Birgit Nilsson, una de las más grandes sopranos del siglo XX, acaba de fallecer. Nacida en Vaesta Karup, Escania, Suecia, en 1918, debutó en la Ópera Real de Estocolmo en 1946. Hasta 1984 en que dejó los escenarios antes de declinar, para volver a su tierra de origen y a la tranquilidad de la vida familiar, fue una incomparable intérprete de Wagner y de Richard Strauss, así como de algunas óperas italianas (Macbeth y Turandot). Los Festivales de Bauyreuth, el Met de Nueva York, la Scala de Milán, entre otros, fueron hitos de su carrera jalonada también por grabaciones, muchas de ellas referencia necesaria para quien hoy se acerca a esas obras.

 

Buenos Aires la conoció como Isolda en 1955, iniciando una relación de afecto con el público del Teatro Colón. Quien esto escribe la admiró un año más tarde, como la Mariscala de El Caballero de la Rosa, y en cada una de sus siguientes visitas: la gran Brunilda en las dos integrales de la Tetralogía (1962 y 1967) y nuevamente Isolda, en 1971. Se recuerda al día de hoy entre los mayores fastos del Colón, cuando en 1965 protagonizó Turandot, con nada menos que Montserrat Caballé como Liú, y de ese mismo año su Salomé. Allí, aunque su físico no era el que se seleccionaría en un casting para la hija de Herodías, con la intensidad de su arte lograba dar toda la sensualidad que el personaje requiere, la danza de los siete velos incluida. La noticia de su muerte, difundida recién después de las exequias realizadas en su pueblo natal, trae a la memoria momentos imperecederos del Colón en la segunda mitad del siglo pasado, y en más de un sentido, felices para quienes la ovacionamos entonces como ahora, con ese fervor que se reserva para los más grandes.

 

No seremos los únicos en el mundo que, al rememorar a la soprano sueca, piensen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero sin entrar en un panorama de la lírica mundial, cuando cantaba Birgit Nilsson (y Sutherland, Domingo, Cossotto, Bergonzi, Milnes, Windgassen, Hotter, Crespin, Rossi Lemeni, Ghiaurov, Kraus) para el Colón fueron años dorados. Cierto es que nuestros padres y abuelos decían que nada sería igual después de Caruso, Ruffo, Ninon Vallin, Lily Pons, Gigli…

 

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La nostalgia tiene su justificación mientras nos encaminamos al cumplimiento del centenario del Teatro Colón, en el que elencos similares a los de entonces son impensables. El de 2005 fue un año cargado de conflictos, que llevaron a su cierre y la suspensión de la temporada. Entre las víctimas, además de los abonados por cierto, se contaron dos de los estrenos que con mayor expectativa se aguardaban.

 

Uno de ellos es Der König Kandaules de Alexander von Zemlinsky, sobre el relato del anillo de Giges de Herodoto, y libro de André Gide, que subió a escena pero con funciones para las que la regla era el suspenso: el público aguantaba estoicamente en sus localidades que se apagaran las luces o se enteraba, tarde, mal y nunca, que la función había sido diferida. La obra, que valió la pena conocer, pertenece a un tipo de repertorio que el Colón suele hacer bien. Así fue esta vez, con una lograda puesta de quien por ese mismo tiempo era designado a cargo de la dirección artística del teatro, Marcelo Lombardero, la dirección orquestal de Günther Neuhold y la participación de un muy buen grupo de cantantes (entre ellos Nina Warren, que se había lucido en La Walkyria).

 

En vísperas del estreno hubo que suspender la otra novedad, Capriccio, de Richard Strauss. Con la dirección de Stefan Lano, bienvenida incorporación al frente de la Orquesta Estable, se la conoció recién sobre el fin de año. El elenco íntegramente local que asumió en reemplazo de los que tuvieron que volverse sin cantar unos meses antes, aunque sumamente meritorio, no pudo estar siempre a la altura de lo que esta ópera exige. Más allá de eso, Capriccio, nos atrevemos a decirlo, muestra a un gran compositor en el atardecer de la vida y del genio. Tampoco ayuda el libreto, del propio Strauss y del director de orquesta Clemens Krauss, en lo que es una larga conversación (bastante reiterativa) sobre la primacía de la palabra o de la música en un ambiente dieciochesco. Algo hay de la Mariscala en la Condesa (muy bien compuesta por Virginia Correa Dupuy), y por momentos Strauss está en todo su esplendor, pero no son los más. Es curioso que esta ópera se haya escrito en 1942, mientras la guerra sacudía el mundo y Alemania estaba sujeta a un abominable totalitarismo. Quizás fuera una forma de refugiarse de una realidad demasiado cruel.

 

 La Ópera de Cámara del Teatro Colón ofreció, casi para Navidad, Don Giovanni, que Giuseppe Gazzaniga (1743-1818) escribió poco antes que Mozart la suya. El libreto de Giovanni Bertati sirvió a Da Ponte (no falta siquiera el aria del Catálogo) pero, según Julio Palacio, no se sabe si Mozart conoció la obra de Gazzaniga, no estrenada en Viena. Las aventuras del burlador de Sevilla han sobrevivido por el aliento del genio de Mozart, relegando la otra al olvido, del que, aunque sin ánimo de competir, ha sido acertadamente rescatada. Volverá en 2006, y quienes desconfiaron por lo ignoto del compositor tendrán ocasión de disfrutar de ella, servida por un competente elenco, encabezado por el tenor Enrique Folger.

 

Para este año las autoridades del Colón anunciaron una temporada más breve, porque avanzan las obras de modernización y restauración con las que, esperemos, pueda celebrarse jubilosamente el centenario. Los títulos, intérpretes y fechas pueden consultarse en la página web del Teatro, por lo que nos limitaremos a algunos apuntes, confiando, eso sí, que la programación se lleve a cabo en la forma prevista.

 

Si en el lapso de un lustro (1962 y 1967) hubo dos versiones completas de la Tetralogía, se encaró más modestamente a partir de 2004 ir de a una por año, plan que lamentablemente fue interrumpido. Habrá que dejar crecer a Sigfrido y que Brunilda rodeada por el fuego siga esperándolo dormida, hasta que, quizás para 2008, se reanude la saga del Anillo de los Nibelungos. Mozart, de quien se cumplen los juveniles doscientos cincuenta años de su natalicio, será recordado con Cosí fan tutte (con el tenor argentino de destacada actuación internacional Raúl Giménez, como Ferrando). Verdi estará representado con I Vespri Siciliani en la que el bajo alemán Andrea Papi, uno de los más destacados de su cuerda en la actualidad, cantará a “Palermo, terra adorata” como el patriota Procida. La Bohème pucciniana tendrá una pareja central interesante con Nancy Gustafson y Massimiliano Pisapia. La gran creación de Mussorsky, Boris Godunov, se anuncia con dos bajos extranjeros que se alternarán en el rol del atormentado zar, y un elenco de figuras locales, bajo la dirección de Stefan Lano. De Benjamin Britten volveremos a escuchar Sueño de una noche de verano, con el contratenor Franco Fagioli, habrá un “programa Stravinsky” (con Les noces, Le rossignol y Petrushka), y el estreno de Jonny spielt auf. Cuando se conoció, en 1927, la ópera de Ernst Krenek, vienés, algunos se horrorizaron de que un negro (Jonny) fuera el eje de la trama. Pese al sensacional éxito de esta ópera en idioma de jazz, o por ello quizás, el nazismo la catalogó de “arte degenerado”. Krenek se radicó en los Estados Unidos, donde falleció en 1991. Finalmente, y con la misma soprano, Cynthia Makris, se compensará a los abonados de 2005, además de funciones extraordinarias, con Turandot de Puccini en el Luna Park, ya que para entonces el teatro estará cerrado. Calaf será Darío Volonté, desconociéndose los nombres del director y del resto de los cantantes. Sobre todo, hay motivos para ser poco optimistas en cuanto a las posibilidades del estadio como lugar apto para la ópera.

 

Tanto el Avenida como el Argentino de La Plata exhiben títulos atractivos, especialmente en el primero a través de Juventud Lyrica y Buenos Aires Lírica, instituciones privadas que merecen ser alentadas.

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