quedó oscuro a mi alrededor, lloré… Charles, el marabút, había muerto no sólo por todos ustedes, sino también por nosotros. Que Dios tenga misericordia de él y que podamos encontrarnos en el Paraíso”.

 

Para la Iglesia del siglo XXI

 

Nazaret es el aspecto de Jesús que sedujo a Charles y que buscó incansablemente a lo largo de su vida. Así lo entendió Benedicto XVI cuando, siendo todavía cardenal de Munich, escribía que la Iglesia no puede crecer ni prosperar si ignora que sus raíces se encuentran escondidas en la atmósfera de Nazaret.

 

La vida de Charles de Foucauld se podría resumir en estas palabras: la absoluta gratuidad del amor de Dios que se expresa en su solidaridad con el hombre desgraciado: pobre y pecador. O en palabras evangélicas: su preferencia por los últimos que serán los primeros en el Reino.

 

Nazaret entendido como “último lugar” nos permite resumir la vida y el mensaje que Charles transmite. Marcado por la orfandad de niño y el agnosticismo de su adolescencia; en su viaje por Marruecos; en sus conversaciones con el padre Huvelin y en su vida en Tierra Santa; a través de su sacerdocio y de su experiencia en Beni Abbés; en la hambruna y la enfermedad… descubre las riquezas de este misterio. Finalmente, como nazareno, como uno cualquiera y “por accidente”, entregado indisociablemente a los tuaregs y a su Dios, vuelve a la casa del Padre.

 

Charles de Foucauld fue beatificado el 13 de noviembre pasado en el Vaticano luego de un largo proceso que destaca las virtudes del hermano del Hoggar. Este acontecimiento es una alegría para la Iglesia universal y, en especial, para todas las familias que adscriben a la espiritualidad silenciosa de Jesús en Nazaret.

4 Readers Commented

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  1. emily tatiana moya on 10 marzo, 2011

    Me pareció muy bonita la historia, muy hermosa

  2. JENNY NATALIA OROSCO on 10 marzo, 2011

    HAY MUY BIEN HASTA QUE POR FIN COLOCAN ALGO BONITO

  3. rocio gonzalez on 21 mayo, 2011

    DESEO QUE DIOS TOQUE MUCHOS CORAZONES ADOLESCENTES DE LA MISMA MANERA Y ASI NUNCA HAYAN VACIOS EN LOS CORAZONES QUE NO TIENEN FE.

  4. Osvaldo on 24 mayo, 2011

    Totalmente de acuerdo

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